Ejemplo de guerra
Imagínese que un batallón va a la guerra. Tres o cuatro compañías que avanzan sobre el campo de batalla. Por que son más, posiblemente ganarían la batalla si todos dispararan al frente, por lo menos, pero sucede que el batallón no tiene jefe, y todos los jefes de compañía quieren hacerse con el mando bajo el pueril razonamiento de que “si me pongo a la cabeza, significa que soy el jefe”. Y al final parecen más interesados en lucir las charreteras de general que en ganar la batalla.
Peores soldados
El problema es que todos piensan lo mismos. Y para “ponerse a la cabeza”, más que avanzar rápido y dar pelea, lo que hacen es inaudito: se dispararan unos a otros y algunos hasta buscan pactos secretos con el enemigo para que este les elimine “competencia” y, miren qué paradoja, los reconozca a ellos como los generales que van a derrotarlo. ¿No les parece descabellado? ¿Acaso el sentido común no indica que primero todos tiren para el frente, al enemigo común, y luego, si es que vencen, resuelvan sus propios pleitos y no al revés como están haciendo? Estos, los del ejemplo, digo, serían los peores soldados del mundo, si es que existieran.
Copia al carbón
“Si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Esta frase que se le atribuye a Albert Einstein bien podría ser una advertencia para los Ortega. Los Somoza se hicieron del poder y nunca más quisieron salir de él, buscaron siempre como reelegirse, amasaron una enorme fortuna a la sombra del Estado, compraron, corrompieron o eliminaron a los partidos de oposición y creyeron que el miedo sofocaría cualquier rebelión. A final hubo una insurrección popular, murieron 50 mil nicaragüenses, y el último de sus gobernantes terminó desbaratado de un bazucazo en uno de los pocos países que quiso darle asilo. ¿Qué es lo que está haciendo distinto Daniel Ortega para pensar que no vaya a tener resultados similares?
Envidia
Más allá del diferendo entre Costa Rica y Nicaragua, la verdad sentí envidia de la autoridad que emana del tribunal de La Haya. Las dos partes sometidas, dispuestas a acatar, salga lo que salga, porque están seguras que los jueces se basarán en los hechos y las leyes para decir quién tiene la razón y quién no. ¡Cuánta envidia! De la buena, sí. Ahí no hay llamadas previas a El Carmen o El Chile, ni jueces suplentes que se tiran sin asco la sentencia más disparatada y salen alegres por la puerta de atrás contando el fajo de billetes.
Sentencia previa
Aquí en Nicaragua el juez fallará con un primer criterio: ¿le conviene o no le conviene a Daniel Ortega? Y sólo una vez que determinó que a Ortega ni le va ni le viene el asunto que se juzga, es que usará el otro criterio de su manual de Derecho para dirigir su fallo: ¿Quién paga más? De tal forma, que Nicaragua podría patentar un extraño sistema de derecho donde primero se emiten la sentencias y luego se llenan las formalidades del proceso.
Vergüenza
Y sobran hechos que demuestran cada una de mis palabras. A todos los niveles. Desde el juez suplente Walter Solís que no vio ni una sola prueba que incriminara a Byron Jerez, hasta el magistrado Francisco Rosales, que con todo el desparpajo del mundo reconoce ser operador político de Daniel Ortega y al mismo tiempo elabora, impulsa y aprueba una sentencia que nada más y nada menos reforma la Constitución que impide reelegirlo. Estoy hablando de la justicia que lleva años esperando la joven Leonor Martínez o el universitario que fue vapuleado con saña ante las cámaras de televisión. Esa es la justicia que hay en Nicaragua. Una vergüenza de justicia, déjenme decirles.
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