Iván de Jesús Pereira

Patria mía

Vámonos Patria a caminar, yo te acompaño.

Yo bajaré los abismos que me digas.

Yo beberé tus cálices amargos.

Yo me quedaré ciego para que tengas ojos.

Yo me quedaré sin voz para que tú cantes.

Yo he de morir para que tú no mueras,

Para que emerja tu rostro flameando al horizonte

de cada flor que nazca de mis huesos.

Otto René Castillo

Con este poema de Otto René Castillo, poeta y mártir guatemalteco, poesía que al decir de Roque Dalton se nutrió del dolor de su pueblo, pero que no perdió jamás la indoblegable esperanza de un porvenir mejor para nuestras patrias (Centroamérica), quería comenzar esta pequeña reflexión sobre este 15 de septiembre, cuando celebramos un aniversario más de nuestra independencia.

Amor de Patria y raza sintió Fray Benito Miguelena, párroco de Sutiaba, un 13 de diciembre de 1811, día de Santa Lucía, al encabezar la manifestación de descontento al dominio español alzando el grito ¡Viva la Independencia!

Amor de Patria y raza, con fuego en sus entrañas, vivió aquel indio puro llamado Tomás Ruiz, cofundador de nuestra universidad, sacerdote y doctor, perteneciente al ala radical y miembro prominente de la conjura del Convento de Belén en Guatemala a finales de 1813. El único que negase desde la cárcel y cargado de grillos, en carta a Fernando VII, la legitimidad del sistema monárquico y propusiese como sustituto el republicano, manteniendo en sus siete años de prisión la llama viva de la independencia.

Amor de Patria y raza fue lo que sostuvo a aquel único nicaragüense, licenciado en Derecho, que se encontraba ese memorable día del 15 de septiembre de 1821 en el Palacio de los Gobernadores y que lo hizo defender la proclamación de la independencia. don Miguel Larreynaga. Su actuación no fue tan radical como la del presbítero y doctor José Matías Delgado; ni como don Pedro Molina y don Francisco Barrundia, pilares del movimiento independentista de España y luego de México, quienes desde sus periódicos El Editor Constitucional o El Genio de la Libertad diseminaron las ideas libertarias; pero el aporte de Larreynaga es innegable.

Y entrada la vida republicana, amor de Patria, raza y sangre, fue lo que poseía aquel mulato de Nandaime, José Dolores Estrada que derrotó al filibustero en San Jacinto, vestido probablemente no con la charreteras que la mano mágica de Edith Grön le impusiese, sino como dice Luis Alberto Cabrales: “Hecho del barro genésico del pueblo, ejemplo de modestia y austeridad rurales, célibe e iletrado, pero hombre de principios republicanos”.

Y en ese caminar acompañando a la Patria, José Madriz, el niño del barrio de Zaragoza de León que vendía flores y que llegó a ser uno de nuestros malogrados presidentes, nos definió a lo que aspiramos en nuestra Patria: “Aspiramos a establecer en Nicaragua —en cuanto sea compatible con nuestro presente estado social— un Gobierno de leyes, de orden y de justa reparación de las ofensas que han ingerido al Derecho los que hoy lo ultrajan y escarnecen. Aspiramos a elevar la dignidad de esa humilde rama de nuestra raza, para ver si es posible, como lo creemos, fundar con ella una democracia digna de ese nombre. Sin rechazar las corrientes de progreso que vienen del mundo civilizado, queremos autonomía, vida propia, cultura nacional, no conquista ni absorción, sinónimas de esclavitud. En fin, queremos legar a la posteridad convertidos en hechos a costa de los trabajos de esta generación bastante desgraciada, lo que han sido siempre ideales de nuestra vida política: la Patria, la República, la Libertad”.

Amor de Patria, raza, sangre y fuego, fue lo que mantuvo a aquel hijo de La Concordia, doctor y general Benjamín Zeledón, que hizo escribir: “Sin Libertad no hay vida; sin igualdad no hay luz; sin autonomía nacional impera el caos… Peleamos porque la libertad nos dé vida, la igualdad nos dé luz y porque la autonomía nacional efectiva, reconquistada, haga desaparecer el caos en que navegamos”.

Y bebiendo sus cálices amargos como nos diría Otto René Castillo, Zeledón le escribe a su esposa su último adiós en una carta que todo buen nicaragüense debe de leer como si se tratase de un catecismo: “Yo, y los patriotas que me siguen no entendemos de pacto ni de rendiciones, puesto que defendemos la dignidad y la soberanía de Nicaragua: Somos la República y su libertad que hasta el último momento de nuestras vidas mantendremos… Para ti y mis angelitos todo el amor de que es capaz quien por amor a la Patria está dispuesto a sacrificarse y a sacrificarte a ti y a nuestros hijos”.

Amor de Patria con hambre de espacio y sed de cielo, fue lo que siempre sostuvo a ese nicaragüense universal, don Rubén Darío, nuestro máximo héroe, el que pintó en la “Marcha Triunfal”, las glorias de San Jacinto, y de todas nuestras batallas. El que “coronado áureo yelmo de ilusión/ con la adarga al brazo, toda fantasía/ y la lanza en ristre, toda corazón”, nos dice al referirse a la Patria: “Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña/ Mis ilusiones, y mis deseos, y mis/ esperanzas, me dicen que no hay Patria pequeña”.

Dos han sido los cálices que le ha tocado a la Patria beber. Las intervenciones y las dictaduras. Las intervenciones que hirieron hasta los tuétanos nuestra conciencia nacional y que hicieron que nuestros mejores literatos como Santiago Argüello escribiese: “Yo había visto las alpargatas invasoras pasear su ultraje por la oquedad medrosa de mis calles desiertas. Yo había oído las descargas de los rifles extraños acribillando pechos nativos humildes que no tenían más delito que el defender la integridad de su suelo y la violada dignidad de su Patria”.

Como consecuencia directa de ese intervencionismo, se alzó el Chipote, y el chavalo de Niquinohomo, Augusto C. Sandino ante la maniobra entreguista y traidora de algunos malos nicaragüenses dijo: “Yo no estoy dispuesto a entregar mis armas en caso de que todos lo hagan. Yo me haré morir con los pocos que me acompañan porque es preferible hacernos morir como rebeldes y no vivir como esclavos”.

Dictaduras ha sido el otro cáliz amargo, Zelaya, Chamorro, Somoza, y hoy, Daniel Ortega; como si la sangre derramada, en los miles de lugares que la juventud de la década de los ochenta ofreció no fuese suficiente. Democracia, paz, vida republicana, libertad y trabajo, son cosas a la que aspira nuestro pueblo. No más candidaturas que ultrajen la Constitución, ese deber de ser nuestra aspiración ciudadana en este día de la Patria. El autor es abogado

Columna del día Opinión
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