Por Amalia del Cid
Lo esperó desnuda, acostada en la tijera del cuartito de adobe; su sombra temblando a la luz amarilla del candil. Luis Enrique también temblaba. Era un virgen de 14 años y esta sería su primera vez. Fue su primo Gustavo quien lo llevó donde la Gloria, una prostituta de cabello oxigenado y cuerpo de marfil. “Pasá adelante amor, no tengás miedo, vení…”, dijo ella, y se irguió para poner la mano fría y sudada del adolescente sobre uno de sus grandes senos tibios.
Era finales de la década de 1950. Y en ese pueblo pintoresco de Somoto, en el Norte de Nicaragua, Luis Enrique Mejía Godoy vivía una experiencia que duró media mecha de candil y debió costarle cinco córdobas, de no ser porque la Gloria decidió no cobrar. “No todos los días tengo la suerte de descuerar a un pipiancito”, le explicó, según relata el cantautor en el capítulo Gloria eres tú de su libro Relincho en la sangre .
El que “pipiancitos” debutaran con prostitutas era antes, en los años 50 y 60, casi una tradición, cuenta Roberto Sánchez, historiador nicaragüense. En estos días la costumbre ya no es tan frecuente. Sin embargo, persiste. Si no fuera así, “Estrella”, una morena de rubio cabello que alquila su cuerpo en el mercado Oriental, no tendría tantas historias de vírgenes para contar.
Esa ansiosa búsqueda del “debut” se desprende de una obligación social que nadie ha escrito, pero que todo el mundo o casi todo el mundo, consciente o inconsciente, conoce y acepta. La “regla” dice que “los jóvenes están obligados a asumir su hombría para no ser vistos como ‘raros’, como ‘maricones’, para que no les digan ‘a este no le gustan las mujeres’”, señala Lorna Norori, psicóloga del Movimiento Contra el Abuso Sexual.
Aún existen padres que llevan a sus hijos a iniciarse sexualmente con prostitutas. También madres. Pero no se ve a nadie llegar con su hija “para que se la hagan mujer”, apunta “Estrella”, que ya lleva 18 años en los callejones del Oriental y en ese tiempo ha visto todo lo que hay que ver en materia de sexualidad. La explicación de Norori es sencilla: “La virginidad de la mujer se ve diferente. Se vive como una restricción, como algo prohibitivo”.
El primer virgen de “Estrella” tenía 16 años. Llegó con un amigo. Igual que Luis Enrique, era un manojo de nervios, temblaba y no sabía dónde poner las manos. Sin embargo, ahí estaba. Pagando 100 córdobas a cambio de su hombría; mientras el amigo, un quinceañero que también debutó con prostituta, lo esperaba afuera, a la sombra de algún bajareque. “La primera vez pensás este muchacho pudo estar con una jovencita, ¿por qué me eligió a mí? Después solo dejás de preguntártelo”, dice la morena de cabellos amarillos.
El tiempo y la vida hicieron estragos en su cuerpo de canario. Tiene la piel marchita y esos ojos que tanto han visto son inexpresivos. Por su camastro han pasado “incontables” muchachos. A algunos no ha querido atenderlos, porque no puede obligarse a creer que no está con una “criatura” que podría ser su hijo. Pero, “¿cómo no los voy a atender? si este es mi trabajo, si no lo atiendo, no gano, y la ‘rufiana’ se enoja?”, explica.
Los vírgenes de antes
En la década de los 60 era común que los chavalos se sentaran de lado, como si les doliera una nalga. Es que les dolía. De tanto visitar prostíbulos, de tanto no usar preservativo, la gonorrea se volvió el pan del día entre los adolescentes. “Se sabía que alguien andaba enfermo porque se sentaba de lado. Había una inyección famosa que se llamaba benzetacil. Era tan fuerte que dolía mucho la nalga”, recuerda Sánchez, el historiador. A él varias veces le tocó ponérsela.
Los prostíbulos estaban cerca de los colegios de internado, relata. Cerca del Goyena, en Managua; del Centro América, en Granada, y del Pedagógico, en Diriamba. “La idea era que cuando uno llegaba a la pubertad, visitaba el prostíbulo. Esa era la triste realidad. Hasta los mismos padres decían que ya era hora de ir donde las putas. Y le encomendaban a un tío o alguien de la familia que te llevara”, confiesa.
A “Estrella”, los vírgenes le llegan solos. En grupos de seis, a veces. Esperan turno bajo el alero y se impacientan cuando el asunto demora. Pero en ocasiones, todavía, los llevan los propios padres, como pasó con un niño de ocho años. Fue hace cuatro, en una de las tantas calles en las que ha trabajado.
