Por Róger Almanza G.
En el pueblo era todo un personaje. Conocían su nombre y era el invitado número uno en las fiestas de cumpleaños, bautizos, primeras comuniones y bodas. Además, no se perdía un solo acto público o aniversarios y graduaciones del colegio Pedagógico o aquellas fiestas privadas de las familias de buen apellido de ese entonces. Transcurrían los días de 1944 y don Adolfo González a sus 18 años recorría las calles de Diriamba cargando su cámara fotográfica.
Es más, hoy en día, a aquellos originarios de Diriamba que ya rondan las tres décadas no les falta en su álbum de fotografías, las tomadas por don Adolfo. Es la última generación que logró ser fotografiada por él.
Aprendió del único fotógrafo de la época en Diriamba, don Juan Mendieta, “era un chele de buen alto y sobre todo de buen genio”, lo recuerda don Adolfo, que hoy a sus 85 años, añora la época dorada de la fotografía de rollo.
“Era mágico más que emocionante. Tomabas la foto y no sabías cómo había quedado hasta que la revelabas. Los clientes esperaban el tiempo necesario y uno se ponía ansioso por ver cómo salían las fotos”, comenta don Adolfo.
Era herrero de profesión, hasta que un día don Arsenio Téllez, el pastor evangélico del pueblo, le ofreció una cámara fotográfica. El modelo no lo recuerda. pero sí que el rollo que usaba era solo para ocho fotos.
“Me explicó como usarla y no le importó si tenía dinero para pagarla. Al final se la terminé pagando con fotos”, recuerda don Adolfo.
El herrero del pueblo andaba fachento en el parque de Diriamba con la cámara colgada en su cuello. Aparecieron sus primeros clientes y llenó el rollo.
Fue entonces, cuando necesitó revelar las fotos, que conoció a Juan Mendieta, en ese entonces el único fotógrafo del pueblo que contaba con un estudio donde él mismo revelaba cada rollo como por arte de magia, ayudado con químicos especiales, dentro de un oscuro y pequeño cuarto de tablas.
“Se quedó sorprendido cuando vio mis fotos. Me preguntó si yo las había tomado y cuando le dije que sí, me dijo que yo era bueno y me propuso trabajar con él… Por supuesto que acepté”, recuerda don Adolfo.
En los días siguientes el maestro le enseño algunas técnicas para conocer mejor la luz natural y que la foto saliera mejor y hasta aprendió a revelar. Ya listo, don Adolfo solo necesitaba renunciar a su trabajo de herrero. Se ausentó por dos semanas y a su regreso estaba la noticia que su maestro había muerto.
“Lo lloré como a un padre… Él me enseñó esta profesión y le estoy tan agradecido”, cuenta don Adolfo, que hoy pasa buena parte del día sentado en una silla de ruedas con sus pies en una butaca para contrarrestar el malestar que le causa la diabetes.
La era digital
Antonio Aragón es fotógrafo desde hace 20 años, bastante nuevo en comparación con don Adolfo, que en sus tiempos ni se imaginaba que un día llegarían la era digital de la imagen. Antonio de origen español, y que ha viajado por distintos lugares del mundo con su cámara digital colgándole del cuello, ha logrado distinguir el antes y el después de la profesión del fotógrafo. Él lo llama la democratización de la fotografía.
“El mundo cambia y esto ha hecho que a la gente ya no le interese tanto la fotografía y prefieran la tecnología… Esto ha hecho también que la fotografía viaje en un segundo a miles de lugares y que sea vista por millones de personas… La fotografía no es lo que era antes”, dice Antonio, quien también imparte clases de fotografía en la Universidad Americana (UAM).
Su opinión no deja de estar apegada a la realidad. Ahora muchos hasta ven cursi guardar las fotos en ese viejo libro llamado álbum, ¿para qué? si en la PC o la tableta pueden almacenar miles de fotografías en álbumes digitales, con la ventaja de burlar la distancia y mostrarlo a cualquier amigo en cualquier lugar del mundo.
