Ante el inverosímil relato que la Policía Nacional ha presentado a la opinión pública, respecto al asesinato del padre Marlon Pupiro García, son comprensibles las dudas que han surgido entre individuos y grupos que mantienen el reclamo de que este caso no está cerrado y que además demandan que se diga toda la verdad sobre tan atroz asesinato. Precisamente uno de los objetivos que se alcanza al esclarecer un crimen de manera transparente es detener la especulación sobre lo acontecido y por ende devolver la confianza y la seguridad perdida a la comunidad.
La Iglesia católica, a través de la Conferencia Episcopal, ha solicitado que prevalezca la verdad, sea cual sea; dado que desde un inicio, tanto la Policía Nacional como la Fiscalía, han vertido comentarios que presentan al asesinado sacerdote Pupiro García como una persona que acostumbraba a tomar y fumar, e insinúan además, posibles relaciones pasionales obviamente reñidas con su condición de pastor de la Iglesia. Antes de escribir este artículo he conversado con personas de Ticuantepe que conocieron al padre Pupiro García desde niño y además he escuchado y leído lo dicho por la feligresía concheña sobre este religioso, y en ambos casos lo describen como una gran persona y aseguran que no tomaba ni fumaba. De todas maneras, no considero de peso el hecho de que acostumbrara a fumar y tomar, si así fuera el caso, ya que esto no clarifica las incógnitas que la Policía Nacional ha pasado por alto; tampoco se le practicó una autopsia, y en el informe policial hay inconsistencias garrafales que todos conocen y que han sido señaladas repetidamente desde varios sectores. Me parece que si en algo están de acuerdo la Conferencia Episcopal, los católicos y la ciudadanía en general, es en que el reporte de la Policía Nacional no es más que una historieta policial de pésima calidad; absurda e incoherente de principio a fin, y además profundamente ofensiva para la sociedad nicaragüense, puesto que tuvieron la desvergüenza de aparecer en los medios de comunicación exponiendo como cierto un relato que suena absolutamente falaz y ridículo.
Como suele suceder en Nicaragua con los crímenes ejecutados por el poder, la falta de transparencia en esta investigación indica que las intenciones son que el asesinato del padre Pupiro quede en la impunidad.
Coincido con doña Ana María, madre del asesino “confeso”, Yasker Blandón Torres, de que él no dice la verdad, incluso pareciera que solo es el chivo expiatorio, que sabrá Dios que razones tuvo para aceptar tan miserable papel. Al respecto un parroquiano muy perspicaz, me comentó que él sospechaba que quizá el plan no era matar al padre Pupiro, sino “chantajearlo por algún motivo real o inventado”, para obligarlo a cambiar su discurso; como ya ha sucedido con algunos renombrados pastores de la Iglesia católica, y que entonces Pupiro “encontró la muerte al negarse, y al amenazar con denunciarlo”. Yo le respondí que sinceramente sus elucubraciones me parecían más consecuentes con la realidad, que aceptar como argumento que el móvil para asesinar al sacerdote fue el robo de su camioneta
Creo que sería importante y necesario que la Conferencia Episcopal de Nicaragua convoque a una misa campal para exigir ¡Justicia ya! por el asesinato del padre Pupiro. Todo nicaragüense amante de la paz debe de solidarizarse con la Iglesia católica ante este ataque, para demostrarle a los poderosos que aquí ¡no hay miedo! ¡Miedo tienen los cobardes que asesinan inocentes!
La autora es psicóloga
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