El hombre detrás del home plate

¿Qué tienen en común las tardes soleadas en un semáforo de Managua con un estadio de beisbol lleno de jugadores estrellas y repleto de aficionados? La respuesta podría ser Jairo Ramón Mendoza, un árbitro nicaragüense de beisbol, quien de adolescente solía vender en los semáforos del cine González, pero ahora imparte justicia detrás del home plate en campeonatos nacionales e internacionales.

Por Eduardo Cruz

¿Qué tienen en común las tardes soleadas en un semáforo de Managua con un estadio de beisbol lleno de jugadores estrellas y repleto de aficionados? La respuesta podría ser Jairo Ramón Mendoza, un árbitro nicaragüense de beisbol, quien de adolescente solía vender en los semáforos del cine González, pero ahora imparte justicia detrás del home plate en campeonatos nacionales e internacionales.

Desde los 8 años de edad Jairo Ramón Mendoza conoció el trabajo. Su padre, Alejandro Salgado, murió cuando él tenía dos meses de edad y su madre, María Esther Mendoza, echaba tortillas que luego él salía a vender en las calles del barrio Los Pescadores, hoy Carlos Reina, para ganar el sustento de la familia.

Aunque le enseñó muchas cosas más, Jairo considera que el amor al trabajo es lo más precioso que conoció de su mamá. “Mi mamá me decía, mirá hijo, si vas a hacer algo hacelo bien, si no, no lo hagás”, recuerda.

A los 11 años comenzó a lavar carros y luego se fue a los semáforos del antiguo cine González para vender chicles, caramelos, cigarros. A su mamá no le gustaba porque tenía miedo de que el muchacho aprendiera el vicio de fumar. Entonces comenzó a vender accesorios para vehículos.

“La vida en los semáforos es dura”, dice Jairo, quien tras 17 años todavía llega a vender a la esquina del González las cosas que están en su época, como elotes, frutas, banderas, lo que sea que esté de moda en el momento. En los semáforos ha visto de todo, robos, pleitos, accidentes, pero hay un hecho que lo impactó más. Una mañana, como a las 6:30, dos niños como de 6 años llegaron al semáforo para estar jugando, cerca de la cuneta y en un momento determinado uno de ellos empujó al otro hacia el lado de la carretera, justo en el momento en que un pesado camión pasaba por el lugar. Solo se escuchó un sonido seco.

El sentimiento de humillación casi siempre está presente en un semáforo, explica Jairo. “Allí a uno le cae lluvia, le cae sol, maltrato de las personas. Es humillante para uno porque generalmente las personas cierran los vidrios de sus vehículos cuando uno llega a ofrecer un producto. Yo les digo a los muchachos (vendedores más jóvenes), no nos sintamos mal cuando alguien suba el vidrio, porque en otros semáforos les roban a la gente, el ladrón no anda un rótulo que dice que es ladrón”, relata.

Aún así, lo más importante para Jairo es que en los semáforos aprendió lo gratificante que es ganarse la vida de manera honrada y también fue una experiencia que lo preparó para adentrarse en otro mundo laboral que se ha convertido en su gran pasión y lo ha llevado a conocer diferentes partes del mundo: el arbitraje de beisbol.

La mamá de Jairo vendía comida en su casa y hasta allí llegaba a comprar su almuerzo el árbitro de beisbol Juan Loáisiga. Este último era vendedor en los semáforos del González y mientras comía le enseñaba normas del beisbol a Jairo, quien embelesado por el arte de arbitrar no le bastaba con las pláticas que a la hora de la comida tenía con Loáisiga, sino que se iba a los semáforos para seguirle haciendo preguntas sobre el considerado “deporte rey de los nicaragüenses”.

Así fue como Jairo primero se hizo vendedor en los semáforos y luego se convirtió en árbitro de beisbol. Loáisiga no solo le enseñaba las reglas del beisbol, sino que después lo llevó a la agrupación de árbitros Rafael Zelaya. Por un mes le pagó el taxi de ida y regreso a Jairo para recibir clases de arbitraje. “Yo he tomado el arbitraje como cuando uno quiere a su esposa”, dice Jairo, quien comparte que esa es la razón por la cual aún sigue vendiendo en los semáforos, porque si estuviera en una empresa con horario de tiempo completo, no tendría oportunidad de ir a arbitrar en días de semana ni los sábados.

