La Yuma se puso en cartelera el 6 de mayo de 2010 y se quedó ahí durante seis semanas. Fue un éxito rotundo. Hubo quienes la vieron en el cine hasta tres veces. “Esta vez los héroes de una película eran personas del barrio”, dice Florence Jaugey, directora del filme.

Una película dramática, El cine nica

A eso de las 3:00 de la tarde de un lunes muy caliente el hombre del bigote fino recibió una llamada telefónica. Al otro lado de la línea la voz de su patrón, un mafioso de la peor clase, le ordenó que buscara a un cliente moroso y lo asustara un poquito. Como buen sicario que era, dejó de inmediato la comodidad de la banca en la que había estado sentado contemplando las vistas del puerto Salvador Allende, en el Malecón de Managua, y se encaminó por la Plaza de la Revolución. Había un gordo deudor por encontrar y para mañana era tarde.

Por Amalia del Cid
Fotos de La Prensa/ Cortesía/ Archivo/ Miguel Lorío
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A eso de las 3:00 de la tarde de un lunes muy caliente el hombre del bigote fino recibió una llamada telefónica. Al otro lado de la línea la voz de su patrón, un mafioso de la peor clase, le ordenó que buscara a un cliente moroso y lo asustara un poquito. Como buen sicario que era, dejó de inmediato la comodidad de la banca en la que había estado sentado contemplando las vistas del puerto Salvador Allende, en el Malecón de Managua, y se encaminó por la Plaza de la Revolución. Había un gordo deudor por encontrar y para mañana era tarde.

No caminó mucho. Por fortuna, allí nomás venía el tipo mala paga y pudo cumplir su misión sin tardanza. Lo golpeó, lo volvió a golpear y a puro puñetazo lo hizo caer al suelo. Entonces sacó un revólver y le apuntó a la cara.

—Tenés una semana para pagar, si no podés darte por muerto —le advirtió, solemne y trágico.

Era un momento intenso. El clímax antes del clímax. Pero en eso surgieron, quién sabe de dónde, varios policías dispuestos a todo para detener lo que parecía ser un crimen en desarrollo. Y ya se les veían intenciones de usar los “amansabolos” cuando el hombre del bigote fino gritó:

—¡Calma, calma, calma! ¡Estamos grabando una película!

Todavía se ríe David López, el “sicario”, cuando recuerda la escena. Ese día a él y a su amigo Marvin Maltez, el “gordo deudor”, los requisaron en busca de armas; pero lo único que les encontraron fue un revólver plástico. Y solo los dejaron libres cuando vieron surgir de detrás de un arbusto la figura del hombre que tenía la cámara filmadora, una camarita sencilla, para vídeos caseros.

Ese es uno de los incontables contratiempos que enfrentaron el año que grabaron la película Supuestos Amigos, que actualmente se presenta en algunas iglesias del país. Lo hicieron sin recursos, sin experiencia y, sobre todo, sin apoyo.

En situaciones similares se encuentran muchos jóvenes nicaragüenses entusiastas del séptimo arte que desean hacer carrera como actores o cineastas, pero no encuentran la escalera al cielo.

Según Mariano Marín y Fernando Somarriba de Valery, reconocidos cineastas nicaragüenses, eso pasa   porque de un tiempo a la fecha  en nuestro país el cine ha avanzado como  lo haría un cangrejo y para notarlo solo hay que repasar un poco la historia.

En Nicaragua se  comenzó a producir cine a  principios del siglo pasado —dice Marín— desde la época de la primera intervención estadounidense. Por desgracia todo ese material era personal o le pertenecía a la marina de los Estados Unidos o a la National Library de Washington. Buena parte de esa memoria histórica se perdió.

Por entonces se hacían documentales sobre la intervención y la guerra. También había algunos archivos sobre  la vida cotidiana nicaragüense. Cuando se fueron los marines —relata— la Guardia Nacional constituyó un equipo y empezó a trabajar en recuentos propagandísticos de lo que hacía el general Anastasio Somoza García.

