Leí en una vieja edición del periódico La Jornada, de México, un interesante artículo de Carlos Montemayor que quiero compartir con los lectores de esta columna.
Pero primero permítaseme decir que Carlos Montemayor fue un eminente intelectual miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, fallecido en febrero de 2010 a la edad de 63 años.
En su artículo titulado El anciano en la literatura clásica, Montemayor dice que Ovidio, el clásico poeta latino de la antigüedad “narró la historia de la Sibila de Cumas en sus Metamorfosis”. Como se sabe, las sibilas eran las sacerdotisas que transmitían los oráculos o respuestas de los dioses, particularmente de Apolo. En Grecia la sibila más conocida era la también llamada pitonisa del templo de Apolo en Delfos, en tanto que en el mundo latino la más famosa era la Sibila de Cumas, antigua ciudad que fue construida en el mismo lugar donde los griegos establecieron su primera colonia en Italia.
Por cierto que la Sibila de Cumas fue quien condujo a Eneas en su viaje a las profundidades del Infierno, cuando el príncipe troyano sobreviviente de la guerra y la destrucción de Troya llegó a Italia para establecer los cimientos de la civilización romana.
Antes de ser sacerdotisa, la Sibila de Cumas era una joven hermosísima de la cual se enamoró Apolo. Según cuenta el mexicano Carlos Montemayor en su artículo antes mencionado, “el dios Apolo en vano la requirió de amores hasta que le prometió concederle el deseo que ella pidiera; tendida en la playa, la doncella tomó un puñado de arena y le rogó vivir tantos años cuantos granos de arena le mostraba en la mano. Mil años cupieron en el puño de la virgen de Cumas. Emocionada por la promesa del dios, olvidó, sin embargo, pedirle a Apolo la juventud para los mil años de vida. Setecientos años después Eneas la encontró, según relata Ovidio, y confesó melancólica, dulcemente, que aún le faltaban vivir tres siglos más, que se tornaría cada vez más pequeña, tanto que nadie la reconocería, ni siquiera el dios que llegó a amarla, y que solo por la voz sería escuchada, que la voz le dejarían los hados”.
Concluye el mexicano Carlos Montemayor su versión sobre la leyenda de la Sibila de Cumas, señalando que “el final de su historia la leemos en el Satiricón de Petronio, cuando Trimalción afirma haberla visto ya muy empequeñecida por la vejez; se hallaba dentro de una botellita que colgaba; los niños se acercaban a jugar con ella y le preguntaban “¿Qué quieres?”, y ella respondía: “Quiero morir”.
Es interesante tomar nota de que esta leyenda de la Sibila de Cumas es igual o muy parecida a la del troyano Titono, quien era hermano de Príamo, el rey de Troya cuando la legendaria ciudad helénica del Asia Menor fue invadida y sitiada por los griegos durante 10 años, hasta que finalmente la pudieron tomar, la saquearon y la destruyeron para siempre.
La Aurora, hija de Titán y de Gea (la tierra), se enamoró de Titono y para conquistarlo le ofreció lo que él quisiera. Titono le pidió la inmortalidad y de inmediato Aurora se la concedió. Pero Titono no pidió que su inmortalidad fuera acompañada con la eterna juventud, de manera que al pasar el tiempo fue envejeciendo y consumiéndose hasta que de él solo quedó un silbido.
Y cuenta la leyenda que compadecida la Aurora del infortunio de Titono, lo convirtió en la cigarra o chicharra que silba hasta hoy en los campos para llamar la atención de su enamorada.
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