Jordi Icaza Traver
Antes que nada, se debe buscar el brillo, una manzana lista para comerse debe brillar. Su color debe ser intenso; intenso verde, intenso rojo, intenso oro. Debe mirársela con la intención de comérsela, de gozar de todo su sabor, de su textura, de todo su ser. Debe decírsele con la mirada que va a ser comida, lenta, pero totalmente. Debe recorrerse toda con la punta de los dedos, reconociendo en ella su llaneza, sus planos y curvas, sus huecos, desde el tallo que le dio la vida hasta su fondo, debe conocérsela toda.
Para proceder a comer correctamente una manzana debe tomarse esta firmemente en una mano y morder; de este primer mordisco dependerá si lo demás estará correcto o no. Ese primer mordisco debe ser explosivo, crujiente, la piel se irá rompiendo ante los dientes invasores, el jugo de su carne debe sobrepasar el límite de la boca insaciable, debe mojar los labios y bajar por los pómulos. Los labios deben cerrarse con presión sobre la herida manante y con caricias de la lengua se libará la miel sobre la carne abierta. Este primer mordisco debe terminar en un beso, al separar los labios de la carne debe sonar como suena el final del vacío, como sonó el primer beso apasionado cuando se dejó de ser niño.
Sobre el primer mordisco se continuará mordiendo la carne firme y esta se irá haciendo agua en la boca, esta ira cediendo, se abrirá una y otra vez ante la embestida continua. Se deberá hacer una pausa de cuando en cuando para apreciar el sabor que languidece; sorber los fluidos que inundan la boca y ablandan la carne. La manzana debe estar sujeta firmemente, con las marcas de dientes y sus heridas manantes, círculos de carne expuesta que palidece ante el deseo de continuar, y se debe continuar.
Una y otra vez se repetirá este proceso hasta que se descubra la cárcel de las semillas en su interior, hasta que la carne de la manzana se haya vuelto marchita y fofa y su frescura se haya entregado por completo. Entonces debe abandonarla rápidamente, disimulando cualquier atisbo de emoción en su rostro y evocando en secreto el sabor lánguido de su última tentación.
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