Memo Márquez, El bailarín

El reloj marcaba las 10 de la noche aquel sábado 27 de marzo del 2010, cuando en una camilla de la sala de cuidados intensivos del hospital Lenín Fonseca se apagaban las luces del escenario en la vida del primer bailarín de danza contemporánea de Nicaragua: “Memo”, o mejor dicho, Guillermo Antonio Márquez Morales.

Por Eduardo Cruz
Fotos de LA PRENSA/ Germán Miranda
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El reloj marcaba las 10 de la noche aquel sábado 27 de marzo del 2010, cuando en una camilla de la sala de cuidados intensivos del hospital Lenín Fonseca se apagaban las luces del escenario en la vida del primer bailarín de danza contemporánea de Nicaragua: “Memo”, o mejor dicho, Guillermo Antonio Márquez Morales.

El cuerpo de Memo reflejaba los “latigazos” que por más de  15 años le habían propinado el licor y las drogas, producto de una vida entregada a los placeres. Su familia y sus amigos habían perdido la batalla que emprendieron para hacer que Memo abandonara la vida de bohemio.

Guillermo Márquez había nacido para bailar. A los nueve años ingresó al colegio Primero de Febrero, donde inmediatamente formó parte del grupo de  folclore de Irene López. Un año después que triunfó la revolución, en 1980, atendió el llamado a integrar el primer grupo de danza contemporánea en el país y se convirtió en el primer varón nicaragüense en bailar en ese género y fue considerado el mejor intérprete masculino en los años ochenta.

Una de las más brillantes interpretaciones de Memo fue en “Soy Yo”, una coreografía de Hilda Riveros estrenada en el Teatro Nacional Rubén Darío el 21 de marzo de 1987. La maestra Ana Amalia Sierra escribió en el suplemento Cultural Ventana: “Así vimos a Guillermo Márquez: enérgico, rápido con movimientos cambiantes de una dinámica a otra en su interpretación de ‘Soy Yo’”.

También es recordada su transformación en la obra “Metamorfosis”. Fue la inspiración de muchos bailarines más jóvenes, pero a inicios del 2000 ya nada quedaba de aquel Memo brillante de los años ochentas. El Memo que falleció postrado en la camilla del Lenín Fonseca era muy diferente.

Por aprender a bailar  Memo tuvo que sufrir  las reprimendas de su padre, el sastre Luis Guillermo Márquez. Era su madre, doña Luisa Amanda Morales, quien le apoyaba para que asistiera a los ensayos. A don Guillermo las andanzas de su hijo le parecían vagancia y quería que el muchacho estudiara algo diferente.

Memo tenía buenas calificaciones en las asignaturas de la escuela, pero en conducta era otra cosa. No era malcriado, pero le gustaba la vagancia, recuerda su madre, doña Luisa Amanda Morales.

El baile era su vida. A diario iba a los ensayos. Por su empeño obtuvo becas para estudiar danza contemporánea en Alemania y en Checoslovaquia.

También estudió en Nicaragua. En 1984 se graduó de bailarían profesional en la Escuela Danza, en la primera promoción, junto a Ligia Espinoza, Alenka Díaz, Gloria Bacon y Félida Gaitán.

Guillermo Márquez también fue parte del primer grupo de Danza Contemporánea de Cámara, con Patricia López, Ligia Espinoza, Gloria Bacon y Yadira Alemán. Después se les unió su gran amigo, Elvin Vanegas.

El grupo comenzó a brillar con luz propia. Sus primeras giras fueron para llevar el entretenimiento a los movilizados en el Servicio Militar Patriótico (SMP), en los frentes de guerra, desde el Río Coco, frontera con Honduras, hasta la frontera sur, en San Carlos, Río San Juan. “Este grupo hizo de las condiciones materiales más adversas, elementos propios de su escenografía”, escribió una profesora de danza en El Nuevo Diario.

Una muestra de las condiciones en que  el grupo realizaba su trabajo cultural fue la visita al puerto de El Bluff. “En una calle desnivelada de tierra y piedrecillas, los integrantes del grupo, con pies desnudos algunos, otros con tenis y otros más paradójicamente con zapatillas de ballet, interpretaron ante el asombro y deleite de un público receptivo una coreografía de la chileno-cubana Hilda Rivero”, escribió en

Ventana del 27 de junio, 1987, el crítico mexicano, César Delgado.

