Joaquín Absalón pastora

Caen pero no hay reflexión

Los tiranos caen. Pero no hay cupo para la reflexión. Esa es la rutina que moja de besos y lágrimas las mejillas del tiempo.

No quisiera referirme al finamiento del opresor de Libia, porque ese es un tema que acaso ya ande recorriendo los túneles del olvido. Esa ha sido también la tendencia, verlos desfilar en diferentes formas en la procesión fúnebre de las dictaduras y luego apartarse del cortejo —a cual más escalofriante— para dejar en el tintero al anterior y ver pasar al que sigue y así sucesivamente en la obstinación cíclica del movimiento histórico.

Desde que la humanidad está viva, existen las intolerancias. La primera reacción en cuanto no más se produce el destronamiento, es de los pueblos en esplendorosa y justificada euforia, apoderándose de las calles y de las plazas. Es impresionante y conmovedor ver cómo se esparcen sus gritos elevados por el júbilo, la gloria festiva del desahogo sin que ningún verdugo muestre la espada oral del cállense. La segunda se impacta en el talento de los racionalistas invitando a que el resto de símiles vivos, lean la lección y aprendan de ella para no verse en el espejo de la tragedia como el que reprodujo la imagen desnuda del que lamió su sangre en la intemperie, despojado del teatral uniforme militar en circunstancias de soledad en que lo único real era el ombligo desguarnecido tiritando de pánico.

“Pongan la barba en remojo” les canta el analista con el optimismo de que su consejo va a dar en el blanco. Pero no se inmutan y, por el contrario, siguen el ritmo de las mismas crecientes salvajadas como si nada hubiese ocurrido. La melena sigue marchita y lo mismo el romance inútil con la soberbia.

Desafortunadamente las alegrías populares son pasajeras. Este es otro ciclo repetitivo porque el sustituto del dictador desaparecido se vuelve peor, diluyéndose ahí no más una quimera que acababa de formarse para volver el pueblo a ser la oposición del fallido Mesías.

Cuántos ejemplos de estos no tenemos en los movimientos de liberación ocurridos en el mundo. El líder que predicó la libertad, vocero erguido de los derechos humanos, convenció a las bases con su discurso “del diente al labio”. De paladín de la democracia en la llanura, se vuelve exactamente todo lo contrario cuando asume el poder que se convierte en una droga adictiva en la medida en que el usufructuario va comprobando que está sentado sobre un trono de plata y de sangre, de la plata del presupuesto público y de la sangre de su población.

“Raya en el aire” traza la posibilidad de que un revolucionario cuando está en la lucha, lo siga siendo cuando logra los objetivos de estar en la cumbre mirando a los súbditos con ojos de predestinado. Entonces se convierten en dinastas y nombran a sus hijos herederos de su mandato siguiendo las mismas normas de la monarquía a la cual atacaron con odio rojizo. “Quitate vos para ponerme yo”.

De todas maneras cuadra la idea de insistir en que, no son pocos los sectores del alma popular que saben discernir progresivamente cada vez que suceden estos estrépitos, y comprender las realidades de fondo del mensaje de los libertadores, consistente en superar la capacidad despótica del antecesor al que contradictoriamente derrocaron en nombre de la libertad. El autor es periodista

Columna del día Opinión
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