Edgard Rodríguez
Cuando salga de LA PRENSA, me gustaría hacerlo bajo una ovación como la que se le brindó ayer a Miguel Lorío, el estupendo reportero gráfico que apagó su cámara al jubilarse, tras más de 40 años en el fascinante mundo de la fotografía.
Claro, aparte de buen fotógrafo, Miguel fue también un tremendo compañero. De otro modo, su salida no habría provocado tanto bullicio, o mejor dicho, ese cruce de emociones que se percibía ayer aquí, cuando se despedía de nosotros.
Había tristeza por el vacío que deja, pero también satisfacción por el deber cumplido. Miguel se va con el conteo a su favor. Con su cámara fue un guardián de la historia deportiva y mostró gran versatilidad cuando se le asignó a otras áreas.
Lorío ha sido, para decirlo sin muchas vueltas, el mejor fotógrafo deportivo que hemos tenido. Entendía los deportes, manejaba sus tendencias, se ubicaba el sitio correcto y tenía una precisión sin igual a la hora de oprimir el botón.
Eso le permitió congelar imágenes magníficas como aquella jugada de Roberto Espino, la caída de los ciclistas en la Vuelta a Nicaragua, las zambullidas de Bayardo Dávila, los lances de Julio Medina y los gestos feroces de Ariel Delgado.
En fin son tantas y tan variadas las gráficas que Miguel hizo pasar a la posteridad, que cuando se haga el recuento de la historia deportiva nacional, necesariamente habrá que detenerse en Lorío, el hombre del ojo mágico y el dedo preciso.
La foto es arte, sentimiento, visualización. Todo eso se conjugó en Miguel, quien se despidió del beisbol con la cobertura a la Final de la Liga Profesional, donde capturó a Iván Marín haciendo acrobacias.
A todos nos queda la impresión que Lorío se va entero, con muchas fotografías aún por tomar. Y quizá las haga. Pedirle que deje de tomar fotos quizá sea igual a pedirle que deje de vivir. Ha sido su vida, su pasión.
A veces había que empujarlo y, por momentos, podía parecer duro, pero la imagen del tipo amable y competente es la que hemos decidido preservar.
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