Por Amalia del Cid
Foto de LA PRENSA/ Guillermo Flores
¿Quién es capaz de ponerse a tomar cafecito con un chimpancé? Doña Marina Argüello, la directora del Zoológico Nacional. Solo con ella se lleva bien Pipo, el mono, y solo a ella le ronronea como gatito, Pumba, el enorme tigre de Bengala.
Dirige el zoológico desde hace 14 años y desde su llegada se ha esforzado para darle una nueva cara. No la ha detenido ni siquiera la orientación médica que le prohíbe trabajar fuera de la oficina, debido a dos delicadísimas operaciones de columna. Ese es su mundo, su familia. “Si usted me quita esto, me mata”, le ha dicho a su doctor.
:::¿De dónde viene su amor por los animales?
Desde pequeña recogía perros y gatos callejeros y me los llevaba para la casa. Mi abuela era bien alcahueta conmigo.
:::¿Alguno en especial?
Recuerdo mucho a la Capulina, estaba embarazada de 14 perritos. Era inteligentísima. Murió de vieja. También Gigi, una venadita que brincaba en mi cama.
:::Su casa era un mini zoológico…
Había de todo. Canarios criados con gotero y conejos de las razas chinchilla y leonada, eran como 20 y los metía en jaulas etiquetadas para que no se confundieran (ríe).
:::¿Qué pasó con ellos?
Para el terremoto del 72 la gente se los robó para comérselos.
:::¿Cómo llegó usted al Zoológico Nacional?
Eduardo (Sacasa, su esposo) ofreció sus servicios gratuitos como médico veterinario.
:::Y ahí comenzó todo…
No. Increíble, pero la administración de entonces (el Marena de 1997) no los aceptó.
:::¿Entonces?
Una madrugada hubo un ataque de abejas africanizadas y lo llamaron de emergencia para que atendiera a los animales picados. Ahí comenzamos a colaborar, después nos entregaron la administración.
:::¿Les alegró la noticia?
Nos dijimos: ¡qué bárbaro a lo que nos estamos metiendo! (ríe).
:::¿Cómo estaba el zoológico en ese tiempo?
Si los leones no se salían de las jaulas es porque eran muy mansos.
:::¿Tanto así?
(Ríe). En el techo de mi oficina había un hoyo y por ahí se asomaba un culumuco que andaba suelto. Yo le ponía comida y agua.
:::¿Qué le han enseñado los animales?
Que son seres honestos, que actúan por instinto, sin ninguna premeditación. Se entregan, te reconocen por el timbre de voz. Además son sociables, se ayudan entre sí.
:::Un ejemplo a seguir.
Sí. Hay que aprender de los animales. Los seres humanos somos muy egoístas y envidiosos.
:::¿La mejor parte de su trabajo?
Cuando nace o se rescata un animalito y lográs rehabilitarlo. Uno se dice: ¡púchica, esto vale la pena!
:::¿Qué opina del maltrato animal?
El trasfondo es la cultura. Las tiradoras existen de toda la vida, somos unos animales con unas costumbres bien malas.
:::Pero ahora están los protectores…
La protección animal está de moda. Es diferente cuando nace de un sentimiento. Cuando se habló de que había un presupuesto sobraron los que querían poner un Centro de Rescate.
:::Finalmente lo pusieron ustedes.
Nosotros ya llevábamos muchos años trabajando por este centro. Nos financió la Sociedad Humanitaria de los Estados Unidos, que por cierto es enemiga de los zoológicos (ríe).
:::¿Y usted qué piensa de ellos?
Los animales deberían estar en la naturaleza. Pero hoy día los zoológicos son la única opción para reproducir y reintroducir las especies. Esa es la meta. Además son centros educativos y científicos.
:::¿Desaparecerán algún día?
No creo. Los humanos estamos acabando con los animales. En un futuro no muy lejano solo los podremos ver en los refugios.
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