Elizabeth “Liz” Taylor (fallecida el 23 de marzo pasado) fue la última de las superestrellas surgidas de la Metro Goldwyn Mayer (Greta Garbo, Joan Crawford, Clark Gable, Spencer Tracy, Jeannette McDonald, Jean Harlow, Judy Garland ) en la época de los grandes estudios.
Estos estudios eran inmensas fábricas de películas (para uso exclusiva de las compañías propietarias), donde se llevaba a cabo el proceso completo de producción, desde selección de proyectos hasta posproducción.
La Taylor calificó sus años con MGM (1942-1960) de “esclavitud” debido a que los actores bajo contrato debían aceptar los papeles asignados. Pero este sistema (que terminó en la década de 1970 con la descentralización del entorno de producción) garantizaba a actores y técnicos estabilidad laboral (con salarios elevadísimos) durante décadas.
La Taylor nació en Londres en 1932. Regresó con sus padres (oriundos de Kansas) a Estados Unidos al estallar la guerra en Europa. Por su excepcional belleza de ojos azul-violetas (su rostro nunca fue de niña) la contrató como actriz infantil la MGM. Tuvo su primer rol estelar en Fuego de juventud (1944), como una jovencita entrenada por un jockey (Mickey Rooney) para competir en la carrera Grand National del Reino Unido.
Su proceso de maduración como actriz arranca con La última vez que vi París (1954), seguida de Gigante (1956) y tres nominaciones para el Oscar: El árbol de la vida (1957; con Montgomery Clift, su compañero en Ambiciones que matan (1951), Una gata sobre el tejado caliente (1958; con Paul Newman) y De repente en el verano (1959; con Clift y Katharine Hepburn) dirigida por Joseph L. Mankiewicz, ambas sobre piezas controversiales (homosexualidad, alcoholismo, lobotomía ) de Tennessee Williams.
El 2 de febrero de 1957 contrajo matrimonio con Mike Todd (su tercer marido), productor de La vuelta al mundo en 80 días (1956), con Mario Moreno Cantinflas y 42 estrellas internacionales. Todd falleció en un accidente aéreo en 1958, cuando preparaba un filme sobre Don Quijote de la Mancha, con el comediante francés Fernandel, Cantinflas (Sancho Panza) y la Taylor (Dulcinea).

El escándalo surgido cuando el cantante Eddie Fisher abandonó a su esposa, Debbie Reynolds, para casarse con Liz, se calmó con la noticia de que la actriz estaba al borde de la muerte por una neumonía contraída en Londres durante la filmación de Cleopatra (filme que aceptó por la cifra récord de un millón de dólares). Hollywood mostró su solidaridad regalándole un Oscar por Una Venus en visón.
La 20th Century Fox trasladó el rodaje de Cleopatra a los estudios de Cinecittà (Roma). Liz se enamoró de su Marco Antonio, el actor shakesperiano Richard Burton. El romance («le scandal») acaparó la atención de los medios. Bajo la dirección de Mankiewicz, la película fue una espléndida lección de historia, pero debido a la notoriedad de la actriz resultaba imposible fusionar a la intérprete con el personaje.
Liberados de sus ataduras previas, los amantes contrajeron matrimonio en 1964. El escándalo no provocó el rechazo del público, más bien fascinación por la errática y extravagante pareja (Burton pagó más de un millón de dólares por el diamante sudafricano de 69 quilates que regaló a su mujer).
En 1966, en medio de una mal orientada serie de películas protagonizadas por ambos (Hotel Internacional, Almas en conflicto, con la canción The Shadow of your Smile, Los comediantes ), Burton y Taylor impactaron a la crítica con ¿Quién teme a Virginia Wolf? sobre pieza de Edward Albee. Dirigida por Mike Nichols, la Taylor ganó otro Oscar como Martha, mujer madura que convierte sus frustraciones en dardos que lanza contra su marido. Otro éxito del binomio fue La fierecilla domada (1967; según Shakespeare) de Franco Zeffirelli.
La relación concluyó con un segundo y definitivo divorcio en 1976. Liz continuó activa en el cine, la televisión y el teatro hasta 2007.
La vida de Elizabeth Taylor estuvo marcada por su voluptuosidad, que a veces impedía apreciar su talento histriónico; sus múltiples matrimonios y hospitalizaciones y su participación en la lucha contra el sida.
Ante el público fue la gran actriz (en la línea de Bette Davis), la celebridad (Madonna), la belleza clásica (al estilo de Vivien Leigh) y la sex-symbol, cuatro características pocas veces vistas en una misma persona (Marlene Dietrich, Jane Fonda, Nicole Kidman y Angelina Jolie vienen a la mente).
Actriz natural de recia personalidad (la calidad de sus actuaciones dependía en gran medida del director), fue la única que trabajó en el cine con los tres grandes del Método: Montgomery Clift, James Dean ( Gigante ) y Marlon Brando ( Reflejos en un ojo dorado ).
Tres de sus amigos íntimos y frecuentes coestrellas (Clift, Roddy McDowall y Rock Hudson) eran homosexuales, quizá por ser los únicos capaces de percibir su alma sin la interferencia de esa belleza que deslumbraba a los hombres e incomodaba a las mujeres; y que Shelley Winters calificó de “ofensiva”.
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