Tras una hora de conversación con Darío Ramírez, sobre los problemas de la prensa en América Latina, este me dijo, a manera de conclusión, que lo más alarmante hoy es la agresividad del presidente ecuatoriano Rafael Correa.
“A Chávez ya lo conocemos. El que más me preocupa en este momento es Correa Los ataques que le está dando a la prensa son brutales y mucho más burdos que los que (Hugo) Chávez ha logrado o ha intentado”, comentó Ramírez, quien dirige en México la oficina para Latinoamérica del organismo Artículo XIX, que monitorea la situación de la libertad de expresión.
Correa mantiene un ataque cotidiano a medios de comunicación y periodistas críticos, a quienes ha calificado de “criminales” y “sicarios de la tinta”. Pero a ninguno le ha probado que haya cometido crímenes o sea difamador a sueldo. Al contrario, es el presidente quien se dedica a difamar e insultar a periodistas, ocupando parte del tiempo por el que le pagan los ciudadanos ecuatorianos para que gobierne.
En las últimas demandas judiciales contra sus críticos, el único ofendido es él. Incluso enjuició a un ciudadano por haberle gritado “fascista”, un término que en su definición más general significa “excesivamente autoritario”.
Correa también demandó a un editor del diario El Universo, por la columna de opinión “No a las mentiras” que expone la falsedad de afirmaciones del presidente sobre un supuesto golpe a su gobierno. Quiere por ello encarcelar al editor y tres directivos del periódico y recibir una indemnización de 80 millones de dólares.
La guerra de Correa contra la prensa independiente ha sido sin tregua y en los últimos días trató de involucrar a El Universo en un fraude de hace más de dos décadas. La respuesta del periódico fue tajante: “No callaremos, señor presidente”. Bajo ese titular principal, le pide que entienda una verdad muy simple: La única vía por la que podría callar a El Universo es destruyéndolo; “y por lo visto, eso es lo que ha resuelto”.
Correa quiere que en Ecuador nadie oiga ni diga nada distinto de lo que él dice; y trata de imponer una Ley de Comunicación para regular los contenidos de los medios. Luego, toda opinión diferente sería blasfemia, delito. También sería el fin de la democracia, porque esta no puede existir sin intercambio, discusión y confrontación de ideas.
“¿Qué mayor libertad de expresión que la consulta popular?”, alega Correa, un aliado político de los presidentes de Venezuela y Nicaragua, Hugo Chávez y Daniel Ortega, en el proyecto de “socialismo del siglo XXI”.
Ninguna consulta popular es confiable sin libertad de expresión plena. A los ciudadanos les cuesta manifestar en público opiniones libres e independientes, si viven amenazados por el poder; y pueden ser manipulados, si están desinformados porque a la prensa le impiden transmitir las discusiones abiertas de los asuntos políticos, con todos los puntos de vista posibles.
En el resto de Latinoamérica vale considerar lo que sucede en Ecuador, como otro indicio de las amenazas del “socialismo del siglo XXI”, modelo que en Nicaragua se profundizaría si Daniel Ortega es reelegido en noviembre. Correa es una advertencia.
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