Fotos de LA PRENSA/ Carlos Malespín
El 5 de junio hubiera sido un día tranquilo para los paramédicos de la Dirección General de Bomberos de León. Sin embargo, una llamada a las 11:20 de la noche de ese domingo lluvioso acabó con el sosiego. Era una voz femenina que daba aviso que en una calle pedregosa del barrio Emir Cabezas, exactamente del CDI de Guadalupe, tres cuadras abajo, una al norte, estaba una mujer caída, en estado de ebriedad.
Dos bomberos de turno abordaron la ambulancia L-19 y se dirigieron al lugar casi de mala gana, porque no acostumbran a levantar a personas ebrias. Momentos antes había caído una fuerte lluvia y las calles leonesas todavía mostraban lagunas formadas por el agua que había caído. Esa noche hasta se fue la luz eléctrica.
Cuando llegaron al lugar encontraron a la mujer semidesnuda, sobre una corriente de agua, a un lado de la calle, en medio de dos árboles pequeños, frente a una pared que tiene un rótulo de la Coca Cola. Estaba boca abajo, con los pantalones bajos hasta los tobillos y el calzón también bajo, casi hasta las rodillas.
Tuvieron temor de tocar a la mujer, porque la forma en que la encontraron era sospechosa de una violación u otro acto criminal porque del rostro le emanaba sangre. La mujer que los llamó les relató que ella había intentado en varias ocasiones comunicarse con la Policía de León, pero había sido imposible.
Los bomberos llamaron a la Policía leonesa y confirmaron que la línea estaba averiada, por lo que de inmediato se comunicaron con el 118 de la Policía de Managua. Como a los 12 minutos llegaron dos agentes en una motocicleta, uno de ellos era el suboficial Pablo Reyes.

Los bomberos pellizcaban y le jalaban el cabello a la mujer. Estaba viva pero no reaccionaba a los estímulos dolorosos. Los policías la revisaron, pero no le encontraron ninguna identificación.
Los agentes del orden vieron el caso como normal, como un caso más de una persona ebria que cayó al suelo y probablemente se lastimó al impactar el rostro en una piedra o algo de concreto, por lo que ordenaron a los bomberos trasladar a la mujer al Hospital Óscar Danilo Rosales, donde a las 12:30 de la madrugada del lunes 6 de junio fue reportada como una persona ebria que se lesionó la cabeza por accidente.
En el hospital de León la mujer estuvo hasta el martes 7 de junio por la noche, cuando entró en estado de shock y tuvieron que trasladarla a Managua, al Hospital Antonio Lenín Fonseca. Los médicos leoneses reportaron el caso a la Policía ya como un caso sospechoso, el de una mujer que probablemente recibió golpes en la cabeza con algún objeto.
Fue hasta entonces que la Policía comenzó a investigar el caso. La inspectora Patricia Grillo López, de la estación policial de Guadalupe, se molestó con sus compañeros policías que atendieron el caso la noche del domingo 5 de junio, porque no se lo reportaron a ella como un caso sospechoso. Habían pasado tres días desde que se produjo la agresión y ahora le correspondía a ella iniciar las pesquisas.
EL SÁBADO 4 DE JUNIO

doña Julia Aguilar había visto por última vez a su hija Edda Emelda Altamirano Aguilar. Le prometió que iba a llegar de nuevo el domingo, pero la quedó esperando. Nunca más iba a poder conversar con ella.
Por las noticias de los medios de León se dio cuenta que en el hospital había una mujer desconocida en estado inconsciente. La información la asoció con su hija, que desde el sábado anterior no le daba señales de vida.
El martes por la tarde, su hijo Juan Ramón le ayudó a descubrir que la desconocida era su hija.
Ese mismo día la familia presenta la denuncia en la Policía de León, donde en lugar de recibir respuesta, fueron “regañados” porque hasta entonces estaban poniendo la denuncia, tres días después de ocurrido los hechos. “Nosotros no sabíamos que a mi hija le había pasado eso”, expresa doña Julia.
La desesperada madre no sabía qué hacer. Las condiciones de escasos recursos en que vive la familia agravaba la situación. Más difícil aún porque los cuatro hijos de Edda, que tienen edades entre los 17 y 25 años, se encuentran detenidos y acusados por delitos de robo y violación.

