Nosotros los nicaragüenses, al menos los que no simpatizamos con la forma en que el compañero comandante pueblo presidente capitalista Daniel gobierna , siempre nos hemos preguntado por qué ese desprecio tan descarado a la ley.
Desde que regresó al poder gracias a que con su 38 por ciento le sacó casi 10 puntos porcentuales de ventaja a su más cercano competidor, Ortega ha gobernado según su capricho y no según las leyes.
Desde el primer día, el 10 de enero del 2007, cuando se negó a nombrar un ministro de Defensa hasta el día de hoy, cuando le faltan cinco meses para concluir este mandato, creo que no ha habido un solo instante en que el mandatario haya respetado una ley.
¿Por qué? Entiendo (no justifico, que quede claro) pero entiendo que haya tenido que hacer añicos la Constitución para poder satisfacer su capricho de optar a la reelección ya que no pudo llegar a los 56 votos requeridos para reformarla. Pero hay otros casos en los que la violación a la ley y a la Constitución no se justifica.
Para poner uno de los ejemplos más sencillos, ¿por qué no envía para ratificación el nombramiento de embajadores a la Asamblea Nacional? Ahí tiene control ya, pero aún así no lo hace.
Es más, el compañero comandante pueblo presidente capitalista Daniel no solo viola leyes sino costumbres, por ejemplo, se niega a ir a presentar el informe anual a la nación ante el parlamento.
La explicación se me vino como el aguacero del viernes, cuando escuché su disparatado discurso del 19 de julio pasado.
Ortega, explicando por qué violaba otra ley, dijo que la bandera rojinegra de su partido “tenía el derecho de estar al lado de la azul y blanco porque Sandino (y ellos después, está implícito) había tomado esa bandera para rescatar a la azul y blanco que había sido secuestrada”. Secuestrada por la invasión norteamericana en los años veinte del siglo pasado y por la familia Somoza después.
“Eso es lo que algunos no entienden”, le dijo a la multitud que se reunió en la plaza.
Ah, dije yo, ahora entiendo. Él se considera un conquistador. Claro, todo el palabrerío dice lo contrario, pero sus actos confirman esa actitud. En palabras llanas, él, que se considera la personificación de la bandera rojinegra, tiene el derecho a hacer lo que le da la gana porque —según esta explicación— fue él quien liberó al país del somocismo y ahora lo está conduciendo bajo “la luz de un nuevo sol”. La campaña que maneja su esposa pretende hacernos creer que ese “sol” es nada más y nada menos que el mismísimo compañero comandante pueblo presidente capitalista Daniel.
O sea, si en la campaña anterior él y el pueblo eran lo mismo, en esta él y el sol son lo mismo y “lo que no entendemos algunos” es que él tiene derecho para hacer lo que le venga en gana. Ante él no hay ley que valga.
Estamos claros, me dije, este señor se considera un conquistador. Conquistó Nicaragua y ahora es su finca.
Bueno, la verdad es que si fuéramos ciudadanos responsables el señor no tendría la mínima oportunidad de hacer realidad sus fantasías, pero el hecho de que esté a punto de lograrlas, demoliendo el orden jurídico del país, dice mucho de nosotros como pueblo, ¿no creen?
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