Por Amalia del Cid

A Edwin Potosme se le apagó la luz cuando solo tenía 2 años de edad. Le descubrieron el tumor en los ojos por accidente, justo el día que una doctora amiga de la familia llegó a dar el pésame por la muerte de su padre Jacobo Potosme, quien se fue prematuramente de este mundo a causa de un ataque de asma. Lo mujer lo vio y dijo “este niño tiene algo raro”. Pero ya era demasiado tarde.
El cáncer había hecho de las suyas en las retinas de Edwin. Y la madre del pequeño, doña Guadalupe Canda, de golpe se vio hundida hasta el cuello en una realidad dolorosa y sembrada de incertidumbres: estaba pobre, viuda, con cuatro hijos —el menor de ellos ciego— y una bebé en camino.
Allí en San Juan de Oriente, municipio de Masaya, como muchísimos otros artesanos, la familia de Edwin vivía —y vive— del barro, el torno y la paciencia. Guadalupe se dejó entera en el oficio. Y a la larga tuvo buena cosecha, pues a punta de tazones, tinajas y floreros garantizó estudios a cada uno de sus hijos. De ellos, ninguno se rehusó a la escuela. Mucho menos Edwin, que desde niño fue curioso y tenía hambre de conocimientos, según dice.
Hoy tiene 18 años y cursa, con una beca arancelaria, el primer año de la carrera de Derecho en la Universidad Centroamericana (UCA). Le va bien en clase, lo que no es raro, puesto que viene de una familia en la que las buenas calificaciones son una especie de tradición. Será por eso que a él no se le ocurre suponer que el ser aplicado en sus clases lo vuelve especial. A su juicio, solo hace lo que tiene que hacer.
Sus amigos, sin embargo, lo admiran. “Es el más inteligente de todos, sabe expresarse y se respeta a sí mismo”, opina Iván Bustamante, de 19 años, quien estudió con Edwin en los primeros meses de la carrera y con él cultivó una bonita amistad.
En tanto, Karla Flores, también de 19 años, considera que es una hazaña que su amigo presente casi todos sus exámenes de forma oral, una modalidad que es el terror de muchos, si no la mayoría, de estudiantes. Los profesores preguntan, él responde. Y muy poco se equivoca, afirma Karla.
Edwin acostumbra trasnochar para presentar pruebas y trabajos en tiempo y forma. En una grabadora guarda constancia de las materias impartidas por sus profesores y anota las clases con su máquina de Braille en unas hojas gruesas y lisas. Son un montón de puntitos sin ton ni son para el ojo inexperto; pero perfectamente elocuentes para los dedos adiestrados.
El muchacho descubrió que podría aprender a leer y escribir cuando tenía 8 años. Allá en el año 2000, cuando su familia se enteró de la existencia de la escuela especial Melania Morales. En ese colegio, por primera vez, el niño posó sus manitas sobre unas protuberancias diminutas, redondas y apretadas, y se quedó pasmado cuando la maestra le dijo: “Estas son las vocales”.
Después vinieron las comas, los puntos, la letra m con la vocal a, la p con la o, la t con la e, y etcétera, hasta ascender a la formación de palabras. Fueron tres años de idas y venidas entre San Juan de Oriente y Managua. Edwin se levantaba a las 4:00 de la mañana para estar en clases a las 8:00. Su hermano Bayardo, ocho años mayor que él, lo acompañaba.
Al fin dominó el Braille, con ayuda de la profesora Lucila López Pupiro, y se declaró listo para entrar al cuarto grado de primaria de una escuela regular.
TENÍA 11 AÑOS CUMPLIDOS
cuando ingresó a las filas del colegio bautista privado El Alfarero, en San Juan de Oriente. Un centro donde, claro, todos los estudiantes usaban lápiz y cuadernos.
—Solo yo estaba con Braille. Fue un cambio radical (ríe).
—¿Cómo hiciste?
—La profesora me hacía los exámenes orales.
—¿Y en matemáticas?
—Siempre me han gustado. Aprendía el proceso, hacía las operaciones al aire y se las explicaba a la profesora, detallados los pasos. Siempre daba con las respuestas exactas, recuerda, sentado en una banca de la UCA.
Atrás quedó la adolescencia, los días en que fue un torbellino de emociones y muchas veces cayó en las telarañas de la depresión. Lleva 16 años viviendo a oscuras. No hay forma de que extrañe la luz; porque ni siquiera la recuerda. Apenas tiene una idea vaga de la luminosidad; pero no sabe de tonos, ni de imágenes. Si le dicen azul, piensa “color”. Si le mencionan un amanecer, evoca la emoción, el frío y el romance; sin embargo, no puede imaginarse al Sol.
Ha aprendido a convivir con esas carencias, viendo con los ojos de sus dedos, clasificando las voces en armoniosas, cálidas, chillonas, graves, enfermas, sensuales, dulces, desagradables y cuantas otras categorías pueda tener una voz. Así reconoce a las personas. Y también por su trato. Y por el tacto. Si hay confianza, les toca las manos; o incluso el rostro, para grabarse su recuerdo en la memoria de la piel.
A falta de vista ha desarrollado el olfato, un sentido que pone a prueba cuando camina por esas calles de Dios y, sobre todo, del diablo, en la ciudad de Managua. Siempre lo tiene que acompañar alguien. Menos mal que no faltan los amigos voluntarios, porque de otra forma la pasaría muy mal. Nuestra capital no está diseñada ni para los que pueden ver, y es de suponerse que si un no vidente se aventura solo en territorio de nadie, lleva todas las de perder.
Esa es una realidad que Edwin quiere cambiar; por eso estudia Derecho. Se propone ayudar a que se legisle a favor de las personas con discapacidad. Lograr que quiten los caramancheles y carros que obstaculizan las aceras; conseguir que haya rampas en los puentes peatonales y sonidos de alarma en los semáforos. En fin, alcanzar esa igualdad que se refleja en hechos, no en textos. “Es cierto que Nicaragua es un país pobre; pero no nos podemos conformar con que sea siempre así”, señala el muchacho, para quien el único remedio que podría curar los males de nuestro país es la educación.
EL OTRO GRAN DETALLE
es que hay que aprender que las oportunidades no caen del cielo, se tienen que buscar, apunta el joven y asegura que, hasta ahora, la filosofía que lo ha mantenido en pie de lucha es que “siempre hay algún medio que te permite realizar el proyecto que te has propuesto”.
Tal vez por pensar de esa manera fue mejor alumno en primaria y secundaria, por lo que logró entrar a la UCA con un promedio de 93 puntos. Con todo, los estudios no le restan vida social. Va a fiestas en Masaya y visita nuevos lugares, porque le gusta sentir otros aires, escuchar nuevas voces y estrechar otras manos. Manda mensajes de texto a sus amigos y se toma tiempo para explorar su cuenta en el Facebook, con apoyo de un programa que le lee todo lo que aparece en su computadora.
Por lo pronto, asegura, su objetivo más cercano es culminar la carrera. Después quizás estudie Comunicación Social, para poder dar rienda suelta a su pasión por los deportes, ya sea en radio o en prensa escrita.
Su estrategia es el método; su fin, la meta, cualquiera que esta sea. Y hacia allí se dirige, dice, con paso corto, pero seguro; desde el día en que descubrió que unos puntitos en relieve, perforados en un papel, podrían cambiar su mundo.

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