Parece que para estas elecciones muchos van a tomar la actitud de no pronunciarse a favor de ninguna candidatura. Desde hace meses lo han dicho organizaciones empresariales y esta semana lo dijeron los colegas de El Nuevo Diario. El pronunciamiento del medio es curioso porque en Nicaragua no existe tradición, como en otros países, de endosar candidaturas —han habido excepciones— aunque entiendo que el anuncio se dio en el marco de una actividad sobre el análisis de la cobertura política de los medios de comunicación.
Pero sumado a que no existe esa costumbre, las decepciones que nos ha dado la clase política hacen que cualquiera sea cauteloso en cuanto a meter las manos al fuego por algún candidato.
Sin embargo, hay que tener cuidado con el mensaje cuando se dice que no se va a endosar a ningún candidato. Digo que hay que tener cuidado porque eso se puede interpretar como que da lo mismo quién gane porque, como sucede en países donde la democracia ha madurado, que gane uno u otro candidato no significa un cambio dramático en el rumbo del país.
Tomemos Chile como ejemplo. Desde la década de los 90 gobernó la Concertación, una alianza izquierdista, pero ahora gobierna Sebastián Piñera de Renovación Nacional, partido de centro derecha. La Concertación gobernó por 20 años, luego vino Piñera en 2010, tomó posesión y el país ha continuado su curso. Claro que hay matices, pero en los temas fundamentales tanto una fuerza como la otra sabe cuál es el camino que quiere la nación.
Esa no es la situación aquí. Si bien en Nicaragua muchos no nos sentiríamos cómodos con comprometer a una institución o a una organización dándole el apoyo público a un político que no se sabe con qué trastada va a salir, tampoco podemos tomar la actitud de que nos da igual quién gane. No podemos decir que da lo mismo chana que Juana. Aquí no da igual quién gane.
Independientemente de la tendencia electoral y de lo que pase en noviembre, la realidad es que una victoria del compañero comandante pueblo capitalista presidente Daniel va a significar un mayor retroceso en nuestra evolución como república. Y eso, en el mediano y largo plazo significa que el desarrollo social va a tardar más en llegar.
Una victoria de Ortega, en el mejor de los casos, va a ser más de lo mismo: vivir en la ilegalidad —porque aquí es política de Estado el irrespeto total a las leyes—, una corrupción galopante, un poder judicial tan parcializado que los bufetes de abogados les dicen a los inversionistas extranjeros que hagan lo posible por no caer en manos de los jueces, una educación cada vez más partidarizada, un ambiente en el que no se puede ejercer el simple derecho a disentir, un Estado en el que si no se hace lo que dice el partido uno pierde el trabajo y las prestaciones.
Todo eso ha significado el orteguismo en los últimos cinco años y si no lo hemos visto con toda claridad es por el barniz de la estabilidad económica que ha sido una combinación de los excelentes precios internacionales de nuestros productos de exportación y porque nos hemos convertido en una colonia de Venezuela.
Comprendo que podamos tener recelo de apoyar a un candidato, pero no podemos tener temor de decir quién no debe ganar las próximas elecciones. Aunque gane, porque esa victoria sería ilegítima e ilegal. Si gana Ortega va a consolidar su dictadura, y andar con la banderita de que no importa quién gane, con la esperanza de que esa actitud no despierte la ira del orteguismo, para mí es cobardía y estupidez. Es como andar con un paraguas en medio de un huracán.
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