Blanco y Negro
Yo he sido de esos que, al menos en este tema de la seguridad ciudadana, sentía que estábamos bien pues solo bastaba mirar al norte de la región, donde estaba el verdadero “infierno” de la inseguridad, las maras, el crimen organizado y los asesinatos sin sentido.
Si aquí te arrebataban una cadena, en Guatemala te secuestraban. Si aquí los vagos se agarraban a pedradas, en Honduras los bandas acribillaban buses llenos de pasajeros inocentes. Si aquí te hacían el cambiolín, en El Salvador te pegaban un balazo para pasar a ser parte de las docenas de asesinados al día en ese país.
Entonces, de verdad que no estábamos tan mal. Esa era mi posición, o sea, yo he sido, en ese caso, de los tontos que se reconfortan con el mal de muchos.
Sin embargo, tomar esa actitud era como ver la vida por un tubo, ignorando todo lo que pasa fuera del estrecho campo visual.
No sabía que el hecho de tener un país menos violento que los que lo rodeaban era solo un hecho circunstancial y temporal.
En realidad debimos ser menos tontos y darnos cuenta que un país con tanta juventud pobre, ociosa y sin preparación ni futuro, prisionera en una región que es un puente entre los productores y consumidores de drogas, era cuestión de tiempo que la violencia nos comenzara a azotar.
Ahora, podríamos seguir viviendo en el mundo irreal de la seguridad del país y confiar en lo que dicen las autoridades policiales de que “la percepción de inseguridad” es lo que ha aumentado pero que la inseguridad en realidad sigue igual.
Eso puede ser interpretado en el sentido positivo que ellos quieren pero también en el sentido de que en realidad tenemos rato de estar mal y hasta ahora nos estamos percatando de ello.
Y aunque es cierto que en las últimas semanas han habido sucesos que pueden “aumentar” nuestra percepción de inseguridad: el tiroteo dentro de un bus, el asesinato de un reo por narcotráfico dentro de la Modelo, el asesinato de Facundo Cabral en Guatemala, pero en el que Nicaragua se ha visto envuelta desde el primer día, la verdad es que a mí lo que me sacudió de esa cómoda percepción de seguridad fue la crónica de la colega Tammy Mendoza el domingo pasado. Una crónica poderosa que también llamó la atención de otro colega, Fabián Medina, quien escribió sobre el tema el jueves.
Tammy habla de un extraoficial toque de queda en su barrio. Sin que nadie lo haya decretado, a las siete de la noche ya todo mundo está “guardado” y aterrorizado. Cosa que, ella misma se encarga de aclarar, no era el caso hace apenas algunos años.
La periodista se pregunta que si es necesario convertirse en “un punto rojo” de Managua para que la Policía haga algo. O sea, queda claro que hay lugares de la capital donde la inseguridad es mucho más cruda.
Ya no hay duda entonces. La inseguridad ciudadana no está tocando a la puerta; ya entró y se instaló en la sala de la casa.
Estamos en plena campaña electoral. Sería bueno saber cuáles son los planes específicos de quienes quieren nuestro voto para solucionar este problema.
Hasta el momento ni señales. Las únicas señales que he visto son las del debilitamiento institucional de la Policía, lo que solo puede significar más inseguridad.
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