Uno de los más grandes admiradores de Fidel Castro en Nicaragua y quizás en el mundo entero es Julio López Campos, ideólogo por muchos años del FSLN y autor, según Tomás Borge, de la frase: “¡Dirección Nacional, ordene!” En un artículo reciente “El Fidel que conocí”, López Campos atribuye a Castro una serie de cualidades dignas de llevar a los altares: superioridad ética y humanismo; “enseñaba a los dirigentes revolucionarios a no mentir jamás”; lealtad, respeto a los adversarios; no imponía sus puntos de vista ni acumulaba riqueza personal, todo lo hacía por la gente y a la humanidad, por eso consideraba al capitalismo explotador; para él la única salida posible era el socialismo; por sobre todo, Fidel era creador y original.
El deslumbramiento de López Campos por Fidel Castro es una instancia más de cómo las ideologías y otros factores pueden cegar haciendo llamar blanco a lo negro y negro a lo blanco. También revela un fallo muy recurrente en cierto tipo de intelectuales; el atribuir mucho peso a las palabras de sus héroes y nada a sus resultados prácticos, y pensar que el público no lee, no sabe o no se informa.
Pocas cosas hay tan documentadas sobre la conducta de Castro como su hábito de engañar. Desde negar en forma reiterada que fuera comunista en 1959, hasta que ocultaba cohetes soviéticos en la isla, a inicios de los sesenta, sus mentiras componen un extenso catálogo. Uno de ellos fue escrupulosamente compilado por Humberto Corso y puede leerse en internet bajo el título de “Las mentiras de Fidel Castro”. Uno de los casos citados, entre centenares más, son las declaraciones de Castro, recogidas en la revista Bohemia del 26 de julio de 1957, en las que prometía convocar a elecciones y defender la libertad de prensa —cosa que jamás hizo ni pensó hacer—.
Si se analiza la realidad, y no en sus palabras, Castro ha exhibido lo opuesto de las virtudes que le atribuye López Campos. Lejos de respetar a sus adversarios y tratarlos con humanidad, ha encarcelado y fusilado a muchos, incluyendo a excompañeros de armas como al comandante Hubert Matos, a quien condenó a 30 años de prisión por disentir del comunismo, hasta el general Ochoa, quien sirvió en Nicaragua en los años ochenta y a quien fusiló tras juicio sumario y secreto.
Lo de no imponer su voluntad mueve a risa, pues eso es lo que toda su vida ha hecho Fidel en Cuba. Su voluntad ha sido omnímoda, absoluta y total, dentro del partido y en toda la isla. Nadie ha osado desafiarla sin pagar las consecuencias. ¿Qué evidencia al contrario podría mostrar Julio López?
Lo mismo ocurre con la supuesta creatividad u originalidad de Castro. Lo que hizo fue copiar el comunismo soviético de orientación estalinista. ¿Cuál fue su innovación o su nuevo modelo? Respecto a su riqueza personal, la revista Forbes calculó en el 2006 que su fortuna rondaba los 900 millones de dólares, estimado menos preciso y difícil de documentar, pero que sugiere mucho.
Lo único veraz en el escrito de López Campos es confesar la obstinación de Castro en condenar al capitalismo y aferrarse al socialismo —aunque ahora su hermano Raúl esté comenzando a desmontarlo con mucha timidez—. De nuevo, este negarse a renunciar a un sistema que ha llevado a la ruina a quienes lo han abrazado, lejos de ser virtud heroica, refleja su falta de apertura a la verdad y la capacidad de los tiranos en causar sufrimientos inmensos e innecesarios a sus pueblos a fin de imponer sus visiones o utopías, con el aplauso de sus aduladores.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A