Es sabido que la historia es un proceso de continuidades y rupturas, de afirmaciones y negaciones, es decir, de cambios a través de los cuales se va realizando la experiencia y la propia identidad del ser humano. “La naturaleza del hombre es la historia”, dice Hegel; “el hombre no tiene naturaleza sino historia”, afirma José Ortega y Gasset.
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Siguiendo el desarrollo de esa idea, cabría preguntarse acerca de los cambios en la historia y quizás la respuesta haría referencia a la característica misma de las sociedades y comunidades, cambiantes por definición y cuyas transformaciones producen los hechos y acontecimientos históricos. Pero aun aceptando el cambio como parte de la propia naturaleza de la sociedad, surgiría de nuevo la pregunta referida al porqué este se produce. La respuesta podría indicar que ello se debe a que los valores sociales, políticos y culturales que constituyen una determinada comunidad humana en el tiempo y en el espacio, no son inmutables al paso del tiempo y a la modificación de la circunstancia y lugar en que ocurren. Pero aun así se podrían plantear de nuevo varias preguntas, entre ellas, al menos dos, referidas al porqué cambian esos valores y a la forma como se producen esos cambios.
La filosofía de la historia enseña que los cambios se producen como consecuencia de las contradicciones que existen en la sociedad. Cada situación produce su propia contradicción, cada tesis su antítesis. Del choque de los contrarios, que no es una acción mecánica sino dialéctica, surge el resultado correspondiente, la síntesis de la que habrán de derivarse nuevas situaciones y procesos. Así, por ejemplo, el sistema feudal, eminentemente agrario, tuvo su contradicción en el régimen artesanal de la ciudad, cuyos componentes provinieron del campo, como consecuencia de las contradicciones y luchas entre los señores feudales y los siervos de la gleba, la mano de obra campesina. De ahí surgió el sistema corporativo que coexistió con el feudalismo y que fue, poco a poco, arraigándose y desarrollando hasta transformarse en la estructura económica y social predominante.
La aparición e inserción en los procesos económicos y productivos de la máquina movida por la fuerza del hombre a mediados del siglo XVI, primero, y la máquina a vapor, después, en el siglo XVIII, ocasionó la transformación del corporativismo en capitalismo industrial. En estos procesos, particularmente en el que produce la Revolución Industrial del siglo XVIII, ha estado presente un elemento clave para la transformación estructural de la sociedad y el sistema: la razón.
El racionalismo de Descartes, (1596,1650) (pienso luego existo), y poco antes el de Galileo (1564,1642), en lo que concierne a la aplicación de la razón a la ciencia, produjo la revolución racionalista que transformó cualitativamente, no solo la filosofía y la ciencia, sino también la sociedad, la economía, el derecho, el Estado, la política y la idea del poder con las dos grandes revoluciones europeas, la inglesa de 1688 y la francesa de 1789, es decir, produjo más que “cambios en el mundo”, un verdadero “cambio de mundo”.
La razón fue así el factor esencial del cambio y el motor que movió y profundizó las contradicciones de la sociedad del siglo XVIII. En este complejo proceso, el derecho vino a ser la expresión normativa y coercitiva de los cambios, la última fase y la verdadera síntesis de ese movimiento de transformación que se inició con la filosofía y la ciencia, siguió con la economía, la sociedad y el Estado, en un movimiento de interacción e influencia recíproca, y culminó con el sistema jurídico, a cuyas normas y regulaciones debía someterse la política, en general, y el ejercicio del poder, en particular. Desde este punto de vista, el derecho se instituyó como un sistema de límites al poder.
Cuando se dio la independencia de España y el nacimiento del Estado Nación en los países de América Latina, se adoptó, en buena parte, el sistema jurídico y político contenido en las constituciones europeas, principalmente en la Constitución francesa, sin haberse producido la revolución racionalista que se dio en Europa, ni las transformaciones económicas, sociales y políticas que de ella derivaron, y que culminaron en el sistema jurídico como síntesis y última etapa de todo el proceso de cambios.
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