Hay crisis muy conocidas —crisis económica, crisis política, etc.— y otras que lo son menos, como las “crisis de santos”, de las que hablaba San Josemaría Escrivá, o la de intelectuales, de las que hablaba Alejandro Serrano Caldera, en un artículo reciente.
El error es creer que las primeras son más importantes. Bajo la influencia del positivismo tendemos a otorgarle más categoría o realidad a lo inmediatamente observable, olvidando lo que decía “El Principito”, en el delicioso cuento de Saint-Exupéry: que “lo esencial es invisible”. Lo más visible de una persona es su talla, color o altura. Pero es lo menos importante. Lo menos visible son sus pensamientos, cualidades o sentimientos, pero es lo más importante.
Las crisis de santos —ausencia de personas afanadas en la práctica heroica de las virtudes— y las crisis de intelectuales —ausencia de personas empeñadas en usar su inteligencia para develizar la realidad— aunque sean menos obvias a nuestros sentidos, son las más serias. San Josemaría llegó a decir que “las crisis mundiales son crisis de santos”. Richard M. Weaver, autor del clásico, Las ideas tienen consecuencias , diría que “las catástrofes de nuestro tiempo han sido producto de opciones no inteligentes”.
Veamos sino el caso de Nicaragua: una de las causas más importantes de la debacle que siguió a la revolución de 1979, en términos de retroceso económico y guerra, fueron ideas u opciones no inteligentes de sus líderes. Ellos estaban convencidos de la maldad del capitalismo y las virtudes del socialismo. Ahuyentaron por tanto la inversión privada y estatizaron, destruyendo, buena parte de la economía. Creyeron que “el yankee”, era el enemigo de la humanidad; apoyaron entonces la guerrilla salvadoreña provocando en reciprocidad el apoyo de Estados Unidos a los Contra. Hoy ya no actúan así —cortejan al sector privado y al Fondo Monetario— pues han tenido la inteligencia de aprender de algunos de sus errores. Pero la nación pagó un precio terrible.
El doctor Serrano en su artículo cita a Mario Vargas Llosa, para quien la causa de la crisis del pensamiento está enraizada en el derrumbe intelectual de la sociedad contemporánea. Pero esto a su vez tiene causas más profundas: así como para Raymon Aron, en 1955, el opio de los intelectuales era el marxismo, hoy para autores como Allan Bloom (“The Closing of the American Mind”) y el ahora Papa, Joseph Ratzinger, el opio mayor es el relativismo.
Lo que durante siglos sustentó el celo de los intelectuales fue el afán por descubrir la verdad sobre el universo, el hombre, la política, etc. evidentemente discrepaban, a veces apasionadamente, pero compartían la visión de que el mundo es inteligible y que a través del buen uso de la razón podía penetrarse y develar sus realidades. El negar que no hay verdades absolutas, objetivas y universales, además de ser lógicamente contradictorio —porque al menos esta negación debería ser verdadera para poder sustentarse— tiene por consecuencia debilitar la curiosidad intelectual y lleva a la postre al nihilismo (caos) moral; porque sin criterio para distinguir entre lo verdadero y lo falso llegamos a un subjetivismo absoluto donde nada es condenable y por tanto todo es permisible.
Resolver la crisis intelectual implica tanto restaurar la creencia en la verdad como la práctica de las virtudes. Crisis de santos y crisis de intelectuales van juntas. Sin honestidad y control de las pasiones la inteligencia deja de servir a la verdad y se convierte fácilmente en fabricante de mentiras.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.
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