Por Emilo González Oporta
He preguntado a muchas personas sobre cuándo iniciaron su vida consciente y la inmensa mayoría responde que a los seis años o más.
Yo no creo que sea un caso especial pero yo tengo recuerdos con absoluta claridad desde que tuve dos años.
Durante el mes de julio de mil novecientos cincuenta y cuatro, aconteció un evento trascendental en mi familia cuya cabeza eran mis abuelos don Tomás González Mendoza y doña Eusebia Plata Cerda.
Su hijo primogénito Julio González Plata murió en circunstancias violentas, producto de ahogamiento por sumersión en el río de la comarca de Báguas, en el tramo que entrecruza con la carretera, justamente frente a la casa-cantina de la Bertilda Ramos, a una media legua hacia el suroeste de la hacienda Santa Rita, propiedad de mis ya mencionados abuelos paternos. En esa hacienda también vivían mis padres Tomás, doña Herminia esposa de él y madre mía; mi hermano Jaime, numerosos familiares, obreros y peones de los trabajos agrícolas y de la producción ganadera.
Por aquellos días las figuras modelo extraídas del mundo del cine blanco y negro y la música eran ni más ni menos que Jorge Negrete y Pedro Infante, que la juventud de las áreas urbanas y rurales idolatraban e imitaban. Ese modelo arrastró a mi padre y al tío Julio, su hermano. Y eran copia fiel de tales personajes ya que imitaban su vestimenta, el sombrero, la pistola al cinto, las botas y las espuelas y el complemento imprescindible: el caballo aperado desde la cruz hasta el rabo. Y además: la guitarra, las canciones y el alcohol en cantidades navegables y en agregado las actitudes prepotentes del macho bravío.
Esto último llevó a la muerte a Julio González Plata, apostando su vida para demostrar su coraje, su destreza de jinete y el peso de sus huevos.
Había llovido todo el santo día, y Julio había bebido todo el santo día en la cantina de la Bertilda Ramos, al otro lado del río de Baguas. Cuando anochece, Julio quiere volver, mas el río había rebasado sus límites habituales. Montó su caballo le hundió las espuelas y corrió hasta enfrentar el borde de la embravecida corriente. Mas, el caballo alertado por su instinto natural, se resiste. Se acerca la gente, unos intentan persuadirlo y otros cuestionan su valor. El guaro ingerido y el machismo sin fronteras le hace proponer una apuesta en dinero efectivo para arriesgar su vida o lograr la proeza.
Dicen que la Bertilda “casó” la apuesta y sin que le importara la cuantía, picó su caballo a galope tendido, penetró en la turbulencia hasta perderse entre los borbollones de agua y lo espeso de la noche. Paz a sus restos.
Al día siguiente, muy río abajo fue Julio encontrado. El animal, me refiero al caballo, en el potrero cercano luciendo su lujosa montura, miraba a la gente como reclamando algún premio por la proeza superada.
Este relato no es más que un reportaje periodístico, logrado a través de mi madre, los familiares, los pobladores y los cronistas de boca en boca que, cincuenta años después en que yo volví a ese lugar, relataban el hecho como si fuera ayer.
Antes de este triste suceso, yo recuerdo como si fuera hoy como este tío Julio, tras sus constantes borracheras llegaba a la casa-hacienda Santa Rita y con lujo de prepotencia, penetraba con el dicho caballo héroe, hasta el centro de la estancia conocida como “casa de alto” para luego obligarlo a subir por los escalones hasta el segundo piso de tambo. Y no satisfecho, lo hacía penetrar a su cuarto donde él se dejaba caer a su cama para dormir la mona, para sudar la goma y recuperar las fuerzas para enfrentar su siguiente capítulo alcohólico.
Y para mi ingenua memoria de cipote celeque, aquello era un espectáculo de circo, ¡único en su género!
Cuando Julio Negrete-Infante murió —tengo en mi memoria— lo llevaron a esa cama de madera forrada de cuero crudo, en el que el valiente caballo lo depositaba bien ebrio. Ese día, todos —menos yo— lloraban a moco tendido y mientras se agenciaban una caja, lo tendieron allí, a todo lo largo y ancho de aquella área de reposo. Casi simultáneamente las mujeres se soltaron a rezar por el alma del difunto invocando a todos los santos de la lista del Almanaque Bristol, a María Santísima y al mero Patrón de todos los cielos. En medio del llanto clamaban, se arrodillaban y se golpeaban el pecho.
Entonces, aquel acto de fe en que la gente se arrodillaba, golpeándose frenéticamente el esternón, se me hacía de lo más divertido y empecé a imitar —y a reír con carcajada de niño— motivando a los adultos a demandar el orden, delegando el papel de policía controlador a mi hermano Jaime, quien quiso sujetarme, pero yo corría alrededor de la cama del muerto para evitar la captura. Cuando estaba alejado de Jaime, yo imitaba las rezadoras arrodillándome burlescamente, golpeándome el pecho, riendo y diciendo: “Yo le hago pipoc”.
Esta imagen, grabada como si fuera ayer, es el segundo acto consiente más lejos en mi existencia.
El primero fue el del valeroso caballo que subía escaleras para depositar borracho a Julio Infante-Negrete. ..
¡Qué clase de espectáculo!
Epílogo
A mi tío Julio y a mi padre Tomás, que murió después —ambos seguidores de modelos importados de aquella época— les dedico esta pequeña investigación biográfica sustraída de Wikipedia, la Enciclopédia libre; hoy día siete de marzo del dos mil once.
Pedro Infante murió el 15 de abril de 1957 en Mérida, Yucatán, en un accidente del avión en el cual iba de copiloto rumbo a la Ciudad de México. Como toda figura notable, Pedro Infante es controvertido. Para algunos, representa un estereotipo del mexicano machista, bravo, borracho, enamorado y mujeriego; aunque Pedro era en realidad deportista y no consumía alcohol.
Jorge Negrete falleció el 5 de diciembre de 1953 en la ciudad de Los Ángeles, California, a causa de una enfermedad crónica originada por una hepatitis “C” contraída en su juventud. Nunca bebió alcohol y en cambio fumó toda su vida, sin que esto afectase a su voz, se decía que murió justo antes del inicio de la decadencia del cine mexicano.
Padre, tío ¡Pendejos! Su sobrino e hijo, respectivamente.
* Pintor nicaragüense
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