El “secretario político” (alto, camisa verde) en la escena del accidente de tránsito.

Caravana fantasma

El 5 de noviembre de 2011, menos de doce horas antes de los comicios presidenciales en que Daniel Ortega buscaba la reelección, un golpe seco caló directo en mi memoria. Faltaba menos de un kilómetro para llegar a casa. Los vidrios del espejo izquierdo saltaron, me dieron en el rostro y el plástico, que lo acuna, rompió el forro del interior del carro, pegó en mi suegra y después en mi hijo, a quien chineaba mi esposa.

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Por: Octavio Enriquez

El 5 de noviembre de 2011, menos de doce horas antes de los comicios presidenciales en que Daniel Ortega buscaba la reelección, un golpe seco caló directo en mi memoria. Faltaba menos de un kilómetro para llegar a casa. Los vidrios del espejo izquierdo saltaron, me dieron en el rostro y el plástico, que lo acuna, rompió el forro del interior del carro, pegó en mi suegra y después en mi hijo, a quien chineaba mi esposa.

Matías tiene apenas nueve meses y su grito me dejó paralizado. “Nos tiraron una piedra”, dijo sorprendida mi esposa Gloria, mientras cargaba al bebé, aún despierto. “Nos chocaron”, alcancé a decir mientras me detenía para revisar que los niños estuvieran bien. Esa larga noche no pudimos ver el cielo estrellado como nos gusta en el lugar que escogimos para nuestro hogar junto a la Carretera Nueva a León, territorio de furgones que siempre aceleran o de bólidos como el que nos impactó .

Marcial Alcides Real Lampin tiene 62 años, pero de inconsciencia. Manejaba la camioneta ME0636, propiedad del Ministerio Agropecuario y Forestal que luego supe, por ellos mismos, era parte de una caravana del Estado sin sirenas en misión especial desde occidente, trasladando supuestamente material electoral.

Junto a Real Lampin se detuvo una especie de “secretario político”, cuyo teléfono repicaba con el sonido de Nicaragua Triunfa, la canción que usó el Frente Sandinista para promover la candidatura de Ortega.

Después de entrar y salir varias veces, cada vez llamando apurado a sus jefes, finalmente el “secretario político” se ubicó delante de la subinspectora Elba Tinoco, oficial a cargo de las investigaciones.

Le dijo (yo estaba a sus espaldas, no supo cuando llegué) que la camioneta la necesitaba libre para trabajar. “Por órdenes de la Presidencia, ese vehículo está al servicio del Consejo Supremo Electoral”, advirtió.

Fue una larga noche, donde las víctimas fuimos cuestionadas. Una vez que Tinoco llegó al sitio del accidente, preguntó por qué no nos habíamos tirado al lado derecho de la carretera para capear al conductor y yo le señalé los barrancos, lúcido pese al golpe.

El informe policial no dice que soy un suicida, pero era imposible que me metiera al otro carril cuando venía una fila de carros al otro lado, sin motivo además porque no llevaba coches adelante. Si hubiese invadido carril, el golpe que recibí hubiese sido de frente y no al lado izquierdo, donde las puertas hundidas no se pueden abrir. La oficial Tinoco miró otra cosa. Y es hoy y no sabemos quiénes fueron sus testigos y tampoco qué le dijo el conductor estatal, porque el expediente, al menos a nosotros las víctimas, nos fue negado.

Todo puede pasar en este país, donde los oficiales de arriba y abajo se subordinan al partido político en el poder.

Después nos tocó ir a casa por nuestra cuenta, porque el vehículo fue decomisado, igual que el otro. Sin embargo, él salió libre.

—La ley establece subinspectora Tinoco que él debe quedar detenido porque tengo lesiones—, insistí a la oficial.

—Pero la ley también establece que el jefe tiene potestad de dejar ir a las personas cuando, como es su caso, no está en ningún hospital. Usted no se fijó, pero el jefe estuvo allí (señala mi espalda) y dice eso, que usted no está mal—, contestó.

Con el ojo izquierdo golpeado —tardé más de una semana en recuperarme— no era difícil imaginarse la resolución. Citados a las ocho de la mañana el 21 de noviembre, nos tocó esperar más de una hora y media. Fue la oficial Tinoco quien nos avisó que Real Lampin ya venía. Reclamamos y finalmente fuimos notificados por orden del subcomisionado Marvin Mayorga Mejía. Según el informe firmado por este honorable oficial, el choque fue entre dos. La caravana al parecer fue fantasma. Días después el fotógrafo Alfredo Zúñiga, quien hizo las imágenes del accidente, se encontró al “secretario político”, trabaja en la Alcaldía de Managua. “Yo sé quién sos y dónde trabajás, cuidate”, le advirtió al fotorreportero.

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