Durante las múltiples reuniones que tuvo el periodista Andrés Oppenheimer en su visita de dos días a Nicaragua me llamó la atención una de la respuestas que varios nicaragüenses dieron a una de sus preguntas.
Oppenheimer preguntó ¿qué va a pasar si Ortega gana las elecciones de noviembre?
La respuesta que oí fue “no va a pasar nada”. Por el contexto de la conversación en que el periodista de The Miami Herald hizo la pregunta puedo decir que la respuesta de los nicaragüenses se refería a que de ganar Ortega su nuevo e ilegal período tendría las mismas características del actual.
O sea macroeconomía en orden, cierta tranquilidad para realizar negocios, sindicatos bajo control… en una palabra: Estabilidad.
Sin embargo, la respuesta “no va a pasar nada” o sea “nada va a cambiar” también implica otro tipo de estabilidad. Se va a mantener estable la política de cero tolerancia a las manifestaciones opositoras, se va a mantener estable la humillación a los trabajadores estatales, la obligada partidización de las instituciones, la corrupción de la cúpula de la familia presidencial y su enriquecimiento a niveles nunca antes vistos en este país.
La pasividad con la que muchos nicaragüenses están tomando la posible reelección del compañero comandante pueblo presidente Daniel revela que no sólo los más pobres de este país están demasiado ocupados con su sobrevivencia para ponerle atención a los temas de largo plazo como la institucionalidad, el respeto a la Constitución y las leyes o las libertades individuales.
También las élites están demasiado preocupadas con su sobrevivencia en el día a día como para ver que si no se garantizan los temas de largo plazo, que son los que van a darnos el desarrollo sostenido del país que, en otras palabras, es salir de la pobreza.
Para mí, si gana Ortega en realidad no va a pasar nada, pero no desde el punto de vista de las personas que respondieron a Oppenheimer, sino que no va a pasar nada porque vamos a seguir igual de pobres, igual de polarizados como sociedad y las instituciones que están supuestas a mantener y fomentar la democracia van a continuar en su estado vegetativo.
Claro que es difícil convencer a alguien que siente que hasta el momento ha podido trabajar tranquilo e incluso que cuando examina su situación actual considera que “está bien”, de que debería tomar acción para que las cosas cambien.
Pero para poner en perspectiva esa actitud sólo basta hacer un par de preguntas a las personas que así se sienten.
¿Están tranquilos y bien porque el Estado y la ley les garantiza esa tranquilidad o están en esa situación porque se han “portado bien”?
¿Qué creen que les pasaría si en lugar de portarse tal como el régimen espera que se porten, ejercieran la libertad ciudadana a la que tienen derecho?
Oppenheimer no hizo esas preguntas pero probablemente las pensó porque cuando uno le preguntaba cómo veía al país, ya que lo conoce desde los años ochenta, su respuesta fue: “Por lo que he visto el país está bien, pero va mal”.
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