Nuevas Elecciones
Ya hablando en serio, si Daniel Ortega de verdad cree que puede ganar con el 70 por ciento de los votos una elección, se le debería tomar la palabra y aprovechar las próximas elecciones municipales de 2012 para hacer unas elecciones de verdad y que demuestre lo que afirma. Claro está que unas “elecciones de verdad” pasan por tener un árbitro imparcial, por la presencia de observadores que den fe del proceso y porque cada uno de los contendores compita en igualdad de condiciones. O sea, nada que ver con la caricatura de proceso electoral que hay ahora.
Palabra de Rivas
La gran prueba de que lo resultados que leyó Roberto Rivas no valen ni la suela del zapato que usa, es que así como dijo 63 por ciento para Ortega bien pudo decir 73 por ciento y en las mismas estaríamos. Que me diga algún sandinista honesto, que los hay —algunos incluso avergonzados de lo que pasó— ¿dónde se demostraría el fraude si a Rivas se le hubiese antojado decir 73 o 83 por ciento en vez de 63? Las explicaciones serían las mismas: no hay forma de hacer cuadrar esas cifras con los votos. Y asusta pensar que todo el nuevo gobierno de Nicaragua estará determinado por la palabra del señor Rivas y sus socios, palabra que, como se dijo, no vale ni la suela del zapato con que caminan.
Doble problema
Así las cosas, Daniel Ortega tiene un doble problema. Primero, porque se metió de candidato de forma ilegal, que ya es bastante, y segundo, porque no hay forma de saber que tiene la legitimidad de una mayoría, porque los datos que leyó el Consejo Supremo Electoral nadie sabe de dónde salieron y, repito, así como dieron esos bien pudieron haber dado cualquiera y en las mismas estaríamos. Un reflejo de esa dudosa victoria electoral es que a estas alturas poquísimos gobiernos del mundo se han atrevido a felicitar a Ortega.
Diputados PLI
Ahora que ya se resolvió el dilema de si los diputados PLI asumirían o no sus escaños, yo soy de los que piensa que si la elección de noviembre pasado fue fallida, no se puede rescatar como sano un retazo de ella a conveniencia de aquellos mismos que la maldicen. Lo que está malo, está malo y solo cabe botarlo a la basura. Pero, para no parecer extremista, voy darles el beneficio de la duda y que sean ellos quienes demuestren la utilidad de asumir esos escaños, sabiendo que al hacerlo, quiéralo o no, están dando por potable un brebaje que a muchos nos parece podrido.
Represión
La historia registra las muchas veces que los Somoza echaron presos a personas inocentes por algún delito que golpeaba al sistema. El mejor ejemplo de estas injusticias es Pedro Joaquín Chamorro, a quien la guardia llegaba a traer por el simple hecho de ser opositor, acusado de delitos en los que generalmente nada tenía que ver. Y se les abría juicio, aparecían testigos que los habían visto en tramas en las que jamás participaron y se les condenaba en sentencias que olían más a pasada de cuentas por su forma de pensar que a convicción del involucramiento. Estos pecados, sin embargo, no quedaron impunes.
Lecciones de la historia
Traigo esta historia a colación, porque tras el asesinato de un líder del Frente Sandinista que se cometió en Coperna, Siuna, la Policía, la Fiscalía y hasta la Procuraduría de Derechos Humanos han desatado una cacería que parece más encaminada a golpear a los adversarios políticos que a encontrar a los responsables del crimen. Se acusa al delegado del PLI porque lideraba una protesta, al alcalde liberal porque tiene una radio que “incitaba a la violencia”… El delito hay que castigarlo, pero no vale aprovecharse de ello para pasar facturas políticas. Esto ya lo vivimos. Los Somoza lo usaron. Y les salió mal.
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