Antes, comenta don Adolfo, la familia se reunía a ver sus fotos. “Las fotografías eran un tesoro que guardaban de generación en generación… Hoy ya no es así, antes era lindo”, añora.
Para Antonio, quien también en sus inicios utilizó la cámara de rollo y tenía que pasar ese proceso de esperar a llenarlo y luego todo el trabajo del revelado, ese romance no ha terminado. “Espero que no termine… Lo que si ha cambiado es la forma pero el trabajo sigue siendo el mismo y al final entiendes que no es la cámara más moderna con el más enorme lente el que te da la mejor fotografía”, dice Antonio.
Ese principio de que no es la cámara sino el fotógrafo el que hace la foto, lo comparte don Adolfo que bien recuerda cuando se imaginaba cómo quería la foto, calculaba la luz, esperaba y disparaba la cámara, el sonido del disparador se escuchaba y la espera iniciaba. La sorpresa llegaba al menos en dos semanas.
¿Y cuántas fotos llegó a tomar don Adolfo? “Miles de miles, jamás podría recordar cuántas fueron”, dice don Adolfo, cuyo mayor pesar es haber perdido miles de fotografías, entre ellas las de su matrimonio del que solo guardaba dos fotos.
Las guardaba en un cajón hecho de madera vieja. Pero una noche de 1979, él con su esposa y sus cuatro hijos decidieron huir de la guerra que amenazaba la familia. A su regreso, meses después, su casa estaba totalmente saqueada y el cajón de madera donde dejó su más grande tesoro, sus fotografías, tampoco estaba. Jamás volvió a saber del cajón, nunca preguntó y se resignó a guardar esas fotografías el tiempo que su memoria le permitiera.
El personaje que desaparece
Las fiestas patronales o las ferias en los parques de las ciudades eran el lugar ideal para tomarse fotografías. Ahí los fotógrafos se apresuraban para agarrar la mayor cantidad de clientes. Armados con su cámara y coqueteando con un caballito de plástico, enamoraban, sobre todo a los niños, para que insistieran a sus padres a que les tomaran una foto en el caballito.
El tiempo ha pasado y el caballito ya no está en los parques, se ha mudado a muchos estudios y suerte el que encuentra a estos viejitos con cámaras, pues cargan en su memoria lo que un día fue el mundo de la fotografía.
“Yo no pierdo la oportunidad de hablar con ellos cuando encuentro a alguno… Siempre me detengo a platicar porque es nuestra cultura, nuestra tradición oral y creo que no se debería de perder”, comenta Antonio.
Quien recuerda en carne propia esos momentos es Douglas Membreño, un fotógrafo de 44 años, de los cuales los últimos 30 los ha dedicado a esta profesión.
Era uno de los que se iba a los parques y encontraba clientes, quienes pagan hasta cinco pesos por la foto. “Ahora no es así”, dice Douglas.
En su barrio, San Judas, en Managua, el fotógrafo era un personaje. Todos lo buscaban y él siempre tenía trabajo. “Eran pocos fotógrafos y los puntos claves eran las iglesias donde todos se querían sacar fotos, ahora todo eso se ha perdido… la importancia de la fotografía en la familia se ha perdido, el valor de una foto ya no es el mismo”, afirma Douglas.
En el 2005, Douglas se divorció de su cámara de rollo, una separación impuesta por la tecnología y los mismos clientes, que al darse cuenta de las cámaras digitales, pedían más rapidez para obtener sus fotos. Hoy, Douglas no solo toma fotografías, ofrece paquetes que incluyen vídeos de cada evento que cubre.
“Fue difícil dejar mi cámara de rollo, creo que sí, en cierta forma es como un romance que la modernidad mata. El amor que el fotógrafo siente por su cámara es indescriptible”, dice Douglas.
Ahora Douglas ya no sale en busca de clientes a las iglesias o a los parques, ya no es el personaje que un día fue en San Judas, pero sigue siendo fotógrafo, una profesión que él ve amenazada por las nuevas tecnologías.
