El pasado lunes 13 de agosto el periodista José Adán Silva publicó una entrevista en LA PRENSA con el catedrático mexicano Carlos Barrachina, experto en seguridad y defensa, quien estuvo en el país invitado por el Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (Ieepp) para participar en la conferencia Desafíos para fortalecer la gobernanza democrática de la seguridad.
El experto mexicano dibujó un cuadro negro del futuro que tiene Centroamérica ante este fenómeno del narcotráfico, que asediado en Colombia y México está moviéndose cada vez más hacia el istmo.
Ante la pregunta de Silva que si la región (donde ya Honduras es considerado el país más violento del planeta) está pagando un alto costo en términos de violencia e inseguridad, Barrachina no se anduvo con medias tintas: “Yo creo que la violencia e inseguridad en la región todavía no tienen que ver del todo, aunque tal vez en algunos casos, con el narcotráfico… La violencia todavía no es total, esto se va agravar más”.
Pero si eso no es suficiente para helarle la sangre a cualquiera, el catedrático expresó más adelante en la entrevista que los centroamericanos estamos prácticamente solos ante ese monstruo de mil cabezas llamado narcotráfico. “… pedir la lista de los reyes magos a los gringos: dennos dinero, dennos armas, no se las van a dar. Estados Unidos no confía en Centroamérica porque no tiene capacidad de operación”, dijo Barrachina.
Y debemos estar claros que estas no son elucubraciones de un catedrático perdido en su torre de marfil. El ejemplo de esta semana de 18 mexicanos que haciéndose pasar por un equipo de periodistas de la cadena mexicana Televisa trataron de entrar al país en seis vans con logos de la empresa, simplemente confirma las palabras de Barrachina publicadas apenas hace 12 días.
El operativo de los mexicanos nos llama la atención por lo audaz tanto del intento como de la captura, pero el hecho de que la Policía Nacional haya logrado en esta ocasión —y en muchas al igual que el Ejército— levantar ese muro de contención, no nos debe dar un sentimiento de seguridad que va a terminar siendo tan falso como un billete de tres córdobas. Es cierto, tenemos suerte que la Policía Nacional y el Ejército de Nicaragua hacen un excelente trabajo en la lucha contra el narcotráfico, pero el enemigo es gigantesco y simplemente no tenemos las herramientas para enfrentarlo.
Hay noticias que tal vez no logren espacio en primera plana pero que nos dibujan cómo poco a poco las mafias de los estupefacientes van corroyendo a nuestra sociedad.
El mismo lunes 13 de agosto publicamos en páginas interiores una nota titulada: “Comienza juicio a Los Rayanos”, una banda que presuntamente trafica con armas internacionalmente. ¿Se trata de una bandita cualquiera? No exactamente.
“El expediente del caso revela que el procesado Arquímedes Fanor, de 32 años, fue oficial de drogas de la Policía en Estelí y era quien lideraba el grupo denominado ‘Los Rayanos’, mientras que Donald Hernán, de 34 años, y quien fue de la técnica canina de la Policía, coordinaba las operaciones, como también Marisol Díaz, de 26 años, quien fue oficial de puesto de mando de la Policía, era la encargada de embuzonar y ocultar las armas”, detallaba la nota.
Los tentáculos del narcotráfico son largos y poderosos. Barrachina dice, con razón, que cuando la cosa se termine de poner fea no vamos a poder enfrentarlos. Como publiqué en esta columna en marzo pasado —y como confirma el experto mexicano— Estados Unidos no es serio en su propuesta de enfrentar a los narcos en Centroamérica. El vicepresidente Joe Biden ofreció apenas cien millones de dólares a toda la región para la lucha contra los narcotraficantes, una cantidad ridícula cuando solo para el plan Colombia han invertido 600 millones de dólares anuales por diez años y todavía la lucha sigue.
Como bien dice Barrachina, “tal vez no sea políticamente correcto levantar las manos y decirle a los narcotraficantes: hagan lo que quieran…” pero la verdad es que aún estamos a tiempo de tomar en serio la propuesta del presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, de despenalizar las drogas. Eso evitaría la guerra por territorios y rutas aquí mientras nos permitiría dedicar los pocos recursos para tratar el tema de la drogadicción —no el narcotráfico— como un problema de salud pública y buscarle soluciones de salud pública.
Pero esto es ya, antes que la violencia sea total.
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