Las presentaciones también se hacían en los hospitales y en las escuelas. La bailarina Gloria Bacon recuerda que en una ocasión les tocó bailar para las personas enfermas del hospital Psiquiátrico, el Cinco, a como le dicen por estar ubicado en el kilómetro cinco de la Carretera Sur.

Una risa contagiosa se le viene a Bacon al recordar aquel momento. Duda de que los enfermos hayan comprendido la presentación: “Yo creo que los enfermos tal vez creían que nosotros éramos otros enfermos”, dice.

Los viajes fuera del país comenzaron a llegar: Costa Rica, Estados Unidos, México, Panamá, Venezuela, Rusia, Alemania, Cuba. Memo recorría el mundo bailando.

Tenía una  presencia escénica impresionante. Todas las mujeres del grupo querían bailar con él. “Sentías su fuerza varonil en el escenario, te hacía poderte expresar  y tenía la virtud de acomodarse a cada una de nosotras, no tenía preferencia de querer bailar solo con una porque era la mejor y la otra no. Él bailaba con todas”, recuerda Gloria Bacon.

Patricia López, otra bailarina que formó pareja de baile con Memo, recuerda que a veces los varones tenían reticencia para bailar con las mujeres, pero Memo nunca tenía reparos. “Me llenaba mucho bailar con él, me daba mucha seguridad. Disfruté mucho con él”, rememora.
Era el bailarín de los dúos. Sabía llevar a la pareja y eso era algo que los demás bailarines varones admiraban de él, y en ese aspecto se convirtió en el ejemplo a seguir de los intérpretes masculinos más jóvenes.

Memo siempre estaba preocupado del bienestar de las mujeres en las giras que hacían, especialmente cuando viajaban a las zonas de guerra.
“Su vida era la danza. Bailaba con el corazón”, afirma su mamá, doña Luisa Amanda, a quien le brotan las lágrimas por el recuerdo de su hijo. “Nos sentíamos orgullosos de él”, dice una de sus hermanas, Sabina Márquez.

Memo Márquez representó el ícono nicaragüense del bailarín de danza contemporánea, un arte de bailar en el que se impone la expresión de los sentimientos e ideas, y en el que se rompe con las reglas para buscar movimientos y poder expresarse más libremente con el cuerpo.

“Te impresionaba verlo bailar. Quien lo veía bailar, no lo olvidaba. Marcó el camino para muchos muchachos que ahora son maestros”, expresa Bacon.

Patricia López recuerda que Memo se entregaba todo en el escenario. “En el escenario era un bailarín que sabía hacer lo suyo. Se veía muy bien”, afirma López, quien considera que hoy en día muchos bailarines solo son vanidades abajo del escenario, pero arriba no se esfuerzan mucho.

Además de bailar,  se dedicó a la enseñanza. Mucha gente lo buscaba para que impartiera clases de danza a sus hijos. Sus discípulos fueron muchos.

El problema de Memo  es que era indisciplinado. Irreverente es tal vez la palabra que lo definía mejor. Por eso su vida artística fue muy corta.

Le gustaba mucho tomar licor. Se desvelaba mucho y después llegaba “de goma” y tarde a los ensayos de baile, recuerda Gloria Bacon.
En los primeros años el cuerpo fuerte que tenía soportaba toda la vida de bohemio del bailarín. Pero con los años sus capacidades físicas fueron mermando.

Aunque Memo trabajaba duro en los ensayos, a su afición por el licor se le sumaba el hecho de que peleaba con los maestros, molestaba en las clases. Simplemente “no era perfecto”, piensan algunos de sus compañeros. “Tal vez si no hubiera sido indisciplinado, no hubiera sido lo que fue”, dice Bacon.

Cuando ya el licor comenzaba a diezmar las capacidades físicas de Memo, en un ensayo dejó caer a Gloria Bacon, quien por muchos años sufrió una lesión en una de las manos debido a la caída.

Las constantes juergas del bailarín comenzaron a afectar su trabajo en el grupo. A veces las bailarinas tenían que pedirle que se lavara la boca, porque el olor a licor casi siempre lo andaba bien fuerte.

En 1992 ya no pudo más. Abandonó la danza por completo. Entonces tuvo más tiempo para entregarse al licor, y luego también a la drogas como el crack.

En su casa comenzó a comportarse malcriado, especialmente con su mamá. Tuvo que dejar la casa y vivir solo en un cuarto alquilado, ya que nunca se casó ni tuvo hijos. Primero estuvo en un cuarto cerca de su casa, en el barrio Monseñor Lezcano, en los alrededores del cementerio general.