“Siempre habrá fotógrafos que trabajen en rollo y también en blanco y negro como habrá otros que usen las nuevas tecnologías para hacer cosas sorprendentes en la fotografía”, opina Antonio.
Sin embargo, Antonio cree que el fotógrafo “viejo” ese del caballito, “se va a perder, porque llegará el momento en que estos viejos no estarán. Además en los últimos años la fotografía se valora menos porque todos tienen la oportunidad de tener una cámara y sacarse sus propias fotos, ya no te planteas contratar a alguien y sumado a ello las nuevas generaciones están metidas en una cultura más inmediata, de mayor tecnología. Lo triste que veo yo es que ahora no se preocupan tanto de entender la luz, sino de comprar una cámara más grande”, afirma Antonio.
Dos generaciones
Marcos Montenegro, comenzó a tomar fotos en el año 1965. Tenía 14 años cuando trabajaba en un almacén que distribuía películas Kodak. Recogía los rollos vencidos y los usaba con su cámara de película 127. Este adolescente diriambino no tenía idea que la fotografía sería su profesión por el resto de su vida.
Se graduó como contador y en su trabajo era el chavalo de la cámara. Siempre tomando fotos en todos lados. En 1997 se encuentra desempleado y decidió montar un estudio de fotografía.
Hoy el negocio lo comparte con su hija Angélica, quien ahora es la que lleva la batuta del estudio y se ha encargado de modernizarlo.
Don Marcos no se ha quedado atrás. Ha aprendido a editar fotografías y vídeo, para abrir las opciones a los clientes.
“No creo que la tecnología haya matado el romance de la fotografía, más bien creo que ahora es mucho mejor porque simplifica el trabajo, te ayuda bastante”, valora don Marcos.
Él, junto a su hija Angélica, han sido testigos como los fotógrafos han ido desapareciendo de las calles, de los parques, de las iglesias. Ahora la gente busca estudios y si se trata de un fotógrafo que ha hecho nombre es más fácil mantener a los clientes.
“Quizá sí la tecnología ha perjudicado a los fotógrafos de la calle, pero los estudios siguen abiertos y es aquí donde se encuentran ahora los fotógrafos”, dice don Marcos.
A pocas cuadras del estudio de don Marcos, aún se lee el rótulo “Foto estudio González”, el mismo que don Adolfo, hace 40 años, dio a hacer. Aún se toman fotos, el negocio está a cargo de uno de sus hijos, Javier, el menor, único heredero del romance de la fotografía, a pesar que sus otros tres hermanos aprendieron la profesión guiados por su propio padre.
“Fue la profesión y el amor de mi vida. Como fotógrafo preparé a mis cuatro hijos, un sociólogo, un ingeniero agrónomo, un médico y un abogado, esto me lo dio la fotografía”, recuerda don Adolfo, quien comenzó este romance con su cámara de 15 pesos. “Al final le terminé pagando más al pastor, con tantas fotos que le di, pero no importa, valió la pena”, dice.
En los pueblos y ciudades se escuchan los nombres de quien fue el señor fotógrafo, y el tiempo, poco a poco se encarga de borrarlos, algo que don Adolfo no quiere aceptar, pero está consciente de que es así. “La fotografía es linda, es magia, yo solo comparo esa vez que vi mis primeras fotos con el día en que conocí a mi esposa”, dice don Adolfo, que lleva con doña Carmen Baltodano, 56 años de casados.
Ya no toma fotos, la diabetes le ha afectado la visión pero no sus recuerdos de los años cuando era el fotógrafo del pueblo.
Sus clientes fijos siguen llegando, al menos 200 clientes al mes que aún guardan la tradición de tener en su historia fotográfica una marcada con el apellido de don Adolfo, el fotógrafo que juró amor eterno a la fotografía.
Ver en la versión impresa las paginas: 8 ,9 ,10, 11



