
JUEGO LIMPIO
Sí creo en la democracia y considero al voto como el mejor mecanismo que existe hasta ahora para que los ciudadanos escojan a las autoridades, no debería ser un problema mayor que gane zutano o pierda fulano, aun cuando alguno de ellos goce de mis simpatías o merezca mis antipatías. Es como en el deporte. Alguien pierde y alguien gana. De eso se trata. El problema resulta cuando no hay juego limpio, cuando los participantes no compiten con las mismas reglas y cuando el árbitro carga sus decisiones a un solo lado para que, sea como sea, gane uno de los contendores.
MAYORÍA
Digo esto, porque al menos en mi caso no se trata de negar como ilegítima la posibilidad de que el Frente Sandinista vuelva a ganar el poder. Si la mayoría de los nicaragüenses considera que este es el partido que quieren que administre el gobierno, eso lo acepto como parte del rejuego democrático. Nos guste o no el resultado. El reclamo es que a como están las cosas el Frente Sandinista maleó las elecciones al imponer a un candidato que no cumple los requisitos y hoy por hoy no tenemos la posibilidad de saber con certeza si tiene o no la mayoría de las simpatías porque han hecho tantas trampas que, aunque de verdad la tengan, siempre quedará la duda porque el juego no ha sido limpio.
INDEPENDIENTES
Las elecciones deberían ser, a mi criterio, ese espacio donde los ciudadanos evaluamos las diferentes ofertas, estudiamos los antecedentes, y en función de eso escogemos a quien nos gobernará. Qué ha hecho, qué promete y qué puede cumplir. Respeto a aquellos que siguen “a muerte” a un partido, pero respeto mucho más a los llamados “independientes”, que son precisamente aquellos ciudadanos que valoran las ofertas y escogen la que consideran mejor, piensan, y no sienten el compromiso de votar por un partido solo porque siempre han votado así y han establecido lazos de propiedad con él.
CAUDILLOS
Sin embargo, debo reconocer que en nuestra política criolla sucede lo contrario. Se tiene “bien vista” la lealtad a un partido o una ideología y se condena a los que apelan a su discernimiento para escoger cuál es la mejor opción en cada momento. Para mí la lealtad debe ser a los principios, y no a los partidos. Esa lealtad a muerte que se exalta como virtud tiene que ver con nuestra cultura caudillesca, donde la población se divide en bandos, y los bandos tienen líderes vitalicios a los que hay que seguir por tradición, hagan lo que hagan. Se celebra el borreguismo y se condena el pensar.
MANIQUEÍSMO
Yo no acepto esa división donde todos tenemos que ser “izquierda” o “derecha”. Y si no sé es lo uno se tiene que ser lo otro. Es maniqueísmo. Es la pretensión de los caudillos de marcar a los ciudadanos como si de reses se tratara. Saber qué tengo yo y qué tienen los otros. Y ya ni siquiera importan las históricas definiciones de estos conceptos, que muy poco tienen que ver con los grupos que las usan en Nicaragua. Quienes clasifican así a los ciudadanos llegan al ridículo cuando tratan de explicarlas. De tal forma que ser de “izquierda” puede ser explicado, como “los que están conmigo” y ser de derecha “los que están contra mí”. Y viceversa.
TRES CONDICIONES
Para mí unas elecciones justas solo lo serán si se cumplen tres condiciones básicas: uno, que existan diferentes opciones a escoger; dos, que se cumplan por igual con las reglas y leyes que regulan la competencia, y tres, que se cuenten bien los votos. Dicho esto, vale preguntarse, ¿se están cumpliendo las condiciones para unas elecciones justas en Nicaragua? Y si no se están cumpliendo, ¿vale la pena participar? Sí, vale la pena. Dejar de hacerlo es aceptar la muerte del voto como instrumento democrático y aceptar la imposición como la nueva forma de gobierno. Votar, al menos dejará constancia del crimen.
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