En un texto que leí hace algún tiempo, se llamaba “dioses consentes” a los integrantes de una cúpula política encabezada por un líder o caudillo poderoso (cúpula que puede llamarse dirección nacional, comité ejecutivo, junta directiva, buró político, secretariado o de cualquiera otra manera).
Esta denominación de las cúpulas que rodean a líderes endiosados por el poder y el culto a la personalidad, alude a que los antiguos romanos tenían doce divinidades principales, a las que llamaban “dioses quasi consentientes, o sea los que deliberaban con Júpiter.
Los dioses consentes ocupaban el lugar primordial en la jerarquía de las divinidades romanas. Y estaban equitativamente distribuidos sexualmente porque seis de los doce dioses consentes eran varones, y los otros seis, hembras.
Los dioses consentes varones eran, en primer lugar Júpiter, el dios principal y todopoderoso que reinaba sobre los demás. El segundo era Neptuno (dios de los mares) y les seguían Marte (dios de la guerra), Apolo (dios del Sol), Mercurio (dios mensajero y encargado de dar a conocer las noticias) y Vulcano (dios del fuego). En tanto que las seis diosas consentes mujeres eran, en el siguiente orden: Juno (hermana y esposa de Júpiter), Vesta (diosa del hogar), Minerva (diosa de la sabiduría), Diana (diosa de la caza, actividad que en aquella época era vital para la sobrevivencia humana), Ceres (diosa de la agricultura, que lógicamente era tan importante como la caza) y Venus (la diosa del amor).
Los dioses consentes formaban una especie de consejo deliberante que discutía y resolvía asuntos relacionados con los divinos y los mortales, aunque la última palabra siempre le correspondía a Júpiter, el principal y más poderoso de todos los dioses. Aparte de ellos ninguna otra divinidad podía discutir con Júpiter, mucho menos contrariar su voluntad
Tan importantes eran los dioses consentes en Roma que sus estatuas eran las únicas que se erigían en las plazas. No obstante, un sabio investigador de las antiguas religiones llamado Marco Terencio Varrón, quien vivió del año 116 al 27 antes de Cristo, escribió en una obra titulada Sobre las antiguas cosas divinas y humanas, que a los doce dioses consentes, cuyas estatuas bañadas en oro adornaban las principales plazas de Roma, se correspondían otros doce dioses menores y rurales, que protegían y ayudaban a la gente que se dedicaba a la agricultura, la cacería y la pesca.
También los griegos tenían doce dioses principales —aunque no los llamaban consentes—, los cuales, presididos por Zeus se reunían en el Olimpo para discutir y resolver asuntos del cielo y de la tierra. Esas reuniones de los dioses se realizaban en el monte sagrado del Olimpo, donde ellos tenían su residencia.
Los griegos quisieron agregar como décima tercera divinidad del Olimpo a Alejandro Magno, llamándolo dios de las conquistas, después que el gran rey y conquistador macedonio muriera en Babilonia, en el año 323 antes de Jesucristo.
Alejandro fue divinizado, pero el pueblo no lo aceptó como uno más de los dioses del Olimpo. Esa pretensión también fue rechazada por los romanos, quienes trasladaron los dioses olímpicos de Grecia hacia Roma y los veneraban juntos en un solo templo llamado Panteón, o sea de todos los dioses.
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