La eterna candidatura e impunidad incalificable de algunos dirigentes “dueños” de partidos políticos, y de algunos funcionarios de los poderes del Estado, me recuerdan la enfermiza ambición de poder del edomita o idumeo judaizado Herodes “el Grande”, que gobernó del 37 a.C. al 4 d.C., a quien Jesús llama “esa zorra” por la habilidad y astucia que manifestaba en sus alianzas, negociaciones y pactos políticos (Lc.13:31,32).
Según relata el historiador judío Flavio Josefo en su libro “Antigüedades de los judíos”, había matado a Alejandro Janeo anteriormente conocido como Jonatán Macabeo o Asmoneo, único varón sobreviviente de la realeza judía que podía reclamarle el trono y que era padre de su esposa Marianne, que le legitimaba su reinado ante los judíos.
Mató también a los hermanos de su esposa: Hircano II y Aristóbulo, a quien nombró Sumo Sacerdote y después lo ahogó en una piscina y ejecutó a su propia esposa Marianne en el 29 a.C. acusándola de querer envenenarlo y tiempo después ordenó que mataran a Alejandra, la madre de su difunta esposa Marianne.
Se le miraba en los pasillos del palacio, llamándola, llorando y ebrio, como si estuviese platicando con ella.
Durante su gobierno, Israel prosperó y hubo pan y circo en jaula de oro (chanchitos, vaquitas, juegos mecánicos) y eso fue bueno para la población, pero también enfrentó el descontento popular, por la falta de moral y escrúpulos de su administración y porque la gente valoraba lo moral, lo espiritual y la libertad.
Años después, ordenó estrangular a tres de sus hijos: Aristóbulo y Alejandro en el año 7 a. C. que había engendrado con Marianne, ambos acusados de pretender matarlo.
Buscando matar a Jesús, ordenó la matanza de todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores (Mt. 2:13-18).
Después mandó a matar cuando estaba agonizando, cinco días antes de morir a su hijo Antipatro en el 4 a. C. que había engendrado con la idumea Doris.
Así actuaba cuando creía que le querían destronar. Lo que me recuerda a Somoza, Sadam Husseim, Pinochet y demás dictadores de turno.
Cuando murió en el 4 d. C. lo enterraron acompañado de un lujosísimo séquito en la Jericó de los ricos, que él construyo y donde tenía uno de sus palacios. Le sucedió su hijo Arquelao (Mt.1:22).
Esta patología herodiana, caracterizada por el miedo a perder el poder, de los caudillos en la cultura política de la historia de Nicaragua, se viene repitiendo cíclicamente. En las elecciones de 1967, Agüero Rocha, candidato del Partido Conservador pidió la observación de la OEA, pero Somoza alegó que no aceptaba la injerencia extranjera, argumento que se vuelve a usar para las elecciones del 2006, lo que no sucede en las elecciones 2011, pues los redujeron a “turistas electorales”.
Herodes juró que los judíos aunque no quisieran, iban a llorar el día de su muerte, así que mandó a encerrar en el estadio a los opositores y ordenó a los soldados que al morir él, prendieran fuego al estadio, pero cuando falleció, su hermana Salomé y su esposo Alexas, ordenar liberar a los prisioneros.
Los Herodes modernos de izquierda y derecha deberían aprender esta lección de la historia y poner su barba en remojo, pues un día los soldados van a desobedecer al Herodes nicaragüense de turno, aunque no haya muerto y van abrir las puertas del estadio para que terminen los fraudes, las anticonstitucionalidades, los pactos, las manipulaciones y violaciones a la ley que se cometen con el fin de perpetuarse en los cargos de gobierno. El autor es historiador eclesial y teólogo.
Los Herodes modernos de izquierda y derecha deberían aprender las lecciones de la historia y poner su barba en remojo, pues un día los soldados van a desobedecer al Herodes nicaragüense de turno.
Ver en la versión impresa las páginas: 12 A