Un joven lector de esta columna me abordó en un centro comercial para decirme que su esposa se llama Ifigenia, y quería comprobar si ese nombre pertenece a alguna figura de la mitología griega. Le aseguré que sí y le prometí que escribiría sobre ese personaje.
Ifigenia (que significa mujer de raza fuerte) era hija de Agamenón, rey de Argos y Micenas, y de Clitemnestra. O sea que Ifigenia era hermana de Electra y Orestes.
Agamenón encabezó a los griegos que hicieron la guerra de Troya para rescatar a Helena (esposa de Menelao, el hermano de Agamenón que era rey de Esparta), quien por designio de Afrodita, la diosa del amor, se enamoró del príncipe troyano Paris y se fugó con él.
Es que todos los príncipes de Grecia que habían pretendido la mano de Helena cuando estaba soltera, se comprometieron a acudir en ayuda del afortunado que aquella mujer que era la más bella de todas las mortales, escogiera como esposo, en caso de que alguien se la quisiera quitar. De manera que habiendo Helena escogido a Menelao como esposo, cuando ella lo abandonó para irse con Paris todos los griegos estaban obligados a rescatarla, por las buenas o por las malas.
Los barcos griegos se juntaron en el puerto de Áulide, para de allí partir en flota de guerra hacia el Asia Menor, que ahora es Turquía, donde estaba la ciudad de Troya. Pero durante mucho tiempo las naves no podían salir de Áulide, porque los vientos no soplaban. Preguntó Agamenón al adivino Calcantes cuál era la razón para que no hubiera vientos, y la respuesta del vidente fue que Artemisa, la diosa virgen, estaba enojada con Agamenón porque había matado a una sierva que era su favorita (de Artemisa). Y agregó Calcantes que la diosa solo permitiría que los vientos soplaran para que las velas de los barcos griegos se pudieran desplegar, si Agamenón sacrificaba en su honor a su hija Ifigenia.
Le costó mucho a Agamenón aceptar la cruel condición de Artemisa, pero ante la presión de los líderes griegos que estaban desesperados después de permanecer por mucho tiempo ociosos en Áulide, finalmente tuvo que mandar por Ifigenia con el engaño de que la había prometido en matrimonio a Aquiles, el príncipe de los Mirmidones que era el más aguerrido de todos los griegos.
Artemisa fue colocada sobre el altar del sacrificio y en el momento en que iba a ser degollada, estalló un rayo y una extraña nube oscureció el lugar. Cuando la nube se disipó Ifigenia había desaparecido y en su lugar se encontraba el cadáver de una cervatilla.
Lo que sucedió fue Artemisa se arrepentió a último momento, de haber pedido la muerte de aquella preciosa e inocente criatura que era Ifigenia. De manera que en el preciso instante que el cuchillo del verdugo iba a cortar el cuello de la doncella, Artemisa la sustituyó con la cervatilla.
Artemisa se llevó a Ifigenia hacia Táuride (o Tauriko, como se llamaba entonces), que era lo que hoy se conoce como península de Crimea y donde la consagró como su sacerdotisa principal en el templo que había allí para su culto.
Ifigenia es mencionada por Homero en La Ilíada con el nombre de Ifianasa (reina poderosa), contando que Agamenón la ofreció a Aquiles como esposa. Pero el gran trágico griego Eurípides la llama Ifigenia en dos de sus principales tragedias: Ifigenia en Áulide e Ifigenia en Táuride .
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