Por Juan Carlos Ampié
Ningún género cinematográfico requiere tanta complicidad del espectador como el horror. Seguro, viajar a una galaxia muy lejana donde ningún hombre ha ido jamás es pura fantasía, pero el hecho que el horror necesite un pie en una realidad reconocible hace que sea más vulnerable a la incredulidad. Por eso, es importante reclutar temprano al público. Actividad Paranormal 3 es el último exponente de una larga tradición de activismo cinéfilo y publicidad creativa.
El pionero fue el productor William Castle, activo desde los años 40 hasta 1970. Sus modestos filmes eran creados al margen de los grandes estudios, con pobres valores de producción. Para compensar sus limitaciones, Castle ideaba trucos que despertaban anticipación por la película. Una ambulancia se parqueaba a las afueras del cine, para atender a los que cayeran en shock. Una modelo vestida de enfermera se ubicaba en el vestíbulo en un escritorio, pidiendo la firma de los asistentes en un documento que eximía a los productores de responsabilidad “si el espectador sufría un infarto durante la función”.
El proyecto de la bruja Blair (Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999) surgió concebida como una edición de “filmes encontrados” es un bosque de Maryland, único vestigio de tres estudiantes que habrían desaparecido mientras filmaban un documental sobre una mítica hechicera. Era pura ficción, pero su estilo visual crudo —imágenes grabadas en cámara a mano, siempre desde el punto de vista de uno de los personajes— se apropiaba de la naturaleza del documental. Los materiales promocionales alimentaban la idea de que todo era verdad. Más de un despistado sufrió al máximo la experiencia creyendo que sí, las bruja existía, y esos actores eran unos pobres muchachos que vivían los últimos momentos de su vida. Sus realizadores fueron los pioneros de la promoción en internet, creando un sitio web cargado de fotos, testimonios y reportes periodísticos que alimentaban su mitología.
Los creadores de Actividad Paranormal (Oren Peli, 2007) van al siguiente nivel, involucrando activamente a su audiencia en la distribución comercial. A través de funciones avanzadas en pueblos universitarios de los EE. UU. plantaron la semilla del activismo. Los espectadores eran conminados a recomendar el filme a sus amigos, recoger firmas —o e-mails— para exigir a los cines que la programaran. También filmaron a la gente viendo la película. Usaron sus reacciones de sorpresa, susto y risa nerviosa para anuncios de televisión que tentaban al público joven, a la vez que les permitía guardar el filme para que no menoscabar la experiencia teatral. La tercera entrega de la franquicia no acarrea la sensación de descubrimiento, pero que haya llegado a este punto, es testamento a lo efectivo de sus estrategias de reclutamiento. De vez en cuando, todo el mundo quiere experimentar un buen susto.
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