Muamar Gadafi ha conseguido en Nicaragua el “apoyo” de ciudadanos que desconocen quién es él, dónde queda Libia y por qué el pueblo de ese país africano quiere que se vaya.
Es un “milagro” del gobierno “cristiano, socialista y solidario” de Daniel Ortega, quien, imposibilitado de obtener respaldo espontáneo del pueblo nicaragüense, recurre con frecuencia al método coercitivo de hacer marchar a estudiantes de escuelas públicas y empleados del Estado, quienes casi nunca saben para qué son movilizados hasta que les indican, una vez en la calle, qué consignas gritar.
Los niños y adolescentes que hace días desfilaron en apoyo a Gadafi en las calles de Managua, por la mañana, cuando debían estar recibiendo clases, son víctimas de la mediocridad y el autoritarismo de un Presidente que de cualquier forma intenta quedar bien con el dictador de Libia, porque este le dio dinero para su beneficio personal desde 1990.
Ortega ha reconocido que recibió por años una mesada de Gadafi, después que la población nicaragüense lo bajó de la presidencia con una lluvia de votos, en 1990. También se ha jactado de ser leal a Gadafi, aún cuando este bombardeaba a la población de Libia.
En este caso, el Presidente nicaragüense ha sido franco. Es leal a Gadafi y de hecho está contra el pueblo libio que pide libertad y ha sufrido los ataques de la aviación de un régimen con más de 40 años.
Ortega sabe que Gadafi y él carecen de suficiente apoyo popular. La mayoría del pueblo libio está contra Gadafi y se hastió al punto de comenzar una rebelión armada. Ortega ha sentido de otra forma el rechazo del pueblo nicaragüense. En las elecciones de 2006 recibió sólo el 38 por ciento de los votos y ganó la presidencia gracias a la división de la oposición, en parte provocada por su partido, el Frente Sandinista (FSLN).
En los comicios municipales de 2008 el FSLN hizo un fraude cuando la oposición iba ganando; y ahora en 2011, cuando los nicaragüenses se alistan para elegir presidente, Ortega impide la observación internacional y pone obstáculos a partidos de oposición y votantes, temiendo un rechazo mayor en las urnas.
Sin embargo, desde que comenzó el alzamiento popular en Libia, el gobierno de Ortega ha emitido comunicados enfatizando que “el pueblo de Nicaragua” respalda al régimen de Trípoli, lo cual es falso y lo demuestra el hecho de que para hacer una pobre manifestación a favor de Gadafi, se vio obligado a utilizar estudiantes de las escuelas públicas de Managua.
Periodistas que cubrían la marcha fueron testigos de cómo algunos estudiantes se preguntaban a dónde los llevaban esta vez y para qué.
Pero Ortega está demostrando ser fiel con sus aliados externos, que lo financian; y por eso, además de abogar por Gadafi, hace que su “pueblo” pida que el venezolano Hugo Chávez encabece una “comisión de paz” para contener la insurrección en Libia.
Ortega obedece a Gadafi y Chávez, pero su problema es cómo conseguir que el pueblo nicaragüense exprese solidaridad natural con la dictadura libia. No puede, si este pueblo ha luchado por décadas para sacudirse más de un dictador, la de Ortega incluida. Por eso, a este presidente sólo le queda convocar a un “pueblo” inventado, bajo presión o paga.
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