Por: Róger Almanza G.
Reconozco esa imagen. Un niño rosadito con carita de “yo no fui”. Sus brazos abiertos y alzados como quien quiere dar un abrazo a alguien mucho más alto. Una aureola flota sobre su cabeza, señal de un santo. Es el Divino Niño.
Pero esta imagen es muy diferente a las que he visto. Está cubierta por mil 700 rosarios. Son milagros o favores pedidos. El niño, hecho de yeso y con chibolitas brillantes en sus ojos, posa sobre una vitrina de vidrio en el cafetín de doña Nubia, una señora elegantona y coqueta. Sus uñas largas color plata y brillantes con escarcha acompañan la alegría de un rostro moreno, maquillado y con una sonrisa siempre dispuesta.

Cada rosario es un agradecimiento. Cada niño internado en el Hospital La Mascota a quien doña Nubia ha ayudado, ha llegado a su cafetín a colgar un rosario en la imagen del Divino Niño. 1,700 rosarios. 1,700 niños a los que ha ayudado.
Desde hace diez años, doña Nubia ha brindado albergue y comida a los familiares de los niños que llegan a la unidad de oncología del Hospital La Mascota.
Con el tiempo, también ha encontrado las posibilidades de apoyarles con el medicamento y sillas de ruedas, traslados a sus pueblos de origen y en los casos más duros, también le toca conseguir las cajas, para aquellos niños que cayeron vencidos ante el cáncer.
Doña Nubia no es una mujer que ande tocando de puerta en puerta para ayudar a quien la busca. Ha logrado una cadena de solidaridad con pocos amigos y sus cinco hijos. “Profesionales todos”, enfatiza.
“Además debo sacar de mi bolsa, claro que sí, de eso se trata esto, de compartir”, comenta la mujer empresaria que se dedica a la compra y venta de vehículos.
Enfermera de profesión y bombera del Benemérito Cuerpo de Bomberos de Nindirí. La subteniente Nubia Pastora Jaens Zúniga se ha convertido en una referencia para las familias que llegan con “pacientitos” a La Mascota.
Es la menor de 12 hermanos, de los que viven solo seis. Entre ellos dos mujeres sobrevivientes de cáncer. “No sé si esto tiene algo que ver con la misión que tengo de ayudar a estos niños. Lo que sí sé es que el éxito en la vida de las personas está en compartir y ayudar”. comenta doña Nubia.
Sobre la Carretera a Masaya tiene su casa. Un condominio donde aloja a los familiares de los niños internados, que no pueden quedarse en el hospital ni en el albergue que hay en La Mascota.
En los cuartos hay camas grandes donde bien se acomodan tres o cuatro niños. Sus padres o hermanos, quienes los cuidan, se acomodan en hamacas que cuelgan de los corredores. Aquí suelen pasar las noches, esperando que los médicos les den de alta. Y el tiempo pasa, y muchos continúan a la espera de esa noticia.
Formar amistad es algo inevitable. Cada 30 de mayo, el teléfono de doña Nubia suena y suena. Llamadas de felicitaciones de parte de los niños y familias a las que ha brindado su mano.
También, sacos de frijoles y moños de cuajadas llegan hasta su puerta, de parte de sus “ahijados”, que ya pueden estar en sus casas tratándose la enfermedad.
CUANDO EL DOLOR TOCA
Hace unos años, doña Nubia pensó que ya no podría continuar con esta noble labor. Una trombosis la amenazó con desligarse de sus ahijados. Reposo y más reposo fue la cura y con el tiempo doña Nubia se sobrepuso.
“El médico me advirtió que si no lo llevaba con calma, no podría continuar… lo intento pero no puedo”, admite doña Nubia.

Cuando murió “La Chela”, una niña de 13 años, que estuvo hospitalizada año y medio, doña Nubia sintió uno de esos dolores que solo se sienten pocas veces en la vida.
Aunque la niña era originaria de la frontera con Honduras, el invierno de ese tiempo no permitió movilizar a su familia. “Conseguí la caja y la tuvimos que enterrar aquí en Managua. Fue duro para sus padres. Pero no tuvimos opción”, recuerda Nubia.
Su voz se quiebra cuando recuerda a su “niña”. Otra pequeña con la que hizo un lazo casi maternal y pocos meses después de estar internada, murió.
“Cómo no caer ante esos rostros redonditos, cabeza rapada y cachetones. Inflamados por la quimioterapia. Esos ojos llenos de amor. Yo siento ese amor, esa necesidad de recibir amor y la gran capacidad de dar amor que tienen esos niños”, asegura.
Todo el dolor que comparte con esas familias y con los mismos niños lo logra transformar en alegría cuando uno de ellos mejora. “Es una maravilla porque los siento como que fueran mis niños”, valora doña Nubia.
LA VIDA SIGUE
Aunque tiene 55 años, le gusta decir que tiene 60, pues siempre hay quien le dice lo bien que se ve para tener seis décadas. Doña Nubia siente que así “alimento mi autoestima y me inyecto más ánimo para continuar con esta misión”.
“La vida sigue y no podemos quedarnos sin hacer nada”, es el mensaje que repite a diario esta mujer, abuela de cuatro niños, por quienes ora cada día para que crezcan sanos.
Sus días que comienzan a las cuatro de la mañana pasan entre el cafetín Divino Niño, que está dentro del Hospital La Mascota; sus turnos como bombera, atendiendo accidentes en la carretera, en los que también le ha tocado manejar la ambulancia; su negocio de venta de carros y su rol de ama de casa, madre, esposa y abuela.
Un tiempo bastante complicado para doña Nubia, pero que siempre encuentra las horas en su reloj para atender a sus ahijados del Hospital La Mascota.
Cada mañana, cuando llega al cafetín, le da un vistazo a la imagen del Divino Niño, hace un conteo visual de los rosarios y se da cuenta si hay uno más. Ya sabe que en cualquier momento llegará alguien a pedirle ayuda. Quizá un par de chinelas, o una mudada, puede ser un plato de comida o bien un ataúd o un traslado hacia algún departamento del país. “Y estaré lista para ayudar”, afirma.
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