Tom-boy and little-women

No nos equivoquemos sobre este punto. Las niñas marimachas, chimbaronas, tom-boys—como se diga—que juegan solo con muchachos, beisbol de lustradores trepadoras de rodillas raspadas...

No nos equivoquemos sobre este punto.

Las niñas marimachas, chimbaronas, tom-boys

—como se diga—

que juegan solo con muchachos, beisbol de lustradores

trepadoras de rodillas raspadas,

con cicatriz visible y permanente en la ceja izquierda

impresa contra el filo de la piedra

de la poza absoluta de la infancia;

son sensibles, intensas bajo sus overoles,

y despliegan más tarde mamalias adorables

y hacen hombre al hombre porque lo trataron

desde niñas y se lo saben desde dentro,

y ya adultas le amortiguan todo lo que

es demasiado duro, pulido e hiriente

como ebanistería enemiga.

Pero las otras, mujercitas, little-woman, damitas

—como se diga—

que juegan con muñecas y bordan y cocinan de mentira,

son más tarde mezquinas ecónomas que esconden senos

ínfimos, metálicos y devienen

espeluznantes cónyuges, paridoras de futuros

misóginos, como aquel desdichado que menciona

el doctor Rober Burton en Anatomy of Melancholy,

que no salía nunca, y cuando en su alta alcoba

alzaba los visillos, asomándose al tumulto de Londres,

si divisaba apenas una sombrilla o un talle,

rompía a vomitar.

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