Edgard Rodríguez
Pasa siempre y eso es lo más triste. La indiferencia. Los Juegos Olímpicos de Londres se han ido y ahora vienen los de Río de Janeiro, y sin embargo, aquí todo seguirá igual en el deporte.
Y llegará el momento de ir a Río en el 2016 y estaremos ahí “por el principio de universalidad” de los Juegos, mientras aquí, no solo nos mantendremos en el mismo punto, sino que habremos retrocedido, porque el tiempo no se detendrá por nosotros. Gran parte del mundo lo ha comprendido.
Más allá de la victoria de Osmar Bravo, Londres dejó frustraciones para el deporte nica. Se fue con atletas, que en medio de las limitaciones, tuvieron un tratamiento decente y los dirigentes crearon expectativas a cerca de tumbar marcas nacionales y ni siquiera se acercaron a sus registros más aceptables.
Evelio Areas, el siempre polémico narrador, preguntaba cuando estaba en el ejercicio de su profesión, que “¿para qué ir tan largo a tumbar sus marcas?”, pero el viaje es un estímulo para los muchachos. Y eso se entiende. El problema es cuando suceden cosas como las de Londres, donde los tiempos son peores que hace 44 años.
Mientras no haya un replanteo serio del deporte y se sigan invirtiendo los pocos recursos que hay como hasta ahora, no obtendremos resultados diferentes. Se falla al seleccionar al talento, no se le brinda el seguimiento adecuado y no hay controles serios sobre su desarrollo, a fin de no estropear el viaje.
Dejémonos de cuentos y no nos sigamos viendo con un sentido lastimero. Lo que hay que hacer es trabajar y aprovechar mejor lo poco que hay para salir del hoyo. Londres confirmó lo mal que andamos.
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