Los últimos cuatro meses de su vida los pasó en un cuarto que está ubicado del restaurante Edyllil, dos cuadras y media hacia el sur. Pero siempre llegaba a la casa de su mamá, donde se le atendía y se le daba de comer. El problema es que a veces se llevaba las cosas para venderlas o cambiarlas por licor.

Memo siempre encontró refugio en sus antiguos compañeros de baile, pero en los últimos años sus amistades no le querían dar dinero porque sabían que no lo utilizaba bien, sino para los vicios. A cambio, le ofrecían comida, pero Memo no quería comer, quería licor.
A sus familiares y a sus amistades les partía el alma verlo así. Pero a otras personas no les importaba lastimarlo con palabras groseras.

“Últimamente tomaba mucho y agarraba las calles. La gente lo pisoteaba, lo azareaban, le decían groserías”, recuerda Sabina, su hermana.

Para la bailarina Patricia López, Memo es un ejemplo de valentía, porque nunca ocultó sus preferencias sexuales y el supuesto hecho de que era portador del VIH. “Él reconocía su situación, lo cual es un acto de valentía, enfrentarse a la sociedad, a la gente que lo quería y a la que lo rechazaba”, expresó López.

Cada vez que López se lo encontraba en la calle,  le sacaba hasta el último billete que andaba en la cartera. “Yo lo amaba a Memo”, afirma la bailarina.

Gloria Bacon recuerda a su compañero de baile como una persona muy solidaria y que en los últimos años de su vida sufrió mucho por causa de los vicios. “Yo lo regañaba. Él pudo llegar lejos. Fue un talento desperdiciado”, asevera.

Una persona que siempre ayudó a Memo en sus días de farras fue la Primera Dama de la República, Rosario Murillo. Ella le pasaba una mensualidad de dos mil córdobas, que a Memo le servían para vestirse y para comer.

Murillo lo conoció en los años ochentas cuando ella dirigía el Instituto Nacional de Cultura (INC) y sabía del talento que tenía el bailarín.
En la escuela de danza  Espacio Abierto, que Bacon maneja frente al parque Las Palmas, se le hizo un pequeño homenaje a Memo, aún en vida, para que las nuevas generaciones de bailarines supieran quién había sido Guillermo Márquez.

Antes de ese homenaje, cuando los alumnos lo veían, siempre decían: “Pobrecito ese señor”.

“Yo quería que las nuevas generaciones de bailarines vieran al Memo que no conocieron”, dice Bacon.

En el año 2004 Guillermo Márquez también recibió un homenaje en la Escuela de Danza. En aquella ocasión dijo: “Ser bailarín en Nicaragua requiere diez veces más el esfuerzo de lo que necesita un bailarín de cualquier país de Latinoamérica, debido a que no contamos con el apoyo de ninguna institución, sólo tenemos los deseos de hacer arte. Cualquier bailarín en otro país devenga un salario del Estado y nosotros aquí vivimos inventando cómo costear nuestro arte”.

Al recordar sus días de gloria cuando su madre y sus hermanas se sentían orgullosas de él, dijo: “Cuando bailaba aquí mi madre siempre me iba a ver y cuando salía en televisión mis hermanas siempre decían ‘ese es mi hermano’. Si volviera a nacer, sin duda sería bailarín”.
Memo ganó muchos premios a lo largo de su carrera artística. La mayoría de ellos los perdió en su vida de bohemio.

El día en que Memo murió, los managuas se disponían a celebrar la Semana Santa. Tenía tres días en el hospital. El licor le había reventado los intestinos. La cirrosis había hecho su trabajo.

Los médicos y las enfermeras que lo atendieron ni siquiera supieron quién era el paciente que trataban. Uno de los médicos recomendó a la familia que solamente con una caja sellada podían sacar el cuerpo de la morgue. Esa noche no hubo vela.

Al día siguiente, a las 11:00 de la mañana, su familia sacó el cuerpo y lo llevó directo a Nandaime, donde lo velaron dos horas y a las 3:00 de la tarde fue sepultado en el cementerio de esa ciudad, junto a su padre, don Guillermo Márquez.

Patricia López hoy reflexiona que Memo siempre necesitó ser internado en un centro especial, también de mano dura. “Los bailarines de hoy beben mucho, es una pena”, dice López.

Memo Márquez se lució sobre los escenarios, pero en el escenario de la vida no le fue igual que en la danza.

La Prensa Domingo género Nicaragua archivo

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