Por Róger Almanza G.
La noche llegó. Era viernes y el calendario apuntaba 14 de octubre. Era el concierto de Ricky Martin y al parecer todo mundo quería estar ahí, incluso yo, aunque me resistía a pagar cien dólares por una entrada.
Ni modo. Ya había comprado mi entrada cuando recibí un correo electrónico de Movistar informándome que mi pase de prensa estaba listo y que podía ir a recogerlo. Lo bueno de este tipo de artistas es que siempre sobra quien te compre un tique a última hora. Lo vendí sin intención de hacer negocio.
Ya me imaginaba sentado, tranquilo bajo el techo de una tarima disfrutando del show de uno de los artistas latinos más sonados en el último año, y no precisamente por su música, sino por la lista de chismes y morbo que surgió a partir de su salida del clóset.
Hablando de eso, no faltaban los chistes de algunos cuando decías que ibas al concierto de Ricky. ¿Será que en serio pensaban que al concierto solo irían gays? Quién sabe, yo prefiero creer que no tenían dinero para comprar su entrada o que sus ideas machistas no les permitían aceptar que se morían de ganas por ir a bailar La bomba o La vida loca . ¡Se pasan! dirían mis compañeritas de trabajo.
Ese viernes ya todo estaba listo, al menos para Ricky. El escenario ya estaba armado. Desde la Carretera a Masaya frente a Galerías Santo Domingo se miraba la estructura montada y cubierta para que la lluvia no arruinara la producción.
Siete de la noche y la fila empezaba a crecer. Sombrillas, capotes, chaquetas y una que otra bota de hule fue la pasarela que lucieron mientras se abrían los portones. Frente a ellos una puerta de metal que ni señas de abrir daba. Adentro un espacio que me recordó a esos potreros de fincas cuando en invierno el lodazal parece tragarte. Pobre del que pase por ahí, pensé, mientras remangaba las patas de mis jeans blancos ¡qué mala elección!
Odio a Ineter, se supone que cuando pronostican que lloverá todo el día, la verdad es que no lloverá. Esta vez la pegaron, pero al parecer esto a nadie le importaba.
Niñas ya empezaban a corear “la vida loca” y varios grupos de chavalos estaban dispersos por la localidad. Ocho de la noche y la gente empezó a desesperarse, quizá fue la lluvia la que los animó a empezar a gritar para que abrieran las puertas. La estrategia resultó, porque las abrieron. Es que con el público no se juega. Recuerdo que para el concierto de Alejandro Sanz, en la misma situación de lluvia, la gente gritaba para que la dejaran entrar y uno que otro grupo hasta amenazaba con botar los portones.
Un pantano de lodo chirre nos recibió a todos. ¡Ay mis pantalones! El molote de gente desesperada por entrar pegó tremendo frenazo cuando vio a lo que se enfrentaba. A la mayoría no le importó, creo que se trata de gente todo terreno y asiste a los conciertos bajo sol, lluvia, lodo o polvazal.
Hasta regresarme a mi casa se me cruzó por la mente, pero las luces del escenario y los bailarines que en ese momento marcaban pasos en la tarima, me detuvieron de no hacerlo.
Poco a poco y con pasos muy lentos y calculados llegué hasta un espacio de tierra seca ahí divisaba las tragedias de los fanáticos de Ricky. Creo que era mala onda reírme pero era inevitable. Los novios cargaban a sus novias a “caballito”, muchos papás cargaban también a sus pequeñas hijas y no faltó aquel que le vale todo y pasó sin ninguna preocupación.
¡Claro! para las mujeres es fácil, me dije cuando un grupo de cinco chavalas que se limpiaban el corrido maquillaje de sus rostros, caminaban sin miedo. Sus tacones duplicaban las pulgadas de lodo que había en el lugar.
La fila que cubría varias cuadras continuaba y estoy seguro que la misma sorpresa se llevarían los que estaban al final cuando les tocara entrar, pero ya a ellos no los logré ver.
No sé en qué momento me descuidé de mi pantalón pero cuando lo volví a ver, tamugas de lodo estaban pegadas. ¡Qué importa! ya estaba ahí y además todos estábamos enlodados.
Fue sorprendente a pesar del costo de las entradas, ver que la fila de gente VIP estaba más llena que los que pagaron preferencial. “Chocho” Ricky jala gente con billete. Quise sacar la cuenta en dólares pero me confundí cuando una de las chavalas “zanconas” se deslizó. Suerte que una cama de lodo amortiguó su caída.
Nueve y media de la noche y el show comenzó. Ricky lo dio todo, el lugar se llenó y, es cierto, hasta las banderas multicolor fueron ondeadas y hombres desesperados le gritaban: “Ricky te amo”.
Al final el lodo y la lluvia dejaron de importar, lo que me hace recordar, créalo o no, que mis jeans aún continúan en detergente.
Ver en la versión impresa las paginas: 10