Y con Tacho  Somoza Debayle siguieron las filmaciones. Con equipo técnico traído de México se grababan sus obras, reportajes donde aparecía él  en el trabajo o  enlodado empujando el jeep. Algunos eran a color —dice el cineasta— se revelaban en México o Nueva York y después se guardaban en un cuarto frío artesanal.

Pero el  cine tuvo un verdadero desarrollo hasta  la creación del Instituto Nicaragüense de Cine (Incine), en 1979. “Podíamos trabajar hasta en tres producciones a la vez. Nos dimos el lujo de tener a mano entre cinco y seis equipos completos de filmación (…) Recibíamos donaciones de Canadá, Francia, Cuba, México, Venezuela, España, y Rusia”, recuerda Marín, quien al igual que Frank Pineda y Fernando Somarriba de Valery, se pulió  como cineasta en la década de los ochenta.

Se hacían muchos documentales acerca de la revolución, la guerra y la alfabetización, con grandes tintes ideológicos; pero también hubo presupuesto para creaciones personales.  Cuenta Marín que si a alguien se le antojaba, por ejemplo, recrear la vida de Rubén Darío con un guión que nadie entendía, tenía luz verde para realizar su proyecto.  

Sin embargo, llegados  los noventa y desaparecido el Instituto, el Estado dejó de apoyar el cine y en un ¡luces, cámara, acción!, aquella producción desenfrenada se extinguió.

Hoy día   la situación de los cineastas experimentados, que pueden producir excelentes largometrajes, y de los aspirantes a cineastas, que consideran que pueden, es desoladora. Tanto los unos como los otros deben conseguir de  araños a pellizcos  los recursos necesarios para materializar sus proyectos (por lo general cortometrajes y documentales) o financiar todo con recursos propios.

Ya no se filma en celuloide, ahora se ha recurrido al vídeo. Es más barato. Incluso La Yuma, el primer largometraje nicaragüense en 21 años, se grabó con  cámara digital y luego se trasladó a cinta de 35 milímetros en un laboratorio de Francia.  

Aun así la película salió carísima. Se invirtieron más de 700 mil dólares. “Y no se recuperó la inversión, imposible, porque aquí en Nicaragua hay  apenas 21 pantallas para proyectar, lo que significa un millón de espectadores por año y una película, para rentabilizarse, necesita al menos seis millones. Además el precio del boleto es muy bajo y la piratería nos quitó el 30 por ciento de la taquilla”, señala Florence Jaugey, cineasta y directora de La Yuma.

Por otro lado, aunque  el filme ha recibido 16 premios internacionales, se ha presentado en Francia, Alemania, Suiza, Colombia y Miami y pronto se  proyectará en las salas de  México y Austria, en el extranjero el nombre de  Alma Blanco no es conocido; a pesar de ser ella una gran actriz y  haber obtenido seis premios por su trabajo en el papel de la Yuma.

Se necesitaron diez años de petición de fondos para poder llevar la película a las pantallas. El guión participó en festivales internacionales de cine y fue así como se pudo recaudar dinero. Además, Jaugey y su esposo Frank Pineda, cineasta y director de fotografía, contaron con el apoyo de empresas privadas y algunas instituciones del Estado, como el Ejército y la Policía Nacional, que pusieron actores, gasolina y seguridad.

Fue una coproducción con Francia, México y España. “Y al final se nos hizo el milagrito”, dice Jaugey.

En el caso de  los productores de Supuestos Amigos el milagro lo hicieron ellos mismos. De la Policía no recibieron ni siquiera uniformes para grabar una escena y no se les permitió la entrada a varios sitios turísticos que estaban contemplados en el guión; como la Loma de Tiscapa, de la que fueron expulsados cuando intentaban hacer tomas de Managua, a pesar de que tenían una carta con la autorización de la Alcaldía, según cuenta David López.

Con todo,  el resultado obtenido los llena de orgullo  y hasta ya escribieron nuevos guiones para seguir puliendo sus dotes artísticas. “Todos nosotros somos músicos, nunca antes habíamos actuado”, confiesa el joven.

