Ni príncipes ni bestias

Debe haber una razón por la que usted y yo estamos esperando un príncipe encantado que con su beso de amor nos venga a rescatar del monstruo de la rutina. Sí, sí, usted y yo lo hemos estado esperando. Nada más que a veces una como que se extravía y lo que se encuentra en el camino es un sapo o una Bestia. Aunque, pensándolo bien, al fin y al cabo vienen siendo lo mismo. Príncipe, sapo o bestia, los tres son engendros nacidos en los cuentos de hadas.

Por Amalia del Cid

Debe haber una razón por la que usted y yo estamos esperando un príncipe encantado que con su beso de amor nos venga a rescatar del monstruo de la rutina. Sí, sí, usted y yo lo hemos estado esperando. Nada más que a veces una como que se extravía y lo que se encuentra en el camino es un sapo o una Bestia. Aunque, pensándolo bien, al fin y al cabo vienen siendo lo mismo. Príncipe, sapo o bestia, los tres son engendros nacidos en los cuentos de hadas.

No se enoje. No me mire así. Que solo trato de hacerle entender, y de paso entender yo, que no necesitamos ni príncipe ni sapo ni bestia. ¿Comprende? Ah, a veces yo tampoco, ¿sabe? Pero, ¿se acuerda de los cuentos que leíamos cuando éramos niñas?

Yo quería ser Cenicienta, convertir calabaza en carruaje y ratones en lacayos. Quería ser Blancanieves, la de los siete enanos. Quería ser la Bella Durmiente, que jamás envejece y se despierta sin mal aliento. Quería ser… quería ser una princesa y vivir en un cuento de hadas.

No se ría. Mire que me estoy sincerando. Esos fueron mis primeros libros y, como era de esperarse, las historias de princesas anémicas y caballeros viriles cayeron en un campo arado: mi cerebro de niña. Esos mensajes subliminales echaron raíces en mi subconsciente y crecieron frondosos como la hierba mala.

Así aprendí que para encontrar el verdadero amor debía ser una muchacha fina, delicada, sufrida, sumisa y, de ser posible, tenía que encerrarme en una torre custodiada por un dragón o varios, ya sabe, para añadir emoción. Pero, en fin, por más que me esforcé, en franca lucha contra mi temperamento y uno que otro agujero en mis modales, el príncipe nunca llegó. ¿El suyo tampoco?

No se me aflija. Lo que pasa es que nos han enseñado que las historias de amor acaban en pastel de bodas y “vivieron felices para siempre”. Pero no nos cuentan que a Aladino le gustaba dejar los calcetines sucios sobre el comedor, ni que el marido de Cenicienta era cleptómano y el novio de Ariel, la Sirenita, un posesivo controlador. Tampoco nos confiesan que Aurora, la Bella Durmiente, roncaba con una maestría de cien años de entrenamiento ni que la Bestia en realidad siguió siendo una bestia.

¿Se ha hecho una idea de cuánto nos hemos autoestafado? La verdad, aquí todo el mundo ha salido perdiendo. Sobre todo el amor. Permítame, le explico: En los cuentos de hadas todo es fácil, mueren los malos y los buenos se matrimonian. Si de pronto algo parece imposible, aparece una gorda madrina con su varita mágica o llega un genio de la lámpara. Y ¡plof! Todo es rosa y miel. Eso va creando la fantasía de que el amor es perfecto y “se sostiene solo”, así como “por arte de magia”. Entonces, ¿qué cree que pasa?, no se hacen esfuerzos para cultivar la relación de pareja. A mí no me crea. Lo dice una experta, la psicóloga Lorna Norori.

También asegura que, igual por herencia de los cuentos de hadas, muchas mujeres han aprendido a ser sumisas, al mejor estilo de la Sirenita, incapaz de contradecir a su padre el rey Tritón, y de la Cenicienta, que prefirió lustrar pisos antes que reclamar la herencia que por derecho le pertenecía. Por si fuera poco, esta muchacha dejó su destino a merced de las andanzas de una zapatilla de cristal y la suerte de un príncipe encantado. ¡Dios la perdone!

Y que perdone también a esas mentes brillantes que idearon la novela rosa, porque los cuentos de hadas no son los únicos que venden fantasías románticas. Esto es un bombardeo y sálvese quien pueda. Mil canciones, películas, publicidades y poemas parecen estar en guerra contra el amor real, el de carne y hueso. No me diga que no lo ha notado.

Yo no soy quién para decirle cómo es el amor verdadero, pero le aseguro que no es perfecto, como no lo somos nosotros los seres humanos. Tiene alegrías y tristezas, altos y bajos, más y menos. Le diría que es un proyecto en el que hay que luchar, para que la balanza se incline hacia las alegrías, los altos y los más. Y si eso no se logra, tirar la toalla a tiempo.

Ya le dije, no soy una experta en el tema. Ni siquiera he vivido tanto, pero he visto lo suficiente para darme cuenta de que las relaciones amorosas de valor pertenecen a este mundo y no al de los siete enanitos. Es una buena noticia, ¿verdad?

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