Si existen personas que desconocen cómo fue que agredieron a Edda, esas son precisamente sus familiares.
Lo único que la familia de Edda sabía es que a esta la habían asaltado y que la golpearon en diversas partes del cuerpo. Otros rumores que habían escuchado es que también la habían violado entre cuatro hombres.
Juan Ramón (hermano de Edda) le preguntaba a la inspectora Grillo sobre cómo iba el caso, pero la oficial contestaba a regañadientes. “Estamos trabajando en eso”, era única la respuesta.
Lo único cierto que sabían es que una de las últimas personas que la vio antes de la agresión fue Denis Alonso Mayorga, su ex cónyuge.
En el hospital de Managua Edda Altamirano, pasó en coma por 20 días, “muerta en vida”. Falleció el lunes 27 de junio, a las 9:40 de la noche. Sufrió una falla multiorgánica producto de las lesiones en la cabeza. El cráneo de ella estaba “como cuando quiebran una bolsa de hielo”, explica Juan Ramón.
DENIS ALONSO MAYORGA
y Edda Altamirano se encontraron temprano por la noche el domingo 5 de junio, en el bar Noel. Estuvieron tomando licor. Con anticipación Denis le había dicho a Edda, su expareja, que él no iba a tomar mucho, porque al día siguiente lunes tenía que ir a trabajar. Edda bebió más que Denis.
A las 8:30 de la noche Denis hizo viaje junto a Edda, a quien obligó a salir del bar. Pasaron por una fritanga y Edda se sentó a platicar. Pero Denis la tomó abrazándola del cuello, la levantó y se la llevó. La mujer iba tambaleándose.

Al llegar a una esquina, media cuadra al este de donde después fue hallada Edda por los bomberos, ella se le cayó a Denis, quien inmediatamente la levantó y siguió caminando con ella.
Unos vecinos del lugar aseguran que Edda se volvió a caer propiamente donde finalmente fue encontrada, y ahí la dejó Denis y se fue. Pero Denis asegura que, aunque estaba mareada, Edda le insistió en que ella quería regresarse al bar Noel y él tuvo que dejarla porque al día siguiente tenía que ir a trabajar. Edda se regresó caminando, asegura el excónyuge.
Nadie sabe decir exactamente qué pasó con Edda después que Denis la dejara en aquella calle oscura, cuando ya la lluvia amenazaba con dejarse caer con furia. Denis dice que la mujer se regresó sola, pero la Policía conoció que después Edda se quedó con Pablo de la Cruz Manzanares Romero, alias “El Mono”, y también con Josué Daniel Membreño Muñoz.
“Las sombras asesinas”, así se les puede llamar a quienes provocaron la muerte de Edda Altamirano. Cuando tres días después de los hechos la inspectora Grillo llegó al lugar del crimen, ningún testigo quería hablar.
A como pudo la inspectora logró sacar a algunos vecinos que “yo vi la sombra de alguien que se parecía a fulano de tal”, o “el bulto que yo vi se parece a zutano”. Y así se pasó el informe a la Fiscalía.

