Por Juan Carlos Ampié
Avatar (James Cameron, 2009) impulsó la adopción de proyectores digitales en salas de cine y promovió el 3D como estrategia para revitalizar una taquilla desgastada por la piratería. Tenías que ir al cine para verla en toda su gloria. Ningún cine en Nicaragua contaba con el equipo necesario para proyectar la versión original estereoscópica. Tuvimos que apañarnos con las impresiones en 2 dimensiones, en filme tradicional. En el 2010 los teatros locales dieron el salto tecnológico y a ahora, gracias a su reestreno esta semana, podemos experimentar Avatar a como su creador la concibió.
El marine Jake Sully (Sam Worthington) se enlista en una misión al planeta Pandora. Ahí, una gran empresa explota un exótico mineral. La lealtad de Sully se debate entre el militar jefe de seguridad, el coronel Quaritch (Stephen Lang), y la científica Grace (Sigourney Weaver), quien ilusamente cree que puede salvar el medioambiente de la depredación de sus patrones. En juego se encuentra la sobrevivencia de los nativos Na’vi, una tribu de gatos antropomorfos de color azul, que parecen mezcla de hippies e indígenas del Amazonas, pero con cuerpos de supermodelos.
Mi primera exposición a la película fue poco afortunada. La fantasía ecoguerrerista me pareció simplista y contradictoria. Su mundo reducido a buenos y malos en extremos ridículos. El guión, una lamentable mezcla de monólogos expositivos y líneas banales.
“Aquí está pasando algo biológicamente muy interesante”, dice Sigourney Weaver. No lo creo, Sig. Sully, metido en su avatar Na’vi, es “educado” por los nativos, romancea a una princesa, descubre lo errado de la ambición humana y abraza a su ecoguerrero interno, en un clímax donde los mansos gatos amantes de la naturaleza se vuelven guerreros sedientos de sangre. Las decisiones estéticas, con lunas rosadas y fluorescencia, parecía un flashback a finales de los setentas. Solo faltaba un unicornio.
Igual, decidí darle otro chance. Suficientes críticos alabaron la cualidad inmersiva de la imaginería en 3D como para picar mi curiosidad cinéfila. Y fui castigado por ello. Avatar no mejora con la dimensión extra. Los primeros tres minutos en la selva de Pandora son divertidos, pero la novedad pasa rápido. Aún en su supuesto mejor exponente, el 3D es una atracción de feria, un truco técnico que no compensa las debilidades del guión. A diferencia de acólitos como Michael Bay, Cameron sabe escenificar, filmar y editar secuencias de acción. Siempre son claras. Entretienen en el momento que suceden. Pero el efecto acumulador es soporífero. Mientras Sully doma a su dragón volador, yo chequeaba mi reloj para ver cuánto faltaba. Apenas iba a la mitad del metraje. Recordé, de repente, que en ese mismo momento había hecho exactamente lo mismo la primera vez que vi la película. Hay cosas que nunca cambian.
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