Son las 5:00 de la mañana y la algarabía de la vida cotidiana ya empieza en Diriá. Los primeros ruidos de la calle poco a poco penetran en las casas, como más tarde van los rayos del sol por las puertas abiertas de par en par.
Las ruedas de madera de una carreta halada por bueyes parecen crujir sobre el adoquín. “Track-track, track-track”. ¿Carretas en el siglo XXI? Sí.
La que este lunes pasa por la calle central va cargada de leña. Un hombre, de unos 50 años, hinca a los bueyes con una vara de bambú para que apresuren el paso. “¡Vamos! ¡Vamos!”, dice e hinca de nuevo. Otras veces, cuando lleva canastos con mangos o mamones, también se escuchan las risas de los niños que salen de sus casas para tratar de “cachar” frutas en el trayecto.
En la casa de al lado ya están despiertos. He tratado de no escuchar a los gallos que desde las 4:00 de la mañana intentan acabar con mi sueño, pero contra el golpe de las pailas en el lavandero vecino ya no puedo.
¡Me parece un pecado estar despierta a esta hora! Pero afuera ya no hay chance para ser la primera.
Al menos tres de las mujeres que a diario salen a la calle para lavar bien temprano sus aceras o barrer sus cunetas ya empezaron su faena. Por ahora son pocas y están calladas, pero en un rato —cuando salga el resto— iniciarán su plática de rutina sobre los pormenores del pueblo.
Desde que era pequeña recuerdo que miraba esa escena, cuando a aquella edad era más fácil despertar temprano. Pero las mañanas de Diriá aún se parecen a aquella que Rubén Darío describió en una estrofa en su poema Del Trópico : “¡Qué alegre y fresca la mañanita!/ Me agarra el aire por la nariz:/ los perros ladran, un chico grita y una muchacha gorda y bonita,/ junto a una piedra muele maíz”.
Antes de que los más pequeños pasen para la escuela, como en cualquier otro día de la semana, pasan las mujeres para los molinos, con baldes llenos de maíz preparado para traer masa y “echar” tortillas.
Hace veintidós años todavía había un molino frente a la casa en la que crecí durante los ochenta. Antes de las 7:00 de la mañana ya se podía escuchar el sonido de las bandas elásticas del molino y luego el olor al maíz triturado o del pinolillo fresco parecía que tocaban a la puerta.
Para mí, las mañanas del Diriá también huelen y saben a rosquillas y rosquetes, al café que preparaba mi abuela y se sentaba conmigo a enfriar porque le armaba parranda si me lo daba caliente. Saben al motajatol de la “Adilia Masaya”, que todos los días llegaba desde esa ciudad con su canasto de verduras sobre la cabeza.
También son la brisa de El Boquete, el mirador desde el que se puede bajar hacia las aguas tibias y cristalinas de la laguna de Apoyo, pasando por un ojo de agua que llaman La Pila, donde hasta hace unos cuarenta años las mujeres llegaban a enjuagar la ropa.
La rutina matutina va cambiando en Diriá. Las mujeres que pasan para los molinos ahora son menos y quienes caminan al mirador para ejercitarse son más. También a los susurros de las primeras pláticas de la mañana los va remplazando el alboroto de la televisión.
Pero aún queda algo de ese encanto y tranquilidad que tienen las madrugadas de los pueblos, aunque canten los gallos y se escuchen pasar carretas y sonar pailas antes de que uno quiera despertar.

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