La fiscal Geisel Reyes Sánchez quiso presentar una acusación en contra de Pablo “Mono” y de Josué Membreño, pero no pudo. Las investigaciones de la Policía no especificaban la actuación de los sospechosos en el crimen de Edda, y no había ningún testigo que haya reconocido a los supuestos homicidas.
Josué, que estaba detenido, fue liberado por la Policía luego de que se cumplieron las 48 horas que exige la ley para que exista una acusación formal.
La Fiscalía mandó a la Policía a mejorar las investigaciones del caso, pero, habiendo iniciado las pesquisas tres días después de haber ocurrido los hechos, fue difícil.
En los próximos días se podría realizar una reconstrucción de los hechos, indicó el fiscal Freddy Arana, para ver con los testigos si hay algún elemento que pueda ayudar a esclarecer el crimen, el que todavía no ha llegado a los Juzgados.
La Fiscalía no quiso judicializar el caso porque si se caía, no se puede acusar de nuevo a los sospechosos.
El Instituto de Medicina Legal (IML) determinó que no hubo violación a Edda, a pesar de que fue encontrada semidesnuda.
Pablo “Mono” anda huyendo. Es conocido del barrio Guadalupe, adonde regresó hace poco tiempo después de haber permanecido varios años en Costa Rica.
La Policía lo tiene “fichado” por faltas leves, pero ahora lo considera un delincuente peligroso, al que tienen circulado por todo el país y se han realizado coordinaciones con la Policía de Costa Rica para su captura, explicó el comisionado Miguel Carmona, jefe de Auxilio Judicial de la Policía de León.
LOS TESTIGOS

de este caso tienen mucho miedo. Uno de ellos, quien pidió el anonimato, ha recibido amenazas de muerte por teléfono.
“Yo ya no quiero saber de este caso, ahí me va a disculpar que no pueda hablar con usted. He tenido muchos problemas”, dice la mujer autora de la llamada telefónica a los bomberos.
Contradictoriamente continúa hablando por teléfono. “Lo que pasa es que la gente de aquí es mala”, dice, metida en el problema por querer ayudar a la mujer que quedó tendida bajo la lluvia de aquel domingo 5 de junio.
Los mismos vecinos del lugar aseguran que un joven que vive en un taller de bicicleta, frente adonde ocurrió el hecho, es uno de los que vio todo el suceso.
Dice llamarse Róger Bohórquez Castillo y haber sido militar. “Yo no vi nada. Yo no hubiera apañado eso (crimen)”, afirma.
Róger Bohórquez señala que la Policía no lo entrevistó sobre el caso y luego confiesa su forma de pensar: “Mínimo (Edda) andaba alicorada, que yo creo que si yo hubiera andado con mis piquinyuquis, hasta yo hubiera participado, no lo niego, usted sabe, la carnita”, dice haciendo un gesto sexual con la mano derecha.
Otras personas que habitan en los alrededores de la escena del crimen, aseguran que las sombras, entre las que supuestamente se encontraba la que corresponde a Pablo “Mono”, saciaron sus apetitos sexuales en Edda en la oscuridad de la calle, y de vez en cuando acudían a la claridad que había en la esquina para vigilar que nadie se aproximaba al lugar.
En lo que coinciden todos los testigos es en que Edda pedía auxilio a gritos. Uno de ellos le aseveró a doña Julia que su hija decía: “Pablo, ¿qué no me conocés?, soy yo, la Edda”.
Una de las sombras que vieron los testigos agarraba a Edda del cuello y hacía que la cabeza diera golpes en las paredes y en las piedras, por eso su cráneo quedó destrozado.
EDDA ALTAMIRANO
murió a los 42 años de edad. Había nacido el 16 de septiembre de 1968. Apenas aprobó el sexto grado de primaria, y luego se dedicó a trabajar para ayudar económicamente a su familia.

Por varios años trabajó en un hotel cerca de la gasolinera de La Estación, donde hacía de todo, desde cocinar para los huéspedes hasta como cajera. Vivía en el barrio Tangará. Las autoridades conocen su muerte como “el caso de las sombras”.
Según movimientos feministas, es la mujer número 46 en ser asesinada en el país, en lo que va del año 2011, según publicó el semanario Confidencial .
El comisionado Miguel Carmona indicó que el caso de Edda es difícil aclararlo porque los testigos no son claros en sus testimonios, muy diferentes las circunstancias al caso del homicidio de Rosa María Vado Novoa, de 41 años, quien murió a manos de dos sujetos identificados como José Francisco Sobalvarro Monterrey y Rolando Cristóbal Aguirre, casi en los mismos días en que mataron a Edda Altamirano.
En el caso de Vado Novoa, hubo testigos que identificaron plenamente a los asesinos. Ella es la mujer número 47 asesinada en el país.
La número 46 aún está esperando que se haga justicia en su caso.
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