Para Jairo, Nicaragua probablemente ha perdido buenos árbitros de beisbol, porque muchos que tienen calidad al final abandonan el oficio, ya que prefieren tener un empleo fijo para sostener a sus familias. Jairo recuerda a un joven de nombre Uriel Ríos, que tenía talento para ser árbitro, pero tuvo que abandonar la idea porque laboraba como supervisor en una zona franca y no tenía tiempo para ejercer el oficio. Y es que con los árbitros existe mucha crueldad, porque cuando cometen errores los descartan, sin importar todo el tiempo que han invertido y el sacrificio que han realizado para forjarse como árbitros, considera Jairo.

La primera vez que arbitró un partido fue en un juego de softball con bola lenta, en un cuadro que está detrás del mercado Israel Lewites. Juan Loáisiga estaba junto a él y le indicaba cómo debía hacer el trabajo y le hacía correcciones cuando se equivocaba. Ese día le pagaron 60 córdobas. Después arbitró en otros cuadros de beisbol como el San Sebastián, el Gadala María, en la Quinta Nina, entre otros. Fue en 1999 que dio el salto a la Primera División. El entonces director de Deportes, Carlos García, trajo a Nicaragua a unos árbitros cubanos, quienes impartieron charlas y se fijaron en Jairo y lo propusieron para que arbitrara un juego de fogueo de la Selección de Nicaragua contra la de Panamá.

Allí estaba Jairo detrás del home plate, arbitrando a jugadores como Ariel “Panal” Delgado, Nemesio Porras, Henry Roa, estrellas del beisbol nicaragüense. Ese día pichó Asdrúdes Flores por Nicaragua, y Róger Deago por Panamá. Deago tiraba fuerte. “Yo estaba asustado”, dice Jairo. Ese juego fue su pase para arbitrar en la Primera División.

Luego Jairo fue invitado a participar en una Copa Parmalat, que también organizó García, con equipos extranjeros como Cuba y Puerto Rico. Y en el año 2009 participó por vez primera en un Campeonato Mundial de Beisbol. Ahora ya no estaba en los semáforos del González, sino que viajó a España y a Italia, para arbitrar en un ¡campeonato mundial!

En este año 2011 tuvo su última experiencia en un torneo internacional, precisamente en otro campeonato mundial realizado en Panamá. Allí arbitró en el primero de los dos juegos entre Holanda y Cuba, en el que los europeos le ganaron 4 a 1 a los antillanos; luego también trabajó en Cuba e Italia, Estados Unidos y China Taiwán y Venezuela contra Australia, y en cada uno de esos juegos estuvo detrás del home plate. Actuó en otros juegos pero estuvo en las bases.

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Jairo indica que el nivel de juego en esos campeonatos mundiales es alto, los jugadores son muy profesionales y respetuosos. No protestan por los fallos arbitrales, a diferencia de Nicaragua, donde los peloteros reclaman a los jueces cualquier decisión que no les guste, sea clara o no. Es por ello que prefiere no llevar a los estadios a su esposa, Mariela de los Ángeles Medina Mendieta, ni a sus tres hijos pequeños: Moisés Abraham, Ezequiel y Emmanuel, para que no escuchen los improperios que cuando toma una decisión le gritan los aficionados.

Hoy en día Jairo tiene una meta: aprender inglés. Estando en Panamá fue invitado a unas clínicas en Estados Unidos, con árbitros que actuaron en la serie mundial de este año. Del país norteamericano regresó este domingo pasado, con la esperanza de poder ser escogido para trabajar en el próximo Clásico Mundial de Beisbol que se realizará en el año 2012. Los norteamericanos le dijeron que tiene posibilidades, pero que primero tiene que demostrar todo lo que sabe actuando en las ligas del país, la de Primera División y la Liga Profesional.

Jairo se ha dado cuenta que el inglés será primordial en su carrera, porque en los eventos internacionales le preguntan al árbitro qué idioma sabe para así ponerlo en juegos donde actúen equipos de su mismo idioma. Pero casi todos los árbitros internacionales que conoció hablan inglés. Los japoneses hablan inglés, los alemanes hablan inglés, los puertorriqueños hablan inglés. Ahora él busca cómo aprender ese idioma.

Jairo todavía vive en el barrio Los Pescadores, en el fondo de una casita, cerca de Enabas central. Ahorita tiene dos meses de no ir a vender a los semáforos, porque el arbitraje no le ha dado tiempo, pero sabe que tiene que buscar los recursos para aprender inglés, a como hizo cuando estaba pequeño para estudiar aunque sea un año en el colegio Loyola. Las palabras de su madre siempre resuenan en su mente: “Mirá hijo, si vas a hacer algo hacelo bien, si no, no lo hagás”.

La Prensa Domingo Beisbol archivo

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