La decisión de Estados Unidos -y del presidente Barack Obama en lo personal—, de asesinar a Osama bin Laden y arrojar su cuerpo al fondo del mar, en vez de sepultarlo en algún lugar de la tierra de acuerdo con la costumbre cristiana y el rito musulmán, es una de las claves de la controversia general que se ha suscitado alrededor de los métodos que se emplearon para liquidar al líder súper terrorista y deshacerse de su cadáver.
“Desde Sófocles rige un acuerdo universal acerca de la inexcusable vulneración de la dignidad y la justicia que significa negar la sepultura”, ha escrito al respecto, de manera lapidaria, el doctor Juan Gabriel Tokatlián, catedrático de Relaciones Internacionales en la Universidad Torcuato Di Tella, de Argentina.
El profesor Tokatlián se refiere al dramaturgo clásico griego Sófocles, quien en su célebre tragedia Antígona consagra el mandato divino y el derecho y deber humano de sepultar a los muertos; un mandato y derecho que no debe ser negado por nadie, ni siquiera por el gobernante más poderoso.
La tragedia de Antígona se basa en que, muerto Edipo, rey de Tebas, dos de sus hijos varones, Polinices y Eteocles deciden mediante un pacto mantener unido el trono pero turnarse ambos en el poder. Mas la lucha por ejercer el poder total ha sido siempre inevitable y despiadada, aún entre hermanos o sobre todo entre ellos.
Después del pacto Eteocles se niega a rotar el trono con su hermano, Polinices, quien se ve obligado a huir de la ciudad. Pero Polinices busca apoyo militar extranjero y hace la guerra contra Tebas para destronar a su hermano y conquistar el reino de la ciudad. En el fragor del combate los hermanos se matan entre ellos y entonces se hace cargo del trono su tío Creonte.
Creonte manda a que el cadáver de Eteocles sea debidamente sepultado, como mandan las leyes divinas y la costumbre humana, pero ordena que el cuerpo de Polinices sea dejado sobre la tierra para que lo devoren las aves de rapiña, pues según Creonte no merece las honras funerarias alguien que ha hecho la guerra contra su propia ciudad.
Antígona, hermana de Polinices y Eteocles, desafía la disposición dictatorial de Creonte: “No fue por cierto Zeus quien impuso esas leyes (las de Creonte); tampoco la Justicia, que vive con los dioses del mundo de los muertos, esas leyes a los hombres dictó”, exclama la valiente y piadosa muchacha, mientras entierra subrepticiamente el cadáver de su hermano.
Creonte se enfurece porque el cuerpo de Polinices ha sido sepultado por Antígona en contra de su voluntad y de la ley que ha dictado. La joven es llevada ante el dictador, quien en tono amenazante le pregunta por qué ha tenido la osadía de transgredir las leyes por él dictadas. Y responde Antígona: “Porque las leyes de los dioses son eternas y nadie sabe cuando comenzaron a regir. ¿Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera?”
Creonte castiga a Antígona condenándola a morir enterrada viva. Pero aún así la joven desafía el poder terrenal, transitorio y arbitrario del dictador de turno, y le riposta que “ganancia es morir para quien vive en infortunios tormento hubiera sido dejar el cuerpo de mi hermano, un hijo de mi misma madre, allí tendido al aire, sin sepulcro…”
Después, para no darle gusto a Creonte ni siquiera en la ejecución de su sentencia de muerte, Antígona se mata ella misma colgándose por el cuello.
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