Crítico
Los veinte años de la Camerata Bach irradiaron el óleo que pintó Thomas Mann: “Bach dejó escrito todo lo que suena y canta, todo lo que rechina, gorjea, zumba y retumba”.
La Camerata destinó en su festejo de efemérides todo el lugar para su fuente inspiradora en el bautizo, la imagen tallada en el macizo milenario que debió acompañarla hasta llegar a la preciosa hechura de dos décadas bien aprovechadas.
Por ser tan breve el espacio para dignificar lo diverso del temperamento en la interpretación, decidió sonar y cantar. Cantó en el café y sonó con dos de las obras universalmente expuestas: el Concierto Brandeburgo número dos en Fa con su allegro, su andante y su segundo allegro y la Suite Número tres, en Re mayor.
Reconocido el colorido bucal y el gesto teatral con la taza a bordo, merecen mención las dos obras concebidas para la ejecución pura. Homenajearon al protagonista con un auténtico “concerto grosso”. Trompeta, flauta, oboe, violín obligado, frente a los instrumentos de cuerda y el continuo. Ímpetu de la lozanía de primavera, fuga en los instrumentos con las cuerdas fondeando, seducidas por el nivel primario de las armonías de viento. De la Suite número tres no la partita con su ampulosa chacona, sino la danza estilizada, ha predominado la devoción por el movimiento que precisamente no lo representa: los aires para la cuarta cuerda de sol. La orquesta las pone en la plenitud, sumergidas en la hondura homogénea donde no entra ningún intruso ajeno a la seguidilla de las fibras en el ornato de la tierna reflexión. El violín en el mensaje de una majestuosa tranquilidad. Y luego la coronación con el atuendo de la percusión.
Satisfizo solo Bach y más cuando fue el numen, el símbolo en el advenimiento.
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