Por Róger Almanza Gutiérrez
Un reloj colgado en la pared de una casa en el barrio Monseñor Lezcano apuntaba las cinco de la tarde. Faltaba una hora para el toque de queda el jueves 12 de abril de 1979.
En un cuarto dentro de la casa estaban encerrados cinco chavalos, adolescentes todos. Entre ellos Alma Nubia Baltodano, una chavala de 15 años que se había tomado en serio su participación contra la dictadura de Somoza.
Ahí, como en muchas otras casas, preparaban bombas de contacto. No era la primera que hacía Alma Nubia, pero sí sería la última que le tocaría montar.
“Era una actividad común en esa época. Fue una forma en que todos los ciudadanos aportábamos en la lucha contra la dictadura”, comenta hoy Alma Nubia, quien no olvida ese Jueves Santo cuando un chasquido anunció la tragedia.
Sobre una mesa a la par de una cama estaba el grupo armando las bombas de contacto. Alma Nubia terminaba con la suya cuando escuchó ese sonido. Solo le dio tiempo de advertir a sus compañeros que la bomba había sonado.
Lo próximo que recuerda es levantarse de la cama rodeada de una nube de humo.
“Me sentía como en una burbuja. No recuerdo dolor. Solo escuchaba silencio hasta que empecé a ver los rostros horrorizados de mis amigos”, recuerda.
Levantándose de la cama bajó la mirada y sus brazos ya no estaban. La bomba que empezaba a montar había explotado. Una leve fricción dentro del aparato había originado una chispa que provocó la explosión.
Solo pensó en evitar morir desangrada. “Indiqué a mis amigos cómo me tenían que amarrar los brazos para evitar que me desangrara y empecé a darle nombres a quién contactar para que me ayudaran”, recuerda Alma Nubia.
El problema es que los nombres que daba eran los nombres reales y no los seudónimos con que se identificaban en tiempos de la lucha contra la dictadura somocista.
En esa época cuando los jóvenes representaban un peligro para el Gobierno, quienes se organizaban en actividades como armar bombas de contacto, se llamaban por seudónimos para protegerse de algún soplón.
Silvia era el seudónimo que Alma Nubia había elegido y lo mantuvo hasta que logró llegar al hospital en que fue atendida, donde actualmente es el Hospital Bertha Calderón. Aquí la registraron como Silvia.
“Alguien llegó preguntando por mí, con mi nombre y nadie le daba razón… yo escuché y solo grité ¡Estoy viva!”
Dos días estuvo hospitalizada. A su salida tuvo que firmar una hoja de abandono.
“No podía quedarme. Uno de los médicos ya me había advertido que si seguía ahí llegaría la guardia”, recuerda Alma Nubia, quien no olvida el rostro del doctor cuando se le acercó y le dijo: “Sabés que te tenés que ir verdad, que no podés seguir aquí”.
Aún vendada de los brazos y con sus piernas seriamente lesionadas, Alma Nubia con ayuda de un familiar logró salir del hospital e internarse en una clínica privada. El tiempo pasó y las heridas sanaron.
“No tuve tiempo de pensar en cómo me iba ver, el contexto no me lo permitía”, dice Alma Nubia, para quien estar viva ya era más que suerte.
Y es que aún no se terminaba de recuperar cuando su hermana quien la cuidaba fue asesinada en junio durante la masacre de Batahola.
La familia de Alma Nubia logra el apoyo para sacarla a Costa Rica, luego viaja a Panamá para al fin llegar a Cuba donde fue atendida y poder regresar a Nicaragua con un par de prótesis en sus brazos.
Superar las quemaduras en sus piernas y enfrentarse a una mujer en el espejo, sin brazos y con dos artefactos metálicos que a muchos daban miedo y a otros les originaba lástima fue un proceso duro para Alma Nubia, pero le puso fin con su decisión de participar en las brigadas de alfabetización con el reciente gobierno instaurado por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).
“La primera en oponerse fue mi mamá, hasta me pegó para evitar que fuera. También los brigadistas no querían que fuera porque pensaron que sería una carga… y claro, a una chavala sin sus dos brazos cualquiera la ve menos”, cuenta Alma Nubia.
En las montañas de Quilalí, Alma Nubia se hacía llamar Alma Nubia, no necesitaba ponerse seudónimos. Enseñó a leer a decenas de hombres y mujeres. Una profesora sin brazos que solo el tiempo le enseñó que no hay nada imposible.
A sus 25 años, Alma Nubia ya estaba con pareja y se preparaba para ser madre. El terror más que temor por equivocarse la invadía cada día, sobre todo cuando practicaba hacer las pachas o a cambiar pañales. En varias ocasiones resultó quemada y con los alfileres enterrados en las encías, pero también lo aprendió, a como aprendió a escribir nuevamente con lapiceros y a usar el teclado de una computadora.
“Fue hasta que tuve a mis hijos que empecé a renegar por esta situación. Fue la única vez que sentí impotencia por haber perdido mis manos. Luego me di cuenta que todas las madres se sienten igual de impotentes con sus primeros hijos”.
Hoy es madre de tres hijos, uno de 22, le sigue una de 18 y el menor de 15 años y no recuerda un solo momento en que sus hijos la hayan visto diferente a las madres de sus amigos.
Es la presidenta de la Federación de Personas con Discapacidad, trabajo que desarrolla desde hace diez años.
“Si jamás hubiera perdido mis manos no me hubiera dado cuenta de la necesidad que hay en este país para brindar espacios de oportunidad a las personas con discapacidad y continuaría viendo normal que no haya condiciones para que las personas con discapacidad se inserten en la vida social y laboral”, afirma Alma Nubia.
“Las personas tenemos miedo. Eso es normal. Pero las limitaciones están en la mente de cada uno, solo dejan de existir cuando uno quiere que desaparezcan”.
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