Sin embargo, y aunque suene a paradoja, aquí en Nicaragua los mejores actores y actrices suelen ser aquellos y aquellas que no se han entrenado, afirman Marín y Somarriba de Valery.

 ¿Por qué? Porque en nuestro país solo hay escuela de actuación para teatro y los artistas aprenden a interpretar papeles sobreactuados, rígidos, que es lo que se pide en las obras teatrales.

“Yo prefiero agarrar gente de la calle y entrenarla  con libertad”, apunta Marín, para quien el gran problema de los nicas es que no les pueden poner una cámara enfrente porque comienzan a hablar de tú.

Somarriba de Valery, por su parte, opina que a veces sale mejor el actor “silvestre”, pero que eso no significa que el artista de teatro es malo (el cine y el teatro siempre se han retroalimentado), sino que no hay suficientes producciones nacionales para que pueda adaptarse a las exigencias del cine de ficción.

Y no hay producciones por falta de dinero y porque no se ha logrado crear una industria de cine, la que no se ha creado porque no hay producciones que la sostengan. Es un círculo vicioso. El síndrome del huevo y la gallina.

A pesar del panorama,   hay chavalos y chavalas entusiastas que se han lanzado valientemente a la aventura de los cortometrajes y los documentales acerca de temas propios, ideas y experiencias personales.

Heydi Salazar es una joven  que se mantiene en constante producción. Su primer corto fue  La Arrabalera, en  2007, que se ha presentado en Nicaragua, Costa Rica y Moscú, Rusia; también ha realizado vídeos musicales, documentales y exposiciones. Trabaja con cámara digital.

Ha aprendido a buscar fondos con programas de ayuda y a hacer de tripas corazón cuando los recursos escasean. Tampoco a ella le gusta contratar actores de teatro, prefiere hacer sus cosas entre amigos. Cada quien pone un poco y listo. “Y es lindo, aunque no se tenga tanto dinero”, comenta.

Pero más allá de la elección de artistas y el amor al arte, no se puede negar el evidente hecho de que el presupuesto es necesario para darle un empujón al cine. David López sintió en carne propia las desventajas de la improvisación de recursos cuando tras haber grabado la escena en la que muere atropellado por un carro anduvo la boca inflamada durante toda una semana, pues el cóctel de salsa de tomate y frambuesa con que simularon sangre tuvo reacciones adversas inesperadas.

Es difícil pensar en grande, soñar con salas de cine, si no se tienen recursos para llegar hasta ahí.

Debe haber, es necesario y urgente, un programa de gobierno e infraestructura para apoyar el desarrollo del cine. Porque aunque ya se  aprobó (el año pasado) la Ley de Cinematografía y Artes Visuales, todavía no se ha conformado un  fondo para el desarrollo y fomento de las producciones nacionales.

Por otra parte —dice Jaugey— se necesita que los canales de televisión apoyen lo que se hace en el país. “Y que las compañías empiecen a contratar nacionales para hacer sus comerciales”, agrega Somarriba de Valery que además recomienda a las nuevas promesas del cine nicaragüense que tomen cada taller y curso que se abra (porque un cineasta debe saber de todo lo que esté relacionado a producción y dirección) y que tengan presente que hay muchos espacios por abrir y caminos por escalar.

Desde una perspectiva optimista,  quizás el cine nicaragüense no esté haciendo las del cangrejo; tal vez solo está renovándose, listo para entrar de lleno a la era digital.

Por la experiencia de La Yuma, que estuvo en las carteleras nacionales durante seis semanas, se sabe que los nicaragüenses  aprecian lo suyo y que hay suficiente capital humano para producir buen cine.

“Filmen historias, monten proyectos, no se desanimen (…) No tener cine es no tener rostro”, es el mensaje de Jaugey, cuyo éxito se ha convertido en la esperanza de los cineastas jóvenes. Es cierto que La Yuma no resultó rentable, pero Nicaragua no es Hollywood, aquí se llega al séptimo arte por amor, los artistas se alimentan del cine, aunque el cine no les de para comer.

La Prensa Domingo llamada Plaza de la Revolución archivo

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