Menuda y con la imagen de la monja que pudo ser, Aminta Granera cada vez que reacciona ante los medios, acosada por las impertinencias que le juega el órgano que dirige, inspira una extraña asociación de lástima y reconocimiento.
De lástima porque quiere ser la autoridad trascendente, y no lo es, por pluralidad de factores dentro de los cuales están el poder que la remite al acatamiento. Debe sufrir —y esa es fuente que moja la sensación de piedad— cuando ve a la población avasallada por la valla que le impide la movilización de los pasos cívicos o los comunes de ir a su destino usual. Debe sufrir cada vez que una forma humana es golpeada por sus subalternos. Esta intuición en eje con su pasado le reconoce un grado óptimo de sensibilidad. Se nos ha dicho que tuvo la vocación de ser monja. Ella nunca imaginó dentro del retiro espiritual que en el diverso repertorio de la vida iba a identificarse en el futuro no previsto con un uniforme radicalmente opuesto: el celeste con poco color de cielo de la policía, algunos de cuyos miembros incurren en el abuso del maltrato y de la humillación, también lastimados en la reyerta buscada.
Ella, además de tener esa propensión, tuvo otra de ardido propósito: Contribuir en la lucha contra la policía cavernaria del somocismo. Otra razón sumada al malestar que debe inundarla, cada vez que un subalterno suyo le hace el turno a tipos como Alesio Gutiérrez, a quien nadie quiere ver en el enigma de la resurrección.
Ciertamente la Policía no ha matado a nadie, ¿pero será necesario que lo haga para eximirla de la caravana de los extremistas? No sería atinado vincular a la actual con la anterior. Sin embargo, triste y válido es presentir con fundamento en los hechos recientes que hay una tendencia a que la obstinación, dibuje desde ahora la tela mustia que prevaleció en los escenarios de un pretérito que por ningún motivo puede volver, pero que es dolorosamente vislumbrado.
Cotidiano y perseverante en las andaduras callejeras de la comunicación, veo a los salvaguardas en las esquinas ocultas no con el Garand, sino con un garrote que la ingenuidad sitúa en el ámbito de la decoración pero que la realidad pone a funcionar en la piel desnuda de las víctimas. Los veo cazando en las esquinas ocultas el pan del alba que viene o más tarde buscando el mejor cierre del día.
Dentro de tantas fases no pueden quedar en el silencio las palmas que merecen las disposiciones de castigar con la severidad de la baja total a quienes hicieron todo lo posible por humillar al ciudadano nicaragüense Roberto Collado, quien por su condición de periodista tuvo la opción oportuna de denunciar públicamente a los gendarmes que en la ignorancia y la prepotencia pretendieron ser la encarnación de la ley.
Quizá en un sistema donde la pena se le aplica al culpable con el antecedente de una justa e imparcial investigación, actitudes como esas no merezcan reacciones de júbilo y solo la anotación del deber cumplido, más en sistemas como el nuestro donde lo ordinario es alterar las disposiciones de la justicia, el gesto bien puede tener calificación excepcional.
Empero, lejana está la meta. Falta camino por recorrer. Una buena proyección con las prendas de un examen de fondo podría rehabilitar la confianza en descenso. La recuperación parte de las reflexiones de un poder superior al de Aminta…
El autor es periodista.
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