El 27 de junio del 2010 escribí una columna que titulé “La ayuda que ayuda al dictador”. La idea era mostrar cómo el apoyo financiero que recibía el régimen de Daniel Ortega de parte de los organismos financieros internacionales estaba permitiéndole consolidar su dictadura.
¿Cómo hacía eso? Usando el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, los fondos que de ahí vienen, más los préstamos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y del Banco Mundial, para dar estabilidad macroeconómica al país mientras usaba los fondos que venían de Venezuela en parte para enriquecerse y en parte para financiar el populismo que creaba una impresión de “buen gobierno” entre los más pobres.
El gran problema con esto era que mientras eso sucedía el régimen del compañero comandante pueblo capitalista presidente Daniel estaba destruyendo las instituciones democráticas y el estado de Derecho mientras engañaba al pueblo con migajas que nunca le permitirían salir de la pobreza, lo cual calzaba perfecto con sus planes porque el caudillo clásico necesita un pueblo pobre, que no tiene acceso a la educación, para sobrevivir.
Casi un año y medio después el dictador ha completado su esquema. Hoy controla la Corte Suprema, el Consejo Supremo Electoral, la Contraloría General de las República, la Asamblea Nacional con suficientes votos hasta para llamar a una asamblea constituyente y convertir el país en una monarquía y nombrar rey a este dictador.
¿Va a seguir esta ayuda fluyendo ahora que no solo los nicaragüenses sino toda América, a través de la OEA, y toda Europa, a través de la Unión Europea, saben cómo se hacen las elecciones aquí?
Algunos diplomáticos se asombran porque la ciudadanía no reacciona masivamente ante los evidentes abusos de falta de entrega de cédula, ante la clara manipulación de la ley electoral, la parcialización de todo el sistema electoral, el bloqueo a los fiscales de la Alianza PLI y la bravuconería de las turbas organizadas por el orteguismo ante cualquier conato de protesta.
Pero es precisamente esta ayuda de los organismos financieros internacionales —que debería estar diseñada para incentivar a los gobiernos a que fomenten el desarrollo y la libertad en sus países— la que hace que la población viva un espejismo de “estabilidad” mientras se está construyendo una tragedia de grandes proporciones que ese espejismo no le permite ver. O si le permite verlo, al menos no le permite apreciarlo en sus verdaderas dimensiones.
Es por eso que las víctimas de este espejismo no solo son los ciudadanos menos favorecidos que creen que “progreso” y “desarrollo” es recibir de regalo una lámina de zinc, también son víctimas, aunque un poco más cooperativas, personas preparadas, con amplios estudios, que están al frente de grandes empresas y que confunden el espejismo de la “estabilidad” con progreso estable y a largo plazo.
Esos son los que dicen que es necesario que la ayuda que ayuda al dictador siga viniendo para que siga habiendo estabilidad macroeconómica, que el córdoba no se devalúe y que la inflación esté controlada.
Sin embargo, estas personas actúan como si Nicaragua estuviera condenada a vivir eternamente de préstamos blandos, programas con el Fondo y donaciones de los gobiernos caritativos del mundo. Pero al disiparse ese espejismo —que se disipará más temprano que tarde, sobre todo por las crisis económicas en Estados Unidos y Europa—, nos tocará vernos cara a cara con el rostro cadavérico de la dictadura y a su alrededor la pobreza, la suciedad y la ignorancia que siempre estuvo pero que se disimuló con la “cooperación externa”.
Los países gobernadores de esos organismos financieros internacionales —que son los mismos que han visto de primera mano los abusos dictatoriales y los fraudes de este régimen— deben condicionar esa ayuda a que el país regrese al sendero de la democracia, a menos que estén claros de que quieren financiar una dictadura y que crean que el pueblo de Nicaragua no puede ni debe vivir bajo un régimen de libertad y estado de Derecho.
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