Fotos de La Prensa/ Guillermo Flores/ Cortesía

Donde las calles no tienen nombre

Del Arbolito dos cuadras al lago, 30 varas arriba, la casa rosada con verjas blancas. Fácil. Como que dos más dos son cuatro. ¡Si, cómo no! ¿Qué tal si alguien no sabe (y muchos no lo saben) dónde está plantado ese “arbolito”? Hay montones de pequeños árboles bordeando las calles de la capital; ¿cómo adivinar cuál de ellos tiene el título de “el Arbolito”? Preguntando.

 

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Por Amalia del Cid.- Del Arbolito dos cuadras al lago, 30 varas arriba, la casa rosada con verjas blancas. Fácil. Como que dos más dos son cuatro. ¡Si, cómo no! ¿Qué tal si alguien no sabe (y muchos no lo saben) dónde está plantado ese “arbolito”? Hay montones de pequeños árboles bordeando las calles de la capital; ¿cómo adivinar cuál de ellos tiene el título de “el Arbolito”? Preguntando.

Ni modo. Arriba, abajo, al lago, al sur y los puntos de referencia famosos (y otros no tan famosos) son los códigos de ubicación que usan los managuas. Y los comprenden con pasmosa facilidad. No así los extranjeros y los pueblerinos, que casi se vuelven locos cuando tratan de descifrar una dirección en la que muchos llaman la ciudad “donde las calles no tienen nombre”, como la canción del grupo irlandés U2, que se cree fue escrita en honor a Managua después de que Bono, el vocalista de la banda, visitara nuestra capital, en 1986. Where the streets have no name … la verdad es que algunas sí los tienen, pero nadie los conoce.

Por lo tanto, preguntar es la clave. O pagar una carrera en taxi. Nadie se desplaza mejor que los taxistas por la enmarañada madeja de calles, callejones y rotondas de la capital.

Ese perfecto desorden es hijo del caos sembrado por el terremoto de 1972. La debilidad por las direcciones complicadas y originales es, en cambio, bastante añeja. Antes de que la capital se cayera, tenía un centro y una nomenclatura. Las avenidas y los edificios estaban numerados; sin embargo, los managuas se resistían a usar esos códigos, según cuenta el historiador Bayardo Cuadra. “Es que los números son demasiado áridos y a la gente no le gusta aprendérselos”, dice.

A esa firme posición antimatemática se suma el ingenio güegüense de los nicas, que siempre, sin distingo de época y contexto político social, ha hecho de las suyas. Por ejemplo —señala el periodista e historiador Roberto Sánchez— a la estatua del caballo de Anastasio Somoza García, la llamaban “el caballo huevón”. Y el monumento en que Luis Somoza Debayle aparecía sosteniendo un documento enrollado (se encontraba donde hoy está el busto de Benito Juárez, frente al edificio del Consejo Supremo Electoral) fue bautizado como “el hombre del taco”. Así, sin ceremonias. “Del hombre del taco, tres cuadras abajo”.

También antes del terremoto, El Lago de los Cisnes se convirtió en El Charco de los Patos, la estatua de San Ignacio de Loyola de la Universidad Centroamericana era (y todavía es) “El Batman” y una cantina de la que nadie conocía el nombre comenzó a llamarse, por supuesto, “La Sin Nombre”. Las cantinas siempre han sido puntos de referencia.

Pero también las iglesias, como la del Calvario, señala Cuadra, y los cines, como el Cabrera, el González y el Margot; igual los prostíbulos, las pensiones, los billares, los árboles y hasta los tanques, como los de la colonia Catorce de Septiembre y el Reparto Schick.

Si el punto de referencia deja de existir, el inconveniente se soluciona con un “de donde fue” (de donde fue el Cine Salinas, de donde fue La Vicky, de donde fue el restaurante Aragón). Lo que pone a prueba la memoria de los capitalinos y aumenta el quebradero de cabeza de los extranjeros.

Eso le pasó a Stef Biemans, el holandés que produjo y presentó los programas de televisión Metrópolis y Ajá. Cuando empezó a conducir su carro por las calles de Managua, hace ocho años, comprendió que se encontraba en una ciudad especial y que tendría que activar sus cinco sentidos (y de ser posible también el sexto) para sobrevivir.

—¿Te perdías?

—No entendía que el norte es para el lago —recuerda Biemans—. El oeste abajo y el este arriba. Yo decía: ¡pero si esa calle no va de subida! ¿Habrá algunas gradas?

—¿No te ayudaban las direcciones?

—Me decían de donde fue el Cine Cabrera… yo nunca fui. ¿Cómo iba a saber dónde estaba? (ríe)

—¿Ahora ya sabés?

