Hace 22 años Panamá era un país en serios problemas. Dos imágenes que fueron transmitidas al mundo por la televisión dejaban claro lo difícil de la situación: la primera el general Manuel Antonio Noriega golpeando un podio con un machete en una manifestación popular. La otra, Billy Ford, por aquellos tiempos candidato a vicepresidente de la República, con el rostro y la camisa ensangrentados y un partidario de Noriega golpeándolo con una varilla de hierro.
Hace 21 años Nicaragua era un país lleno de esperanzas y también hay pruebas de ello en imágenes. Una, la presidenta Violeta Barrios de Chamorro recién electa entrando al estadio nacional con un impecable vestido blanco. Otra, doña Violeta acompañada de personajes internacionales enterrando miles de armas para acabar con la guerra entre hermanos para siempre.
Pero eso fue hace poco más de dos décadas. Si adelantamos rápidamente el casete (en aquellos años todavía reinaba el casete) nos encontramos ahora una situación distinta. La economía de Panamá está creciendo a un ritmo en los últimos años de hasta 10 por ciento; cada día más y más inversionistas se asientan en ese país con millones de dólares; aunque hay delincuencia no se compara a las situaciones que viven los países del norte de Centroamérica; el sistema judicial está consolidado, el Estado de Derecho reina en el país , el sistema democrático está firme, hace un par de años hubo cambio de gobierno y nadie puso en tela de juicio los resultados electorales. El presidente Martín Torrijos entregó el poder al recién electo Ricardo Martinelli sin ningún sobresalto.
Y el miércoles, como para ponerle la cereza al pastel, el inversionista Donald Trump inauguró allá la torre más alta de Latinoamérica. Para decirlo en una frase, Panamá está ya en otra liga. En las grandes ligas.
En Nicaragua, el crecimiento económico del año pasado fue del tres por ciento, y algunos nos dijeron que deberíamos estar “agradecidos” por la “tendencia” que no es tal pues el año anterior no se había crecido nada. Aquí se dice que vienen los inversionistas pero la verdad que el único gran inversionista es el compañero comandante pueblo capitalista presidente Daniel y su “Albatodo.” La delincuencia va cada día peor y la Policía ha demostrado ser un cuerpo mequetrefe que no pudo resistir ni el primer embate de autoritarismo. El sistema judicial es una payasada cuyo acto más reciente fue la elección de magistrados de Apelaciones donde tuvieron voz y voto en la Corte Suprema tres abogados que ya no son magistrados, dos de ellos orteguistas y uno del PLC. De las elecciones ni hablar. Todo es sistema es un absurdo donde todos estamos claros que si Ortega no gana las elecciones por las buenas pues simplemente se las roba.
Y esta semana ha sido noticia de primera plana en los diarios la estafa de que fueron víctimas una buena cantidad de norteamericanos en un millonario proyecto en las playas de Rivas. En una frase, Nicaragua está en otra liga, en una “perrera” para ser exactos.
Y no es que Panamá la haya tenido fácil. El gobierno de Endara a principio de los 90 fue débil y los de Ernesto Balladares y Mireya Moscoso no estuvieron libres de problemas de corrupción, aunque la corrupción allá no estaba en el ADN del sistema como aquí, lo que claramente permitió avances allá.
Entonces el gran peso que ha inclinado la balanza a favor de Panamá va mas allá incluso de la ayuda extranjera. La enorme diferencia entre estos dos países ha sido la “la voluntad” de ponerse a trabajar y sacar el país adelante, lo que ha tomado menos de dos períodos presidenciales. Así que las cosas no son imposibles si hay voluntad y ciudadanía responsable a todos los niveles, pero sobre todo en el liderazgo. Allá el liderazgo ha decidido hacer de su país un ejemplo, aquí los líderes se han comportado como un corsarios.
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