Las primeras lluvias de mayo dañaron las ofrendas florales que reposaban sobre la tumba del comandante sandinista Tomás Borge Martínez (1930-2012) y la pompa con que se celebraron las exequias también se desvaneció en el escenario político nicaragüense.
Los restos de quien era visto como el último fundador vivo del Frente Sandinista fueron colocados junto a las tumbas de otros dos célebres de ese partido —ahora en el Gobierno— y lo más seguro es que solamente será recordado nuevamente cuando se cumpla el primer aniversario de su muerte.
Analistas coinciden en que el presidente Daniel Ortega quiso aprovechar el rasgo de la idiosincrasia latinoamericana de que no se habla mal de los muertos y en plena crisis de legitimidad apuntaló la figura del viejo comandante a su favor.
El 2 de mayo, abrazado por una multitud de simpatizantes del Frente Sandinista, el exministro del Interior (1979-1990) ingresó al panteón de los elegidos en un acto presidido por Ortega y su esposa Rosario Murillo.
ORTEGA USÓ FIGURA DE BORGE A SU FAVOR
“Ese fue el objetivo principal de la familia Ortega Murillo en el caso de la ceremonia fúnebre de Tomás. Ese lenguaje tiene que ver con el hecho de tratar de vender la imagen de que quienes están con el régimen de Ortega son tocados por la gracia de Dios, es para tocar el corazón de personas”, dijo a The Associated Press la comandante y disidente del FSLN, Dora María Téllez.
Para el sociólogo Manuel Ortega Hegg, catedrático de la Universidad Centroamericana, la apología a Borge “es preparar el camino para el endiosamiento propio”. Recordó que el mandatario “ha dicho en diversas ocasiones que él tiene una misión especial de Dios en este mundo”.
“Con toda la pompa que ha rodeado este entierro (de Borge), lo que Ortega ha querido hacer es un gran acto de prestidigitación y legitimación política”, afirmó Téllez.
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