—Creo que cerca del único edificio grande que quedó después del terremoto…

El holandés estaba acostumbrado a usar libro de mapas y localizador digital para dar con el sitio buscado. Si deseaba encontrar una calle ubicaba el nombre en un índice, se iba a la página correspondiente y ahí estaba el código geográfico. Pan comido. Por eso le resultó tan difícil comprender la incompresible anarquía de la capital nicaragüense, sobre todo cuando en el camino le salían los “donde fue”.

Como él, muchos, muchísimos otros “cheles” que visitan Managua tienen la sensación de estar dentro de un inmenso juego donde en cada nivel la meta es descifrar códigos para entender direcciones. Algunos se impresionan tanto que al partir escriben crónicas de lo que vivieron y las titulan, claro, Where the streets have no name. Varias pueden localizarse en internet.

Pero no solo los extranjeros pasan por eso. También los nicaragüenses que han estado toda su vida en los departamentos y que por alguna razón deben migrar hacia la capital.

La primera vez que Francis González, joven diriambina, viajó a Managua con su abuelito le informó que se bajarían en la parada de El Chilamate. El anciano hizo alrededor de cinco intentos de desabordar el microbús. Hasta que, cansado de tanto desengaño, le reclamó a su nieta: ¡Y no dijiste que nos bajábamos en el chilamate!

No es que solo en Managua se produzca el fenómeno de los puntos de referencia. En las otras ciudades y pueblos de Nicaragua también hay direcciones originales, por ejemplo: las Siete Esquinas, el Parque de los Monos, donde el Chino, donde las tajaderas o de la iglesia, una cuadra arriba. Lo que sucede es que en la capital la desorientación es más evidente, “por ser una ciudad mal diseñada y anárquica”, señala Bayardo Cuadra.

Y sigue creciendo desordenadamente. “La gente hace calles y la Alcaldía solo llega y las mejora”, apunta Edmundo Zúniga, ingeniero civil y actual presidente de la Asociación Nicaragüense de Ingenieros y Arquitectos (ANIA).

A su juicio, para volver a organizar Managua se requiere de un intenso estudio técnico que camine sin depender de quienes estén en el Gobierno central y la Alcaldía.

Habría que crear una zona de comercio y una industrial. Y también un centro cívico. Es decir, la Corte Suprema de Justicia, el Consejo Supremo Electoral y la Asamblea Nacional tendrían que acercarse, porque actualmente se ubican en extremos opuestos de la ciudad.

Pero incluso si tal proeza no pudiera realizarse, es posible dar nomenclatura a las calles. Sin embargo —prosigue el ingeniero— tendrían que involucrarse diversas instituciones y empresas (como la Dirección general de Cedulación, el correo y las distribuidoras de servicios) para cumplir con el plan.

“El proceso tomaría de cinco a diez años, porque habría que ir de casa en casa, diciendo señor, señora, esta es su dirección actual”, estima Zúniga.

Sin duda eso daría una mejor cara a la capital, pero no garantizaría que se dejen de usar los puntos de referencia. Esa es una costumbre que forma parte de la naturaleza del nica. Con el tiempo, algunas referencias dejan de existir, otras nacen y en ciertos casos aparecen nuevos “donde fue”. Hay hasta cuatro direcciones para llegar a un mismo punto, en un sistema no planificado, no escrito, ni acordado.

“Nunca entendí por qué Managua es así. La solución (para orientarse) es tan fácil como pegarle un rótulo a una calle y darle un nombre”, reflexiona Stef Biemans.

En Europa —analiza— el carro te va diciendo dé vuelta, siga recto y perdés la percepción geográfica. Aquí (en Nicaragua) necesitás todos tus sentidos para cuidar que no se te cruce un perro, que nadie te golpee… Te hace sentir vivo.

Y eso es bueno, después de todo —dice Biemans—. Y es pintoresco, porque da una buena razón para hacer plática con un perfecto desconocido: “Hey, amigo, ando buscando el Arbolito, ¿usted sabe dónde queda?”

El famoso Arbolito del barrio Santa Ana fue plantado a mediados de los  años 40. Cada cierto tiempo se cae o lo botan y es remplazado por otro arbolito.
En enero de 1958 se colocó este monumento dedicado a Monseñor José Antonio Lezcano y Ortega, en el barrio que lleva su nombre.

El cine León sucumbió con el terremoto de 1972, un año después resurgió. Dejó de funcionar  en 1986.
La vieja estatua de Montoya, en honor a Ramón Montoya, caído en la guerra  de Nicaragua contra Honduras y El Salvador.

La Prensa Domingo

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