Ese día ni la “rufiana”, es decir, la jefa, quiso que atendieran al cliente. “¡No ve que es una criatura!”, le espetó al padre. Y él respondió: “Él tiene que ser un hombre, como su padre”. Mientras, el niño esperaba en la calle, entrando a veces para elegir a la mujer con la que quería probar su hombría. Probar su hombría a los ocho años de edad, salir de la infancia para cumplir con esa “obligación social” de la que habla Norori, la sicóloga.
Una vez que un adolescente debuta con una prostituta, o trabajadora sexual, que es como a ellas les gusta que las llamen, adquiere varios problemas. “Corre riesgo de volverse eyaculador precoz, porque a una prostituta solo se le paga un rato”, apunta el doctor Carlos Neira, urólogo. Lo mismo opina “Estrella”, la voz de la experiencia. Asegura que los jovencitos que se iniciaron con ella y continuaron visitándola, se volvieron extremadamente veloces. “Todo acaba en asunto de dos minutos”, afirma.
Por otro lado, “hay desvalorización de la mujer y riesgo de contraer enfermedades venéreas”, agrega el historiador. Y por si eso fuera poco, el enorme abanico de posibilidades y matices que la sexualidad ofrece termina encajonándose en una trilogía simplista: “erectar, penetrar, eyacular”, puntualiza Norori.
“Normal”, pero no correcto
Aunque parezca muy “natural” el que adolescentes visiten prostitutas para vivir su primera experiencia sexual, esa “costumbre” no es correcta y mucho menos legal, apunta Anielka Castillo, de la Corporación de Abogados, S.A.
Incluso si el adolescente (que es un menor de edad) llega por su propio pie hasta el camastro de la trabajadora sexual, ella puede ser procesada por el delito de violación: Igual la “rufiana”. Y lo mismo los padres, en el caso de que estén involucrados, indica la abogada.
Por eso las prostitutas se ponen “ojo al Cristo”, avistando las esquinas para asegurarse de que no hay un policía en muchos metros a la redonda. Entonces, algunas, como quien no quiere la cosa, le dicen al niño que entre rapidito. “Tienen 12 o 13 años… son criaturas. Yo no los atiendo”, cuenta “Estrella”, que vuelve la vista hacia el techo cuando alguna de sus compañeras se decide a vender el alma en 100 córdobas.
Como era de esperarse, no existen datos oficiales acerca del número de muchachos que frecuentan prostitutas; sobre todo por aquello de que el fenómeno es visto como algo “normal”, subraya Norori. Sin embargo, de acuerdo a las estadísticas personales de “Estrella”, de dos años a la fecha menos adolescentes visitan los prostíbulos. Y los que llegan, casi siempre aparecen solos.
Antes era más frecuente que las madres hicieran señas desde la calle. “Psst, vení… vení ve, este es mi hijo, tratámelo bien, que este tiene necesidad, pero le da pena hablar con las mujeres”. Luego esperaban afuera. Mientras en el cuartucho el chavalo se les hacía hombre, como que si antes de entrar hubiera sido un gato o un pescado.
A “Estrella” le han salido unas ocho madres de esas que prefieren “hacerse amigas” antes de encomendar a sus hijos. Pero esos casos ya se ven menos. Eso sí, aún hay señoronas con carro que merodean en busca de una prostituta que inspire confianza. Apuntan el número del teléfono celular de la elegida para luego hacer contratos a distancia. “Pagan 800 córdobas. Las llevan a fiestas, con muchachos… muchachos que tal vez tendrán su primera vez”, confiesa la rubia.
A juicio de Castillo, las visitas de adolescentes a los prostíbulos ya son menos frecuentes, debido a que ahora “entre los mismos chavalos con las mismas chavalas de 14, 13 años ya tienen sus cosas y no necesariamente buscan a las trabajadoras sexuales. Aunque se dan sus casos. Sí”.
Lejos están esos tiempos en que las jóvenes parejas se conformaban con tomarse de las manos y darse un beso apurado cuando la abuela se distraía. “Ahora hay mayor relación entre los novios. Antes con dificultad te dejaban besarla y había que hacerlo disimuladamente”, recuerda Roberto Sánchez.
Con todo y el internet, la televisión y otras tecnologías, los adolescentes viven en una total desinformación sexual, apunta Norori. A través de los estudios que realiza se ha percatado de que cada vez son menos los jovencitos que son llevados por los padres donde una prostituta; sin embargo —dice— persiste la idea de que es maravilloso que el chavalo pueda reafirmar su hombría con una mujer mayor, cuando legalmente eso es un abuso sexual.
Según la especialista, los jóvenes que recurren a prostitutas para “debutar” en realidad no están preparados, ni informados, ni son lo suficientemente responsables para activar su vida sexual. Así que “viven ese momento con miedo y angustia… pero la paga es el reconocimiento público”. Ese “reconocimiento” que vale 100 córdobas y se consigue en camastros de mujeres como la Gloria y la “Estrella”.
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