Cada vez parece más lejano el día que en Nicaragua se puedan juntar líderes políticos de izquierda y derecha, o como quieran definirse, para celebrar al periodismo de calidad, ese que, con independencia y profesionalidad, se esmera en relatar a la población qué es lo real detrás del discurso y la propaganda.
En la entrega de los premios Ortega y Gasset al periodismo, que pude seguir en vivo por internet, hubo un detalle que dice mucho de la democracia en España: El jefe del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero y el líder de la oposición, Mariano Rajoy, estaban allí para aplaudir a los autores de las obras ganadoras, procedentes de distintos países de habla hispana.
Si a partir de ese detalle analizáramos las circunstancias en que subsiste la democracia en Nicaragua, de inicio debemos señalar que hoy es inconcebible ver juntos al presidente Daniel Ortega y a líderes de la oposición en una ceremonia dedicada a la excelencia periodística, y menos escucharles decir: ¡Qué buenas investigaciones realizaron esos periodistas y qué bien merecidos los premios que les dan!
Al contrario, Ortega descalificaría, como suele hacer, a cualquier periodista que investigue, por ejemplo, abusos y enriquecimiento ilícito de funcionarios públicos o dirigentes de su partido, el Frente Sandinista (FSLN), famosos por haberse repartido propiedades del Estado en 1990, tras estar una década en el poder.
En la otra acera, entre las figuras opositoras, muchos aplauden al periodismo cuando devela mentiras o abusos de sus adversarios, y lo condenan si son ellos quienes aparecen en el foco de la crítica. Algunos, al buscar el poder prometen libertad de prensa irrestricta, pero una vez arriba tratan de bloquear o censurar a la prensa, como hizo el liberal Arnoldo Alemán (1997-2002), cuya Administración estuvo plagada de casos de corrupción, la mayoría documentados y divulgados por los medios de comunicación.
Ortega y Alemán son de nuevo candidatos presidenciales, el primero de manera ilegal porque sobre su candidatura pesan dos prohibiciones constitucionales; y el segundo bajo sospecha de estar prestándose al juego de Ortega, para que este sea reelegido en noviembre. Ambos hicieron un pacto en 1999 y se repartieron los poderes del Estado, lo que aún favorece a Ortega en tanto que esos poderes, en vez de impedir su candidatura ilegal, le tapan ese y otros abusos.
Mi colega en el Diario LA PRENSA, Octavio Enríquez, es uno de los galardonados en Madrid con el Ortega y Gasset, que concede el periódico El País, por haber demostrado cómo un viejo jefe del FSLN, Tomás Borge, se ha enriquecido con bienes públicos y tráfico de influencias. Es una radiografía del “revolucionario” que recita discursos en nombre de los pobres, mientras llena sus bolsillos aprovechando el poder conseguido al utilizar a los pobres que creyeron en él.
Personajes como Borge, Ortega y Alemán odian el buen periodismo. Y cuando el periodismo es acosado por funcionarios y organizaciones poderosas, la democracia también corre peligro. Como dijo el director de El País, Javier Moreno, “no conozco ni concibo democracia alguna sin una prensa libre, potente e independiente”.
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